Opinión
El cerco de la muerte
El Niemeyer recibe "Cucaracha", que a finales de mes se verá en Madrid
"Cucaracha" tiene mucho de "La Peste", de Albert Camus. Pero mucho mucho. Y eso está bien. Y también de "Sin novedad en el frente", de la película: los uniformes llenos de barro, la muerte justa, el lavado en seco. Y todo esto, tan salvaje, se junta con "Rebelión en las aulas" o "El enemigo de la clase", del británico Nigel Williams: presente acabado, anarquía, apatía… Toda esta combinación de elementos hubiera podido dar en bomba atómica, en explosión instantánea. Nada más lejos. "Cucaracha" es una mecha de dinamita que se va consumiendo segundo a segundo, con los espectadores tan tensos como la cercanía del frente a las paredes de un instituto donde la muerte tiene que convivir con la necesidad de encontrar a esa persona que explica que el mundo en el que uno se desarrolla es el que es y hay que mejorarlo. Y cuando llega el fracaso –porque en "Cucaracha" hay mucho de fracaso– entonces llegan las penas. Y los muertos se hacen normales. Y las puertas del infierno se abren.

El cerco de la muerte
Sam Horcroft es una escritora escocesa. "Cucaracha" la estrenó en 2008 en el Traverse Theatre de Edimburgo, que es donde nacen las piezas más sobresalientes del teatro contemporáneo del país de Barrie, de Stevenson y de Conan Doyle. Es importante el año del estreno –lo señaló el otro día el director Julián Fuentes Reta en una entrevista en estas páginas–: ese año no había guerras. Lo que hubo fue el comienzo de una fuerte recesión que en España llamaron "desaceleración" o no sé qué. Ha pasado el tiempo y la guerra ha vuelto a la normalidad porque la normalidad ya no es lo que era. Ha habido una pandemia, un encierro entre cuatro paredes y una combinación con la tristeza alargada.
Todo esto es lo que se vio por primera vez este sábado en el auditorio del Niemeyer, que no es escenario de estrenos nacionales –lo es el Palacio Valdés–, pero que contó con el aplauso del personal que llenó la platea y se llenó la cabeza de preguntas y desasosiegos (en unas semanas se va a Madrid, a los teatros del Canal).
"Cucaracha" no es fácil de ver, pero es facilísima de pensar. Teatro del bueno para explicar los alrededores que se quiebran. Y si lo hace este elenco completo de estudiantes agrietados dirigidos por una profesora consumida por su deseo de adaptarse al mundo y, a la vez, consumida por el mundo (Esther Acebo) pues uno se queda sin aliento. Como sucede a lo largo de un espectáculo en el que cada paso hacia el abismo lo remarca una partitura hermosa de Apolo Ruiz de la Hermosa y una iluminación –de Ciru Cerderiña– tan oscura, como el estallido final que se avecina. n
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