Opinión
alfonso lópez menéndez
De Sabugo al cielo
En el adiós a uno de los integrantes de esa generación de curas que se esforzaron por adaptar la fe en esta ciudad
Hay personas que parecen haber nacido para un lugar. Gaínza era de Sabugo, y Sabugo le había impregnado de su esencia: sus calles empedradas entre siglos de historias enmarcadas entre las torres gemelas de Santo Tomás, recortadas contra el cielo de Avilés. Allí, junto a Mateo Valdueza, uno de esos curas que dejan huella, aprendió, sin que nadie se lo explicara, lo que significa querer de verdad a la gente de tu barrio, sus costumbres, sus nombres, su cultura y su fe.

De Sabugo al cielo
Su entrega sacerdotal le llevó a Pola de Lena, y luego de vuelta a casa. Volvió para hacerse cargo de la parroquia de El Nodo, aquella comunidad joven que don Pedro había levantado con tanto esfuerzo, y que Gaínza supo hacer crecer. Era otra época, otro estilo. Junto a Toño en Sabugo, Montoto y Campillo en San Nicolás, y más tarde Villasonte en San Juan de Ávila, Gaínza formó parte de esa generación de curas que se esforzaron por adaptar la fe en esta ciudad: los catecismos se llenaban, los grupos de laicos tenían vida propia y el sacerdote estaba donde la gente le necesitaba. Fue la época en que la fe tenía pulso. Quizá no supimos aprender todo lo que debíamos de ellos. Se une Gaínza a ese listado de curas que supieron hacer de Avilés un lugar significativo en la historia eclesiástica de Asturias: Ángel Llano, Feito, Alejandro, Rodrigo, José Ramón, Julio Asterio, Garralda, Prudencio, Herminio, Julián Ron, Rafael, Campandegui, Santos, Antonio, Valentín… No son nombres para calles de Avilés, no las necesitan: cada calle y cada casa eran su despacho parroquial, y su mejor recuerdo es todo lo bueno que sembraron en miles de corazones.
Hombre de cultura ancha y curiosidad sin límite, atesoró con cariño una colección de Biblias en distintas lenguas –como quien sabe que la Palabra siempre tiene algo más que transmitir–, impartió clases en Luanco, y supo transmitir afecto en cada celebración a la que quiso acercarse para acompañar a tantos amigos. Todos los que le trataron guardan el recuerdo de alguien de una pieza: con carácter, sí, pero también con una generosidad que no necesitaba aplausos.
Su fe era de las que no hacen ruido pero no se mueven. Cada día, sin falta, rezaba su Credo ante la imagen del Sagrado Corazón que le regaló su madrina el día de la comunión. Cada Viernes Santo ocupaba su lugar en la procesión de Sabugo, acompañando a la Virgen de la Soledad, esa devoción tan suya, tan de todo Avilés. Y cada Navidad aparecía en el colegio Paula Frassinetti (Doroteas) para recoger con agradecimiento las toneladas de alimentos que los alumnos donaban para Cáritas, porque para él la caridad no era un cartel en la puerta sino una necesidad del corazón.
Sus últimos años fueron, quizás, los más serenos. El Hospital de Avilés –el viejo Hospital de Caridad– se convirtió en su pequeño paraíso. Allí encontró calor, familia, un lugar donde seguir siendo útil. Atendió espiritualmente a las Siervas de Jesús de la Caridad y a enfermos con la misma entrega de siempre, y el hospital le devolvió, con creces, lo que él había dado durante décadas. Y, por fin, el Asilo de Santa Teresa de Jesús Jornet, donde las Hermanitas se desvivieron para que pudiera realmente estar feliz y cuidado. Sería difícil encontrar palabras para expresar la gratitud por lo bien que han cuidado las Hermanitas a los sacerdotes enfermos de la ciudad: P. Julio, Villasonte, Ceferino, Gaínza…
Solo Dios sabe la cuenta verdadera: cada niño preparado para recibir la eucaristía, cada pareja a la que bendijo, cada mano que apretó en el último momento. Esa es la contabilidad que no aparece en ningún archivo, pero que pesa más que todo lo demás y que deja a Gaínza grabado a fuego en el corazón, en la historia de muchas familias de Avilés. Pudo disfrutar la vida porque tuvo a su familia, que tanto y tan bien le cuidó, y porque tuvo amigos, muchos amigos y fieles colaboradores parroquiales, de esos que no se cuentan sino que se sienten.
Todos juntos, en su querida parroquia, entre esas torres recortadas contra el cielo de Avilés, nos uniremos en un solo corazón para despedirle, presididos por el pastor de la diócesis. Y no habrá mejor manera de hacerlo que con aquello que él tantas veces entonó, con esa voz que todos recordamos, en tantas procesiones, en tantas celebraciones de Nuestra Señora de las Mareas: "Estrella de los mares… cuyos reflejos en mis ojos de niño resplandecieron…"
Descansa en paz, Gaínza. Ya estás en tu otra casa. En esta primera, te echaremos en falta.
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