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El poso

La lealtad y la amistad nos iluminan cuando todo está oscuro

Ahora que con las vacaciones se dispone de más tiempo, es bastante común compartir unas sidras entre amigos. El poso de la sidra también llamado "la madre" es una serie de elementos residuales que quedan tras la fermentación, y parece que debido a ese poso es por lo que la botella se agita antes de comenzar a beber esa solución química líquida tan frecuente en Asturias.

Pero el término "poso" también es sinónimo de calma, quietud, reposo, y es en esa segunda acepción en la que pienso, cuando nuestras vidas y relaciones con los demás no son, al menos temporalmente, todo lo armónicas que desearíamos, pero ese residuo o excedente equilibra la balanza hacia la conciliación y el entendimiento.

Comparto la idea de que la amistad es una especie de conexión espiritual y una elección libre, que puede hacernos crecer y extraer la mejor versión de nosotros mismos, una manera de crecer acompañados, en la que los defectos pueden comprenderse gracias a la empatía y a esa confianza mutua que existe entre los auténticos amigos.

Para Rilke, la amistad no podía entenderse sin un respeto absoluto a la individualidad. Y es que la amistad nunca puede ser un control sobre el otro ni la espera de una conducta previsible a nuestro favor, porque eso solo sería una relación basada en el interés. Permitir libertad y espacio es la mejor manera de reencontrarse con el otro en una especie de mirador hacia un horizonte común.

La amistad es el mejor antídoto contra el aislamiento que ocasionan las pantallas. No creo en las amistades virtuales ni en las de las redes sociales, donde abunda el engaño y la manipulación y donde nada es lo que parece: máscaras permanentes en carnavales inventados.

Tampoco es amistad la unión ocasional para lograr propósitos que se desvanecen como el humo: los elogios sin sustancia, los figurantes hacia la galería, los seres huecos y sin consistencia que pululan en los escaparates complacientes de la falsificación con sonrisas de plástico y que solo desean contemplar la caída del otro.

La lealtad que perdura en el tiempo, a pesar de los errores y las ausencias, que camina junto a nosotros en ese momento en el que más lo necesitamos, cuando parece que todo se vuelve oscuro y que estamos huérfanos y que, a pesar de ello, es ese amigo que está ahí y ahora, a pesar de percibirnos como un vaso frágil de cristal ligero cuyo poso, eso sí, ya acompañado, alumbra alguna estrella.

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