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Salinas

Fiesta campestre

Formas de conmemorar la vida y de conectar con nuestros ancestros

Como ya sabemos, algunas romerías tradicionales, especialmente en los pueblos costeros, cayeron en desuso a partir de los noventa, pues se prefería pasar el día en la playa en vez de todo el día en el prado, a ello contribuyeron también el cambio de las titularidades del suelo y las distintas normativas más seguras o ecológicas. No obstante, es bastante común, que esas reuniones con un origen parroquial o religioso transmutado cada vez más en jolgorio pagano, se hayan sustituido por pequeñas reuniones familiares o de amigos donde se sigue, en cierto modo, celebrando la fiesta.

En esas celebraciones se sigue conmemorando la vida, ya que al final es de eso de lo que se trata, de vencer algo más al tiempo, de percibir que formamos parte de algo ancestral que sigue constituyendo año tras año, de forma cíclica, un motivo para continuar con nuestras existencias.

Ya estamos aquí de nuevo y el mantel cubre la mesa y reímos tímidamente recordando a los que allí también estuvieron en otro tiempo. Cambiamos el espacio, no estamos en la cocina abarrotada, preferimos estar junto a los árboles o, si llueve, en el garaje para no convocar excesivamente al pasado. La felicidad se vuelve melancólica en este homenaje a la tradición íntima y compartida.

El pan sigue oliendo a trigo horneado, hay uvas dulces y alzamos las copas, dan ganas de danzar infinitamente sobre la hierba, como si el movimiento nos condujese, en ese mismo lugar, a otra época: Recuerdo las varas de yerba, la forma de caminar del abuelo Ángel, la sonrisa cálida de la abuela María, al tío Eulogio y a sus perros: todos los que estuvisteis y estáis como las piezas de este mismo puzzle que conformamos. Recuerdo lo que nos ayudasteis y aportasteis.

Somos parte del tránsito entrelazado del mar con el horizonte, de la esencia perdurable de las pequeñas parcelas serenas de estas horas, antes de que la luz se desvanezca en penumbra y antes de que germine un nuevo amanecer.

Somos parte de la energía necesaria para que nada desaparezca, aceptando el devenir sin ninguna sensación de dramatismo o tragedia, volviendo a la realidad y al aroma del queso y del vino.

La alegría es una promesa que se ha cumplido de nuevo. Así que olvidémonos de obligaciones o preocupaciones, al menos durante unas horas, y percibamos la brisa y el ondular de las olas de este Cantábrico, que siempre nos acompaña, hasta el declinar anaranjado, amarillo o nublado de otro atardecer.

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