Opinión
Ramón Garay, sinfonía contra la injusticia
Un concierto para recordar a un músico olvidado
En 1761 la tierra tembló en Avilés. Los vecinos recordaron con terror el terremoto de Lisboa, cuando, seis años antes y a bajamar, una especie de tsunami llenó la ría de agua salada como por mandato del diablo. No eran buenos tiempos, precisamente allí, en un puerto que perdía importancia y se quedaba indefenso, a merced del inglés. Los corsarios albiones atacaban buques en las mismas barbas del castillo de San Juan, que asaltaron en agosto de 1762 arrojando sus cañones al mar. Cosas de los Pactos de familia que Carlos III había firmado con Francia, metiendo a España en otra guerra. En tiempos tan rudos, justo el 27 de enero de 1761, se le ocurrió nacer en Sabugo a un niño al que, en la pila de Santo Tomás, pusieron Ramón Fernando, y por apellidos Garay y Álvarez.
Dicen que era el siglo de las luces, pero nuestra villa estaba en sombras. Lejos de los favores de la Corte, que tanto la habían beneficiado en la Edad Media, y perdiendo sin cesar recursos esenciales como el puerto, muy poco tenido en cuenta por las decisiones oficiales que empezaron a beneficiar al de Gijón, final de la carretera de Castilla y, por lo tanto, de la prosperidad. Por esa razón, cualquier candela que alumbró aquella negrura tiene que ser destacada. Como Ramón Garay.
Cierto es que este músico señero y raro dejó pocos retazos de su arte en Avilés. Mamó en su casa la música, de su padre, organista de la Basílica de Covadonga, y fue mozo de coro en el convento de La Merced, pero con dieciocho años ya era salmista en la Catedral de Oviedo y, a partir de ahí, su vida lo llevó lejos de Asturias. Primero a Madrid, donde redondeó sus estudios y, desde 1787, como maestro de capilla en la catedral de Jaén. Donde consumió toda su vida, la artística y la otra, hasta 1823.
Su rumbo en Jaén no fue un camino de rosas, siempre luchando con el Cabildo catedralicio por la falta de músicos e instrumentos que hacían perder importancia a la Capilla, pero allí alcanzó el cénit de su prestigio nacional, como compositor y como músico. Su mayor reconocimiento, ya postrero, le llegó al ser invitado en 1815 a dirigir la orquesta real, iluminando con su arte la corte madrileña del rey Fernando VII. Un rey que tampoco se caracterizó por sus muchas luces.
Fue Garay un compositor singular, fuera de norma. Lo lógico es que su labor como compositor, por sus obligaciones con la Capilla jienense, se hubiese agotado en composiciones religiosas, que ciertamente practicó con largueza (misas, lamentaciones, responsorios, salmos, himnos...), pero fue más allá. He aquí la originalidad de nuestro paisano. Como compositor dominó gran cantidad de registros, con obras de diversa catadura, una ópera entre ellas y, por encima de todo, nada menos que diez sinfonías. Las compuso cuando los maestros españoles no frecuentaban ese género. Tal cosa, además de la calidad de su música, lo hacen único.
Ha pasado el tiempo. Mucho más para Garay, que vivió la mayor parte de su vida lejos de Avilés. Y, como el sabio bolero asegura, la distancia es el olvido. Con don Ramón ha habido de ambas cosas, distancia y olvido. En desmesura. Aunque no en todos los lugares. Jaén, como Avilés, tiene un conservatorio profesional de música. Se llama Ramón Garay. Tal vez en este detalle pueda comprobarse mejor la escasa valoración del personaje en Avilés. A Garay se le dedicó una calle en El Reblinco, entre las vías del tren y la amnesia. Muy lejos del conservatorio de Jaén. A 825 kilómetros, ocho días a pie, más de dos siglos de abandono y varias vidas de distancia en cuanto a la estimación que aquí merece este músico.
Por todas estas cosas será una buena tarde, la próxima de San Juan, para descubrir la música de este maestro de lejana estirpe sabuguera. Cierto es que en Avilés abunda mucho comisionista del homenaje, que gana no con el homenaje sino con la comisión. Eso hace desconfiar de algunas iniciativas solidarias, pero esta ocasión no es de ésas. Vayan sin reparo, se trata de un doble fin altruista. Para ayudar a una niña enferma y para ayudar a la memoria de Ramón Garay a salir de las sombras, de la mejor manera posible: interpretando una de sus sinfonías. Luces de antaño. Música contra la desgracia, la oscuridad y el olvido.
Por San Juan las mareas se vuelven locas. Pasan rápidamente de pleamares a bajamares devorando el arenal con una oscilación que habitualmente supera los tres metros. Algo parecido sucede luego en agosto, por San Ramón. Así que, como este concierto se celebra en San Juan y en él se celebra a San Ramón (Garay), esperemos que una ola de solidaridad y homenaje anegue el patio de butacas de la Casa de Cultura.
Un terremoto bueno, que llene las butacas, como aquel, malo, que llenó la ría. n
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