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  • Elecciones.

    Ya estamos en la feria de las vanidades, en el lugar de las promesas imposibles y en el hogar donde toda simpleza encuentra acomodo. En general se trata de hacer llegar, al convencimiento de de los votantes, la idea de que lo haremos mejor que los otros, y además más barato. Vamos la monda lironda, a lo que se añade la lucha contra la corrupción, de los demás se entiende, y todo lo que se vaya añadiendo al programa electoral para solaz y disfrute de los convencidos y de los por convencer.

    Según todos los sabios, y sabiondos, en esta materia, todo el pescado está vendido, y la campaña electoral es algo redundante, aunque también hay quienes opinan que lo importante son los indecisos, es decir los que deciden el voto cuando cogen la papeleta, o un poco antes, y, especialmente, los que no van a votar por cualquiera de los muchos motivos que hay para no hacerlo. Según esta última tesis los votos de última hora y lo que no votan lo deciden todo. ¿Cuál es nuestra situación? Habrá explicaciones, a posteriori, para todo.

    De momento se venden ilusión y promesas cómo son la bajada de impuestos, el aumento de las pensiones y de los salarios públicos según el IPC, la mejora del PER y el aumento del gasto en investigación. Cómo no vamos a ponernos cenizos,   para preguntar qué servicios, o que impuestos, se tocan para que todo cuadre, habrá, mientras tanto, que hacer un acto de fe, de esperanza y de caridad, que son virtudes teologales muy necesarias siempre. Hacer más con menos es el deseo de todos, pero en saber transformar deseos en realidades está el quid de la cuestión.

    Al parecer, y sí las encuestas no fallan, no lo van a tener fácil quienes formen Gobierno. El actual sistema electoral hace que sea difícil conseguir mayorías, y que sean partidos sin implantación nacional los que decidan como se corta el bacalao. Con el actual sistema la inestabilidad, o el triunfo de la minoría sobre la mayoría, están garantizados. ¿Quien le pone el cascabel al gato? Cambiar la ley electoral no es cambiar la Constitución, pero nadie se ha atrevido a hacerlo. El último que pudo hacerlo, M. Rajoy, no quiso, como siempre, meterse en líos y dejó el asunto como lo encontró.

    Tal vez una gran coalición , PP y PSOE, sea una manera de poder afrontar, sin francotiradores, los graves problemas que tiene el país. En países de nuestro entorno esta coalición se ha dado en situaciones de crisis , cómo la que tendremos que atravesar en los próximos años. Ultras fuera podría ser el lema de esta coalición que, tal vez, supondría un vuelco, de los de verdad, en la historia política de nuestro país.

    Afrontar los graves problemas existentes- paro, deuda, déficit,energía, envejecimiento, despoblación, deslocalización industrial, cohesión nacional, empobrecimiento, escaso gasto en investigación, etc., etc.- requiere de mayorías, no ya para afrontarlos si no para evitar que se agraven, cosa no demasiado difícil.

    Pues las cosas están como estaban hace nueve meses cuando M. Rajoy no quiso dimitir, y por tanto convocar elecciones, y prefirió que lo echaran y conducirnos hasta esta situación de inestabilidad, perdiendo todo este tiempo para terminar como empezamos. No se sabe como lo juzgará la Historia, pero de momento los prolegómenos no le auguran nada bueno.

    Lo más novedoso es la existencia de un partido , de extrema derecha, y de otros dos partidos de extrema izquierda a los que perjudica el actual sistema electoral, como antaño le perjudicó a Izquierda Unida. La despoblación de amplias zonas del país es un hecho, y mira por donde tiene repercusión en la composición del Congreso. Como esto beneficia a los mayoritarios, hete aquí que ya hay un motivo más para no cambiar nada en este sentido. De esto sabe mucho Izquierda Unida, pero le ha valido de poco.

    La cosa puede ir de tripartitos o de bipartitos, que ahora ya no critica nadie, pero ojalá que la necesidad de pactos o componendas no haga olvidar la atención que merecen los graves problemas del país. Aunque no haya muchos motivos no conviene perder la esperanza de que, acuciados por la presión social, los elegidos para gobernar tengan éxito en su tarea.

     

     

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