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  • Pongamos que hablamos de Madrid.

    Hace tiempo, en una entrevista televisiva, se le preguntaba a un ciudadano común de un país sudamericano ¿usted no roba ?.La respuesta fue “no, porqué no puedo”. Esta brutal sinceridad, que revela una moral un tanto anémica, es fruto de una ética social, machacada por ejemplos perversos durante mucho tiempo, que ha calado en el común de la población. El concepto de bien o mal ha sido sustituido por “me trincan o no me trincan”, con el corolario de que en el primer caso me abstengo y en el segundo actúo, salvo que haya externalidades perversas que desvirtúen esta sencilla regla.

    Naturalmente sí sabes que aunque te trinquen saldrás bien librado, o que no te van a trincar, bien porque sean incapaces técnicamente de hacerlo, bien porque no quieran hacerlo o bien porque no les dejen hacerlo, los incentivos para el latrocinio aumentan exponencialmente, creando una sensación de impunidad. Naturalmente, como no hay regla sin excepción, y por esas cosas raras de la vida, alguna vez se produce un fallo en esta cadena lógica al aparecer la opinión pública, la contienda política, la casualidad, el despecho, la venganza, la envidia y otras pasiones del alma, que hacen surgir tanto la denuncia pública como la delación o el chivatazo, factores que, cuando caen en terreno propicio, convierte a algunos en justiciables.

    Como las ciencias avanzan que es una barbaridad el siguiente paso para minimizar daños, cuando éstos se producen o pueden producirse, es, además de hacer lo posible para silenciar los medios de comunicación y que la opinión pública esté in albis, controlar también la siguiente fase, e intentar que los poderes que tienen que reprimir las actuaciones ilegales, cuando salen a la luz pública, estén bajo control. Aunque nada es perfecto y la vida está llena de gente ingrata, que nunca se sabe por dónde puede salir, una política preventiva de nombramientos ad hoc contribuye a que el castillo de la impunidad tenga los torreones muy altos.

    Las luces de alarma tendrían que haber avisado de que algo no marchaba bien en la Comunidad de Madrid: despilfarros, nepotismos, negocios ruinosos, empresas antaño solventes convertidas en pozos sin fondo de pérdidas ,y demás despropósitos, tenían que haber sido síntomas suficientes para detectar la enfermedad de fondo que la aquejaba. No ha sido así, pero afortunadamente, y pese a todos los pesares, no parece que la organización pseudomafiosa que amenazaba con controlar la Comunidad, y los poderes represivos, pueda salirse con la suya. El peligro sigue, pero la opinión pública, y los regímenes democráticos son regímenes de opinión pública, pesa mucho más de lo que aparenta, y suele ganar.

    Algo ya sabido es el escaso control que los partidos políticos tienen sobre el comportamiento de sus dirigentes. Cuando se ponen en conocimiento de la cúpula los desafueros y los comportamientos poco éticos lo normal es la salida por la puerta más cercana del denunciante, y eso se sabe y naturalmente se aprende. A pesar de eso ,el miedo es libre, no pueden eludir su responsabilidad en el mantenimiento en sus puestos de los dirigentes que tengan comportamientos poco éticos, pero lo cómodo es no complicarse la vida, y aplaudir y jalear cualquier simpleza que se diga con voz más alta de lo normal, o bien darse de baja. El centralismo democrático de los partidos bolcheviques ha hecho escuela.

     

     

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