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Agosto

Un mes adecuado para recibir un nuevo ciclo

Agosto es un mes festivo para algunos e intenso de trabajo para otros. Un mes de masificación en ciertos destinos y de posibles síntomas de ansiedad por el regreso; un mes que quiere atrapar la esencia del verano antes de que comiencen a caer esas primeras hojas en los parques, jardines o senderos por los que solemos transitar con relativa frecuencia. Agosto no es un mes absoluto, podría decirse que hasta, en ocasiones, resulta paradójico.

Agosto es un mes pleno de espectáculos: de fuegos artificiales, música, conciertos y hasta de mercados medievales; pero también es un mes apropiado para celebrar y percibir el comienzo de un nuevo ciclo, un momento para realizar balance y plantearse nuevos retos. Y qué mejor manera de hacerlo que la de reflexionar en silencio sobre una página en blanco, vacía, ajena a la policromía veraniega y a los festejos, sobre la que plasmar intenciones o proyectos.

Cuando alguien, además, cumple años en agosto, como es mi caso, se percibe la lucha de la luz de los estíos penetrando por las grietas anhelantes de la trascendencia. A veces pienso en qué lejos quedan aquellos cumpleaños de tartas y de velas; ahora me complace tan solo percibir el aroma dulce de la miel bajo la sombra extensa de los robles y contar incertidumbres como antes contaba las certezas. Este es un mes apropiado para leer a Cortázar, también nacido en agosto, por esas "tardes demoradas y de sombras largas", por esa melancolía existencial refinada.

Agosto es un mes apropiado para meditar alejados de todo. Para percibir las partículas flotantes de la luz, antes de su extinción, como forma de ensalzar la vida: la quietud se vuelve más apropiada que el movimiento de la danza en la acumulación serena de los años. Ya no impresionan los rugidos de las tormentas, ya no marcan el ritmo los relojes. Son las siluetas del recuerdo que se alarga sobre la yerba seca, las que marcan el devenir de los días, en este mes en el que parece que todo se para y hasta la tierra parece cansada. No obstante, el canto del grillo nos recuerda que aún es momento de vida, en este aquí y en este ahora y las pequeñas olas del viento sobre el agua se perciben vibrantes sobre las palmas de nuestras manos.

Cuando ya se han cumplido unos cuantos agostos, comenzamos a comprender la belleza de la pausa, el homenaje de los supervivientes, la añoranza del no regreso y la elegancia del silencio.

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