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Covadonga Jiménez

Qué es el éxito para una ciudad

El rejuvenecimiento de la estructura demográfica local y las oportunidades para quedarse en un territorio: el caso de Avilés

Hay quien denuncia la transformación de las urbes en marcas que compiten por atraer grandes congresos y volúmenes crecientes de turistas, al precio de empeorar la vida, cuando no expulsar, a sus vecinos de siempre. Por eso quizá sea momento de preguntarse si no ha llegado el momento de replantearse qué es hoy una ciudad de éxito. No lo es aumentar cada año el número de visitantes si el precio que pagamos por ello es tan alto como lo está siendo en algunos casos.

Las ciudades no necesariamente han sido los mejores lugares para vivir, con independencia de que sean más sostenibles en cuanto a consumo de recursos. A partir de la segunda mitad del siglo XX, como en el caso de Avilés vivieron un desarrollo enorme, paralelo al de los servicios públicos. Y eso permitió también un desarrollo personal y profesional de la gente que hasta entonces era muy difícil. Ahora el volumen de población importa, y mucho, pero no solo. La concentración de población lo es también de poder.

Avilés acaba de superar la barrera de los 76.000 habitantes tras registrar 656 nuevas inscripciones en el padrón municipal., cifras que responden a dos factores principales: la reducción del número de bajas de años pasados y el aumento de altas, tanto de población con nacionalidad española, como extranjera. 1.978 personas han escogido Avilés para vivir en la primera mitad de 2026. De ellas, el 43% son de nacionalidad española, 851, y el 57% son de nacionalidad extranjera, 1.127 personas. Una nueva realidad para afrontar y también para estudiar cómo evoluciona. El proceso extraordinario de regulación de inmigrantes decretado por el Gobierno central ha permitido a Avilés volver a superar la barrera de los 76.000 habitantes.

En los últimos tiempos, además de los nombres de todas esas personas inscritas en el padrón municipal han comenzado a contar los grandes nombres de marcas para engrandecer también el nombre de las ciudades. Hacen que la ciudad pertenezca y permanezca ligada a la marca y a su planeta de éxito, pero habría que reconsiderar si se puede medir el éxito por ser el lugar más visitado o por ser el preferido de esta o aquella marca. Quizá el éxito tenga más que ver con aquellos lugares en los que se hace la vida más fácil a sus residentes.

En general, lo que se echa de menos en las grandes urbes y en todos esos lugares favoritos de las grandes marcas es que haya espacios de encuentro de verdad. Las plazas se diseñaron para que nos reuniéramos, no para que nos cruzáramos a paso rápido. También nuestras costumbres cambian y las pantallas hacen que ya no nos veamos ni en esos lugares diseñados para ello. Deberíamos recuperar iniciativas que conseguían que hiciéramos cosas juntos. Las de las ciudades de la concentración de población de la segunda mitad del siglo XX.

Hemos perdido tradiciones que por encima de todo eran excusas para los encuentros. Por eso, aunque es bienvenido un cierto rejuvenecimiento de la estructura demográfica local, especialmente si ese crecimiento procede de familias jóvenes o de población en edad de trabajar, algo especialmente importante en un territorio marcado por el envejecimiento, conviene observar la evolución y si se les ofrecen las oportunidades suficientes para quedarse. Esas oportunidades más recientes en Avilés tienen que ver con la oferta universitaria, el impulso del polo local de innovación o la atracción de pequeños negocios que ojalá vuelvan a iluminar las aceras sombrías que ha dejado la sangría comercial. Avilés necesita savia nueva, pero no a costa de cualquier sacrificio. Que los que lleguen y los que ya están encuentren beneficios para quedarse. Ese es el verdadero éxito de una ciudad. El resto es efímero.

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