Opinión
Balcón al Muelle, por Covadonga Jiménez: El ruido de la fiesta y el ruido de los que no quieren fiesta
La búsqueda de equilibrio entre el desarrollo de eventos lúdicos y festivos al aire libre y el desarrollo de una vida normal para quienes viven cerca de esos lugares alcanza a un San Agustín sin apenas decibelios
Hay gente que se queja del ruido. Hay gente que se queja de los que se quejan del ruido. Y luego estamos quienes, intentando averiguar en qué momento una verbena pasó de ser una verbena a convertirse en un conflicto de convivencia con banda sonora.
Porque una fiesta, por definición, hace ruido. No parece razonable organizar unas fiestas para que los altavoces reproduzcan música de fondo a volumen de biblioteca. Una orquesta sin volumen es como una romería sin sidra: puede existir, pero cuesta reconocerla. Unos coches de choque sin el ‘chunta-chunta’ de fondo, me funden. Así no.
Y estos días en Avilés, para bien o para mal, hemos vivido una fiesta sin decibelios. Salvo la de la gran noche de los fuegos y sus multitudinarias verbenas, a nadie le ha pasado desapercibido esa especie de distancia al ruido como cuando nos alejábamos unos de otros, enmascarados, en plena pandemia.
El problema es que resulta muy difícil lograr el límite adecuado para evitar que la fiesta deja deje ser una excepción y se convierta en invasión. Ese momento en el que cuando el concierto termina, el ruido continúa. O cuando el derecho de unos a divertirse se transforma en la obligación de otros de aguantarlo.
Vaya por delante una aclaración en esta caricatura de la fiesta milimétricamente ‘silenciada’ que hemos vivido estos días que los que protestan por el ruido no son necesariamente enemigos de la fiesta. Hay personas que disfrutan de una verbena y, aun así, quieren dormir. Puede haber incluso quienes hayan bailado durante años y que ahora, por edad, por trabajo o simplemente porque al día siguiente madrugan, prefieran que la orquesta termine a una hora razonable.
Pero aunque nadie se ha asomado a la ventana en plena fiesta para gritar "¡silencio!" a modo de aguafiestas profesional, de señor que nació con una denuncia debajo del brazo, la realidad de estos días en Avilés es apenas se ha ‘sentido’ el ruido natural que acompaña a las fiestas. Y no voy a discutir que dormir sea una necesidad. O que abrir la ventana en verano para encontrarse con un bajo que hace vibrar los vasos de la cocina no tiene demasiado que ver con la libertad. Ahora bien, tampoco parece muy saludable esa tendencia a convertir cada fiesta en una negociación de Naciones Unidas. De no herir fronteras vecinas ni de saltarnos el ‘alto al ruido’. Pero si alguien piensa que una celebración popular es compatible con el silencio absoluto, la circulación perfecta, cero vasos en la calle y ningún joven haciendo ruido, por favor váyanse a completar la lectura a otro espacio de este diario. Porque eso ya no es una fiesta: es una simulación de fiesta.
El problema no va de elegir entre los fiesteros [considerados ruidosos por naturaleza] y los que quieren dormir. Debería ser algo más sencillo: más bien de decidir dónde, cómo y hasta cuándo se puede hacer ruido. Organizar una fiesta no va de instalar un escenario, enchufar los altavoces y confiar en que la alegría popular resuelva el resto. Una fiesta bien organizada piensa, por supuesto, en quienes viven alrededor. Pero no solo en ellos. El vecino tiene que entender que durante unos días su barrio, su plaza o su calle no va a parecer un monasterio. Solo faltaría. Y aunque el ruido no es solamente una cuestión de sensibilidad, porque a ciertas horas deja de ser ambiente y empieza a ser molestia, o cuando se prolonga noche tras noche, se convierte en un problema, también hay que entender que vivir juntos consiste en soportar algunas molestias sin convertirlas en una guerra y, al mismo tiempo, evitar que la molestia de unos se convierta en el privilegio de otros.
Las fiestas son necesarias. El ruido no siempre. Quizá nos falte precisamente entender eso. Pero a veces bien parece que quienes se quejan del ruido estén pidiendo que se acaben las fiestas. No parece una exigencia revolucionaria que cuando la fiesta termine, termine también el ruido. Aunque, visto lo visto, habrá quien la considere una provocación. Igual que tampoco debería caerse en la autoimposición de fiestas sin ruido para evitar que el peso de la ley caiga sobre los posibles incumplidores o de los responsables últimos de quienes así actúan. Se trata de buscar un equilibrio entre el desarrollo de eventos lúdicos y festivos al aire libre y garantizar el desarrollo de una vida normal a quienes viven cerca de los lugares donde se desarrollan esos acontecimientos. Sin excesos de ningún lado. O nos quedamos sin verbenas.
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