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Para todos los siempres

En "Constelaciones", por ejemplo, está "La vida en un hilo". Lo que pasa es que Nick Payne –inglés, de 1984–, el que escribió la primera de las dos comedias, dudo mucho que estuviera al cabo de la calle de la obra predilecta de Edgar Neville, el señor dandy del primer tercio del siglo XX que se hizo célebre por películas como "La torre de los siete jorobados" o "El crimen de la calle Bordadores". Por esas películas, pero también por "La vida en un hilo", la historia de una chica aburrida de su hombre que descubre un día, sin embargo, que hubo un momento en que todo pudo haber sido distinto: los universos paralelos, los cimientos de la obra maestra del británico.

El director de escena Sergio Peris-Mencheta –"Una noche sin luna", "Lehman Trilogy"– organiza ahora una fiesta con solo dos invitados, los que salen de la propuesta dramática de Nick Payne: un "él" y una "ella" –aquí Jordi y María– en todas las ocasiones, con todos los amores imaginados.

Con estos dos elementos y un texto perfecto, Peris-Mencheta, digo, pone una orquesta en vivo. Y hay un maestro de ceremonias (Litus), como el Acotador de "Hamelin", el elemento de distanciamiento brechtiano: eso que se dicen esos dos sobre la escena esta noche es pura ficción.

O a lo mejor no.

"Constelaciones" es una delicia para corazones solitarios, un artilugio teatral que suena como una Filarmónica perfecta el día de Año Nuevo. Y todo con un cofre del tesoro –la compañía rendida a la partida- y un escenario movible.

El Centro Niemeyer se rindió por completo ante un espectáculo que sabiendo, en principio, a ficción, se degusta como verdad verdadera.

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