Opinión
Nadar a contracorriente
El placer de dar un paseo por el casco histórico en una tarde de playa
Nadar a contracorriente no es un ejercicio de caprichosa oposición adolescente o una manía extravagante de llevar la contraria; es, más bien, un actitud de afirmación intelectual y una búsqueda individual de tomar conciencia con la realidad.
Cuando nos sumergimos en la historia de nuestro pensamiento occidental, descubrimos esa postura de nadadores a contracorriente en Sócrates, por ejemplo, prefiriendo la cicuta antes que dejarse vencer en su empeño de interrogar y cuestionar a una Atenas adormecida por sus propios dogmas o también en Diógenes el Cínico, paseando con una linterna a plena luz del día buscando un solo hombre honesto, desafiando las convenciones de su tiempo.
Esa misma resistencia a dejarse arrastrar por la inercia colectiva cobra un sentido extrañamente poético y tangible durante los meses de verano. En esos días en los que el sol marca un dictado invisible a la masa, empujándola de forma unánime hacia la costa, dejando las ciudades desiertas por una especie de migración hacia la arena y el salitre.
Es exactamente en ese momento, cuando decidir quedarse en la ciudad o entregarse al placer de pasear por Avilés, se convierte en un estupendo ejercicio de rebeldía.
Y es que, mientras las playas cercanas se saturan de sombrillas y de ruidos, caminar en solitario por el casco histórico avilesino se percibe como un desafío directo a la tendencia abrumadora.
Comienzo así el paseo bajo los soportales de la calle Galiana, donde las piedras susurran desde el silencio historias que nos atrapan desde el cobijo de la sombra y la humedad. Luego me acerco y me detengo a contemplar la barroca fachada del Palacio de Camposagrado, tan cautivadora y misteriosa bajo la luz dorada de la tarde; desando mis pasos y regreso a la Plaza de España, y el ayuntamiento se despliega sobre un pavimento ausente de multitudes. Observo la belleza de la iglesia de San Nicolás de Bari, la sinuosa perfección de la calle Rivero. Giro de nuevo y me dirijo hacia la ría, y las líneas claras futuristas del Centro Niemeyer se convierten en protagonistas del espacio que como faro en el desierto dialoga con solitarios que se acercan para divisar el horizonte de la ciudad.
Caminar por Avilés ahora, lejos de la playa abarrotada, puede ser no solo una tregua necesaria para reconciliarse con el entorno, sino una forma de recordarnos que el pensamiento no florece en el tumulto de la uniformidad, sino en la conquista al vacío, que ocasionalmente se convierte en el olor que desprende el asfalto.
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