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  • Novedades de estos tiempos.

     

    En estos últimos días varios responsables políticos se han salido por la tangente ante cuestiones relativas a algunos aspectos de su trabajo. Esa salida por la tangente supone derivar, a donde se pueda, la toma de decisiones que en principio les competen, y a vivir, aunque esta es una afirmación un poco arriesgada.

    El Ministro de Fomento ante el problema de los taxis con Uber y Cabify, que parece estimar que solamente le pueden acarrear problemas, decide tirar hacia abajo y le pasa la pelota a las respectivas CC.AA. y Ayuntamientos por aquello de acercar la Administración a los administrados y, de paso, liberar de líos La Castellana, que es un sitio muy propicio para armar lo que sea menester. Que esta decisión origine una España de varias velocidades carece de relevancia. Hay tantas velocidades distintas que una más, especialmente en un sector relacionada con la velocidad como es el transporte, se va a notar muy poco.

    Tampoco es menos cierto que las Autonomías llevan en si el germen de la diferencia, y en esta cuestión tal vez pueda y deba de haberla, pero lo singular es la rapidez con que el Ministro se liberó de un problema, que podría haber hecho suyo, encontrando una solución que le hace tener una preocupación menos.

    El Consejero de Educación de Asturias, ante la problemática de móvil si o móvil no, decide, en un arabesco lateral, que sean los colegios los que regulen de forma individual su uso. Unos dirán que sí, otros dirán que no, y algunos que ya veremos. En temas menos graves Pilatos tiene muchos imitadores, sin tanta teatralidad pero con una puesta en escena más funcionarial.

    Lo anterior que, llevado al extremo, pudiera resultar preocupante, sí no lo es ya, es lógico sí vemos lo que ocurre cuando se piensa poner en marcha medidas sin contar con nuestros socios comunitarios. Un ejemplo: la llamada tasa Google, que se pretende implantar sin más, ha provocado una reacción de los afectados que amenazan con cobrar la tasa a los usuarios, y además con dejar de hacer inversiones en nuestro país. En este caso, y dado que nuestros socios comunitarios están en ello, no estaría de más esperar, aunque acucie la necesidad de contar con nuevos ingresos.

    Otra medida que se desea implantar es la subida del IRPF a las rentas de más de 150.000 euros. Tal vez resulte más difícil de lo esperado sacar algo sustancioso de ahí. Cobrar aquí hasta 149.999,99 euros y el resto de otra manera, bien sea en un banco de cualquier otro país, o de otra forma que la imaginación sea capaz de idear. Caerán en la red los que trabajen en la Administración, local, regional o nacional, o en empresas del sector público, de los demás se sacará poco, aparte del ruido y de la alarma creada.

    Cómo, Bruselas dixit, los ingresos no cubren los gastos pues se tira para delante y se aumentan los impuestos que se pueden cobrar de manera más o menos fácil. Pero sí la previsión de crecimiento económico, estimado, en estos momentos, en el 2,3%, en otros momentos quien sabe, no se cumple, la cosa se pone chunga.

    La justicia universal, que se pretende poner en vigor otra vez, terminó en un fiasco cuando se tocaron los intereses de China y USA. Meterse de nuevo en el mismo lio, para salir de él a toda pastilla, no tiene lógica. Aquí puede aplicarse eso de que de buenas intenciones está lleno el infierno. Se ha aprendido poco de la experiencia anterior y, de implantarse, esta medida durará poco.

    En tributos nuevos se puede esperar de todo. Somos pioneros en la implantación de la tasa Tobin, que grava las transacciones financieras, es decir, entre otras cosas, pasar por caja cuando se compran o se vendan acciones, con la peculiar idea de que eso es cosa de capitalistas de chistera y puro, cuestión no conforme con la realidad del elevado número de personas, no millonarias por supuesto, que ponen una parte de sus ahorros en la Bolsa para resguardarse de la inflación y cobrar algún que otro dividendo. Los ricos, los accionistas de postín y los fondos de inversión acabarán encontrado el portillo por donde salir libres de polvo y paja al mundo exterior, y los ahorradores normales, esos sí, pagarán el pato.

    No es nada fácil gobernar en estos tiempos de globalización, deslocalización, del e-comercio y de tantas novedades que colocan a los gobiernos, y a las economías nacionales, en posiciones cada vez difíciles. Pero hay que estar en el mundo y saber que no estamos ni en el XIX ni en el XX, estamos ya en el XXI. Con un país mediano económicamente, y metido de lleno en la UE, las salidas de tono y los dogmatismos programáticos carecen de sentido, sí no se cuenta con el apoyo de nuestros socios y de nuestros jefes de Bruselas, que, a lo suave, mandan.

     

     

     

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