Mengollo, el enigma de un pueblo
El programa «Cuarto milenio» visita el lugar en el que en 1854 murieron todos los vecinos

El equipo de «Cuarto milenio». / roberto f. osorio
Mengollo (Quirós),
Roberto F. OSORIO
Abril de 1.854: el cura párroco de Casares descubre que todos los habitantes del pueblo de Mengollo, en Quirós, habían muerto. Era una veintena de cadáveres. Después de más de ciento cincuenta años, la sombra del enigma permanece entre las ruinas del poblado. El pan envenenado causó el fallecimiento en masa.

Mengollo, el enigma de un pueblo
Un equipo de «Cuarto milenio», el programa que presenta Iker Jiménez, se interesó por esta historia. Partiendo de un trabajo publicado durante el mes de junio en «La Nueva Quintana», las páginas asturianistas de LA NUEVA ESPAÑA, titulado «Los pueblos fantasmas de Quirós», el equipo de Cuatro, con el periodista Juan Jesús Vallejo, indagó con entrevistas y visitas a las localizaciones de estos pueblos desaparecidos, el Museo Etnográfico de Quirós y los pueblos de Ricao, Bermiego y Villagime, para tomar imágenes de ambiente para la pieza televisiva, además de un par de entrevistas y la visita a las ruinas del enigmático pueblo de Mengollo.
En España reinaba Isabel II. Había constantes pronunciamientos militares; ese año, en junio, La Vicalvarada, que aupó al poder a los generales Espartero y O$27Donnell. En Europa, Rusia había declarado la guerra a Turquía, lo que motivó que las potencias europeas apoyaran a los turcos. Napoleón III regía los destinos de Francia, mientras que Alemania e Italia esperaban su unificación como estados.
En Quirós, un alejado concejo, la población tenía otros problemas; el principal, subsistir. No estaban al tanto de esas noticias nacionales e internacionales, que nunca les llegarían. La noticia que conmocionó a todo el municipio y a los colindantes fue el desastre de Mengollo.
El titular de la parroquia de Casares había madrugado. A lomos de su caballería se dirigía al pueblo más alejado de su feligresía. Más de tres horas de empinadas cuestas le llevarían hasta el pequeño pueblo de Mengollo. Situado al abrigo de un cordal rocoso, a más de mil metros de altitud, sin posibilidad de divisar ningún otro pueblo desde su ubicación. Tres o cuatro casas con las correspondientes familias y una panera para recoger la cosecha de una cortina de tierras de labor con predominio de maíz, patatas y escanda conformaban la arquitectura popular del lugar. Veintidós almas constituían el caudal humano hasta que algo acabó con sus vidas.
El cura visitaba el pueblo después de meses, pues las nieves lo dejaban aislado durante el duro invierno. Todavía recordaba la última eucaristía debajo de la panera del lugar, a finales de octubre. Las dos imágenes sagradas, Santa Ana y La Magdalena, presidían el oficio. Un pequeño altar portátil y unos reclinatorios eran todo el mobiliario de aquel improvisado templo. Todos los vecinos congregados allí se despidieron del sacerdote hasta el año siguiente.
Con su escopeta en bandolera, ya que las fieras eran abundantes en aquellos siniestros bosques, cuyo nombre los delataba, Rescuro (Rioscuro), les llevaba alguna carta de sus familias y noticias de la actualidad del concejo. Cuando llegó a un alto desde donde se divisaba el pueblo no se dio cuenta de que las chimeneas no humeaban. Según se fue aproximando, le extrañó el silencio. Cuando estaba cercano a las casas encontró un vecino sin vida. Asustado, se encaminó hacia las viviendas, cuando la imagen le sobrecogió. Más cuerpos inertes en el exterior. Entró en las viviendas gritando, para encontrarse a todos sus feligreses muertos.
Abandonó el lugar a galope y llegó exhausto a Fresneo, el pueblo más cercano, a dos horas de camino. Avisó a los vecinos y envió mensajes a la capital del concejo, Bárzana, y a la rectoral de Arrojo, donde estaba el arcipreste de Quirós.
Los vecinos de los pueblos cercanos -acompañados de las autoridades municipales, judiciales, las fuerzas del orden, sacerdotes y el médico del concejo- formaron una comitiva que se dirigió al desgraciado lugar. Allí inspeccionaron los cadáveres, no había signos de violencia, y después de muchas deliberaciones atribuyeron las muertes al consumo del pan. Era una costumbre de Semana Santa consumir pan dulce. Una casa del pueblo se encargó de elaborarlo para todos los vecinos. Algo envenenó el alimento. Un cerdo permanecía muerto con restos de pan en su estómago. La sabiduría popular acusó a la salamandra de ser la causante de envenenar el agua con que se elaboró la masa. Más tarde, dos botánicos que acudieron al lugar descubrieron arsénico en dicho líquido.
Una fosa común albergó aquellos cuerpos en aquel mismo lugar. Los vecinos de Villagondu se llevaron la panera a su pueblo, y todavía permanece allí como testigo de una catástrofe. Las autoridades decidieron quemar el pueblo para eliminar todo peligro de infección por la peste u otra enfermedad. Así desapareció el pueblo de Mengollo. Durante años, los ganados no se enviaban a aquellos pastizales y la maleza se adueñó de aquel lugar, antaño poblado.
Las condiciones de la población rural asturiana en aquel tiempo eran muy penosas. Según escribía el marqués de Camposagrado en 1.854, «resulta existir entre los 500.000 habitantes de esta provincia más de 300.000 que carecen del puramente necesario sustento». La mortalidad y la natalidad eran muy elevadas, llegar a cincuenta años sería un milagro. La alimentación, deficiente y, la higiene, nula. Las casas no reunían condiciones de salubridad mínimas, pues se compartían con animales, estando en muchos casos las cuadras con la misma entrada que las casas.
Las ruinas de tres casas, entre helechos, en Mengollo, junto con varias construcciones auxiliares, son el testigo mudo de un misterio sin resolver.
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