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Francisco Fresno Fernández

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Sobre este blog de Cultura

Artista plástico


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  • 10
    Febrero
    2014

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    PINCELADA AUTOBIOGRÁFICA

    Tenía 15 años. Durante unos meses trabajé en un taller mecánico en el que había tornos, una fresadora, soldadura... Me habían contratado como aprendiz y como tal me pagaban, pero solo aprendí a conocer a la clase trabajadora en esa pequeña escala más cercana. Conocí la estupidez y cortedad de algunos trabajadores que “puteaban” gratuitamente a quien tenían solo un peldaño más abajo, y ello sin ningún beneficio como el de la explotación del empresario; quizá por complejos, cortedad, envidias o similares. Pero también comprobé la nobleza, el respeto y la consideración de otros.

    Sin haber aprendido nada de los oficios que allí se ejercían, y que tan bien me habrían venido para un futuro como escultor, lo que sí hice fue recrearme en aquello que inconscientemente ya me estaba guiando en la vida: en dar forma a un orden que era algo más que estético. En casa pintaba por las noches copiando láminas y postales sin ninguna orientación ni criterios. Pero, a la vez, en aquel taller era un vanguardista del arte “povera” sin saberlo.

    En Italia estaba surgiendo en ese momento el arte “pobre” como paso del arte “objetual” al “conceptual”. Su denominación se refiere al uso de materiales humildes y pobres, y a su transformación y desintegración por los efectos del tiempo según sus propiedades materiales. La propuesta del arte “povera” apuntaba hacia un vivir la experiencia de la creación con los medios menos habituales y más insignificantes en cualquier situación, como una nueva extensión artística respecto a la tradición.

    Una de mis tareas consistía en retirar las virutas metálicas de las máquinas para apilarlas en el exterior. Cuando llegué allí el montón de virutas que observé era un volumen amorfo, que cuando cogía altura se llevaba un camión. Me gustaban los colores de las virutas que caían al suelo desde los tornos, con sus irisaciones de colores azulados, verdes, algo violáceos, brillantes... como pequeños arcoiris repetidos en las curvaturas del metal. Pero necesitaba apilar aquellos arcoiris dando un orden prismático al volumen donde los depositaba, seleccionando las virutas más gruesas para el centro de la pila, y las más largas y finas, y por ello más maleables, para configurar las aristas. Día a día, y mientras algunos compañeros me decían que estaba obsesionado con la pila de la viruta, hacía crecer aquella pila como un prisma bien armado con base rectangular, como una forma de asidero para sublimar mi hacer y mi tiempo diario.

    Sin duda, aquella necesidad inconsciente de recrearme con un arte procesual y efímero, coincidía plenamente con los predicados que lejos de Gijón se empezaban a hacer valer en el Museo Cívico de Turín y en la Documenta 5 de Kassel. Yo no conocía a Merz, ni a Pistolleto, ni a Kounellis ni a otros artistas del “povera”, pero al observar cómo día a día el brillo de las virutas se iba convirtiendo en óxido, necesitaba volver a verter sobre él nuevos brillos provisionales, y también a empezar de nuevo cuando llevaban mi obra y me dejaban su planta como vacío, hasta que un día me fui yo para conocer nuevos derroteros profesionales más afines a mi vocación, sino como llamada sí como vía de salvación para discurrir por otros arcociris, igual que por otros óxidos anaranjados más tardíos y perennes como los que a veces crecen con el acero corten, ya lejos de aquel tiempo.

     

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