Opinión
Ana Suárez Guerra
Memoria de los cuidados
En el aniversario del Hospital San Agustín, una institución con historia, pero también con conciencia de sí misma

Asistentes a un pasado congreso de Salud Mental en el HUSA.
En cada proyecto de vida suele quedar inscrita una marca profunda: la del espacio en el que trabajamos. Crecer como profesional no es solo una oportunidad, sino un proceso continuo que escribe la biografía y moldea la forma de mirar el mundo. Cuando ese camino se desarrolla en la enfermería, en contacto permanente con el cuidado de las personas y de las poblaciones, esa huella se vuelve aún más intensa, porque está sostenida por valores que no admiten fragmentación: la calidad, la seguridad, la experiencia, la evidencia y una ineludible visión humanista.
El HUSA ha sido, para muchas generaciones de profesionales, ese lugar donde todos esos principios se entrelazan hasta formar una identidad. Una manera de hacer que no se improvisa, sino que se aprende, se comparte y se transmite. Mi llegada al HUSA a comienzos de los años noventa supuso el encuentro con un modelo de cuidados que, aunque más subordinado en lo estructural, estaba lleno de posibilidades en la autonomía. Había grandes profesionales, con compromiso, y unas personas usuarias que se relacionaban con el sistema hospitalario desde una lógica diferente: más distante, más confiada en la autoridad sanitaria, menos participativa.
El paso del tiempo acompañó una transformación progresiva. La sociedad fue madurando y el sistema sanitario supo, con sus ritmos y dificultades, ir desplazando el foco hacia lo verdaderamente esencial: la persona y su entorno. En ese proceso, el HUSA fue creciendo como organización, fortaleciendo su desarrollo profesional y asumiendo que cuidar no significa únicamente intervenir, sino reconocer la biografía y la autonomía, y el proyecto de vida de cada individuo. Esa evolución tuvo momentos especialmente significativos. A partir de 2012, se impulsó una manera distinta de entender la relación entre estructuras asistenciales que durante años habían funcionado de forma bastante fragmentada.
El HUSA comenzó a mirarse junto a la Atención Primaria no como realidades separadas, sino como partes de un mismo itinerario de cuidados. Aquella apuesta, sostenida desde ámbitos de responsabilidad en la planificación y organización de los cuidados, permitió generar alianzas que, con mayor o menor dificultad, terminaron arraigando. El esfuerzo no se limitó al ámbito institucional. También se abrió el hospital a la comunidad. Desde el HUSA se promovieron programas de entornos de cercanía dirigidos a cuidadores, se fortalecieron las relaciones con los ayuntamientos y se impulsaron consultas de enfermería que aportaron mayor entidad a la autonomía profesional. Paralelamente, se reforzaron la calidad, la formación continuada, la investigación y la comunicación entre equipos, consolidando estructuras de enlace que mejoraron de manera tangible la experiencia de cuidar y de ser cuidado.
Entre todos esos avances, uno de los más significativos fue la creación de la figura de la gestora de casos sociosanitaria. Aquella iniciativa, nacida en el HUSA con vocación de dar coherencia al recorrido de pacientes y familias, se convirtió en un auténtico entramado —un mimbre sólido— que hizo posible el desarrollo posterior de otras figuras clave. Durante la pandemia por Covid-19, ese trabajo previo demostró su verdadero valor: permitió sostener vínculos, ordenar respuestas y acompañar en momentos de enorme vulnerabilidad. De ahí evolucionaron las actuales coordinadoras, cuyo propósito sigue siendo el mismo: acercar los distintos entornos para que el tránsito por el sistema sea más humano, más seguro y sin brechas.
Desde mi perspectiva en la política local, y con mirada de ciudad saludable, sé que, hablar hoy del HUSA es hablar de una institución con historia, pero también con conciencia de sí misma. Un hospital que ha sabido construir abrigo en su comunidad, ejercer respeto y contribuir, desde su práctica diaria, a la justicia social. Porque el HUSA no es únicamente un edificio ni una estructura organizativa: es la suma de sus personas, de sus equipos y de su memoria. Y es precisamente en esa memoria donde el cuidado sigue ocupando el lugar central. Un cuidado que se transforma con el tiempo, pero que nunca pierde su esencia: estar al lado, escuchar y sostener la dignidad de quienes confían en él.
Ana Suárez Guerra es concejala de Personas Mayores y Ciudad Saludable del Ayuntamiento de Avilés. Fue directora de cuidados y enfermería del área sanitaria III desde 2012 hasta 2019
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