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Un talento transgresor

Inteligente y fértil, Paco Sánchez era esa clase de persona cuya biografía cuenta con demasiadas vidas

Hay ciudades que tienen personajes que parecen inventados por el propio lugar. Avilés tuvo a Paco Sánchez, nacido en Madrid. Fue abogado consistorial, hombre de leyes cuando tocaba ponerse serio pero nunca circunspecto, y personaje imaginativo y festivo incomparable cuando la solemnidad amenazaba con apoderarse de la Villa del Adelantado. Era difícil encerrarlo en una sola definición porque Paco pertenecía a esa clase de personas cuya biografía parece escrita con demasiadas vidas para contener una sola. Y alguna de ellas suficientemente compleja para poder ser asimilada fácilmente por todos.

Fue inteligente, que es una virtud, pero sobre todo fértil, que es algo bastante más raro. La inteligencia puede servir para resolver problemas; la fertilidad es útil para inventar otros mundos. Paco tenía esa capacidad de imaginar lo que aún no existía y, después, conseguir que los demás se sumaran a su última gran ocurrencia. El Antroxu avilesino le debe buena parte de su recuperación, de su irreverencia y de ese saludable desorden que convirtió el carnaval en una de las señas locales de identidad. Fue su maestre y uno de sus grandes conspiradores. Conocía bien las máscaras porque también sabía quitárselas; hizo de la fiesta una prolongación de su propia manera de entender la existencia: con lucidez, humor, insolencia y una saludable falta de respeto por lo solemne.

Paco entendió enseguida que una ciudad necesita fantasía, transgresión y unos cuantos dispuestos a tomarse en serio lo que los demás consideran extravagante. Quizá por eso no resulta extraño que un abogado consistorial terminara siendo uno de los grandes sacerdotes de una fiesta que consiste precisamente en subvertir, durante unos días, el orden establecido.

Había en él algo de personaje renacentista pasado por Avilés y por la noche. Una curiosidad insaciable, una imaginación que no conocía demasiadas fronteras y cierta tendencia a la disolución, entendida no tanto como extravío sino como voluntad de vivir sin someterse demasiado a las convenciones. Paco nunca estuvo dispuesto a renunciar a su vida por miedo a lo que pudieran pensar de él los demás. También en esto vivió adelantado a su tiempo. Homosexual cuando todavía había demasiada gente que prefería que esa palabra no apareciera en ninguna conversación, jamás necesitó convertir su condición en una bandera para vivirla con naturalidad. En una época en la que la discreción podía ser una forma de supervivencia y el silencio una costumbre, Paco eligió la libertad.

Traté, primero, a su hermano César, justo en el momento en que emprendía su carrera de actor en Madrid. Años después, mantuve una relación habitual con Paco, conversamos de lo humano y lo divino, compartimos firmas en libros colectivos, bebimos y nos reímos juntos de muchas cosas. Era de lo más ingenioso, tenía un talento inconmensurable. Luego, al final, cuando su vida entró en el oscuro túnel que precedió a la enfermedad y que, en gran medida, la motivó, no me atreví por un absurdo e inexplicable pudor a verlo enfrentándose a una realidad ya muy disminuida. No me siento orgulloso de mí por ello.

Paco Sánchez fue abogado, brillante y creativo, aunque no solamente abogado. Fue funcionario, pero jamás tuvo alma de expediente. Fue hombre de leyes y criatura de la imaginación. Y, sobre todo, quiero creer que fue uno de esos avilesinos que dejan una ciudad distinta de como la encontraron. Y que, por ello y por tantas otras cosas, Avilés no lo olvidará.

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