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Marisol Delgado

Marisol Delgado

Psicóloga

Las conductas de evitación y su influencia directa en el incremento del malestar psicológico

A veces hay que pasarlo mal como peaje para obtener un beneficio

Dejar de viajar por si nos pasa algo malo; no abordar con personas cercanas temas pendientes de resolver para que no haya discusiones; no presentarnos a una oportunidad de trabajo por miedo al fracaso; no atrevernos a mirar fotos de personas que ya no tenemos a nuestro lado; delegar continuamente la conducción en los demás para no tener que lidiar con la angustia; mentir para no asumir responsabilidades propias; meternos en la cama muchas horas durante el día para no pensar; agotarnos con excesivas actividades fuera de casa para no sentir la soledad…

El catálogo de conductas de escape y evitación con las que tendemos a reaccionar es infinito. Son comportamientos aprendidos, bien por imitación, bien por experiencias y circunstancias vividas. Así, casi sin darnos cuenta, las acabamos convirtiendo en estrategias habituales que se van generalizando y normalizando.

Estas conductas de evitación funcionan porque nos alivian de forma inmediata (lo que supone un refuerzo negativo de manual). Sin embargo, a medio plazo, al no afrontar las situaciones, vamos teniendo cada vez más limitaciones, cada vez más problemas y cada vez más malestar emocional y la evitación se acaba convirtiendo en una verdadera trampa, pues nos debilita y nos empeora de forma palpable. El refrán de "pan para hoy, hambre para mañana", aplicado de forma literal.

Muchos problemas psicológicos se mantienen por patrones de evitación. Las fobias, la ansiedad generalizada, las adicciones o el TOC, son algunos ejemplos.

Siento decirles que no hay remedios "mágicos". Lo que ha resultado ser más eficaz es la exposición, el afrontamiento de esas situaciones, a poder ser, de forma progresiva y sostenida en el tiempo.

Y aquí radican las mayores dificultades. Queremos resultados rápidos y, sobre todo, queremos no tener que volver a pasarlo mal. Y las exposiciones, sobre todo al principio, nos van a generar un importante e inevitable malestar.

Si han leído o visto "Dune", recordarán la escena en la que, para comprobar que Paul Atreides es un humano con fuerte dominio mental y físico, le someten a una prueba en la que tiene que meter la mano en una caja que le hará experimentar infinito dolor. Les aseguro que me he llegado a sentir como la Bene Gesserit de este relato cuando los tratamientos en terapia conllevan técnicas de exposición. Porque sé que no va a ser fácil. Porque soy consciente de que la persona va a experimentar un incremento importante de su ansiedad, de su miedo, de su malestar o de su dolor al sustituir las repetidas conductas de evitación por otras de afrontamiento, –eso sí, sin necesidad de amenazar con ninguna aguja venenosa en el cuello, por supuesto–.

Está más que demostrado que, si bien resulta adaptativo evitar situaciones potencialmente peligrosas, (no acariciar un hipopótamo o no cruzar una carretera sin mirar serían evitaciones notoriamente útiles y prácticas), la gran mayoría de las evitaciones que desplegamos en nuestra vida no son de este tipo y requieren, por tanto, otros afrontamientos. Afrontamientos que se centren más en la aceptación y en la solución de problemas; que impliquen ser conscientes de cómo somos y de cómo actuamos ante las situaciones incómodas; que aborden cómo podemos cambiar pensamientos y creencias erróneas; que nos ayuden a aceptar nuestras sensaciones displacenteras sabiendo que, aunque molestas, son necesarias; que supongan el exponernos de otra manera a las situaciones que antes evitábamos.

En resumidas cuentas, pasarlo mal para luego mejorar. No queda otra.

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