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La sociedad vigilada

El cada vez mayor número de cámaras que nos observan en las ciudades

Aunque cada vez utilizo menos el vehículo privado, o tal vez por eso, observo el creciente número de cámaras que salpican arcenes, farolas y paneles informativos. Sabemos que muchas tienen como misión controlar, y sancionar, en su caso, los excesos de velocidad, causa importante de accidentes, aunque ya no la principal. Otras dicen que sirven para controlar el interior del vehículo y comprobar el uso del cinturón de seguridad, el uso del móvil mientras se conduce, o cualquier otra cuestión que pueda generar una distracción al volante.

Si paseamos por cualquier ciudad, el número de cámaras que nos observan en las calles y parques es también creciente, más cuanto mayor es la ciudad. Estos casos se justifican con el argumento de la prevención de delitos, al igual que las instaladas en recintos deportivos o el interior de los transportes públicos.

Sin duda, todas ellas están sometidas a la norma, faltaría más. Pero hay una cuestión de fondo: se trata de vigilar el espacio público que compartimos, que habitamos, en el que podemos desarrollar diariamente una gran diversidad de actividades, tales como entrar a comprar en una tienda, entrar en un café o restaurante o encontrarnos con una persona conocida. Todo eso deja de estar en la esfera privada para circular por los canales de imagen y llegar a los ojos de cualquier observador al margen de quien tiene la función de vigilar lo que muestran las cámaras.

Pero, mientras que en las calles hablamos de espacio público, cuando viajamos en nuestro vehículo se produce una intromisión en un espacio absolutamente privado. Quienes ocupan los asientos del vehículo aparecen visibles en unas pantallas situadas en alguna sala de control ante la mirada de terceros.

De manera casi imperceptible, como el suave alcance de las olas en la marea baja, hemos ido dejando que las normas coercitivas fuesen penetrando en nuestra privacidad, de la misma manera que paulatinamente los puestos de trabajo de los cuerpos y fuerzas de seguridad se han ido sustituyendo en la vigilancia por equipos tecnológicos cada vez más sofisticados.

En cierta ocasión, en una ciudad lejos de aquí, mientras el alcalde visitaba el centro de control de las cámaras urbanas, observó a un amigo paseando por una de las calles. Decidió llamarle por teléfono para preguntarle adónde se dirigía.

Como la suave marea, hemos aceptado la vigilancia como algo natural, y no lo es.

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