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  • Preparar el futuro.

    En estos días en los que el clima preocupa, bueno, en esencia lo que preocupa es la falta de lluvia o la pertinaz sequia, como se decía antes, una mirada al paisaje nos hace ver un panorama que no invita al optimismo. Cuando el anticiclón de las Azores vuelva a su sitio y comience a llover, en serio, los problemas del cambio climático, de los incendios forestales, de la erosión y de la desertificación del territorio volverán a donde solían: al baúl de los recuerdos. Hasta cierto punto es normal, los problemas del día a día son lo suficientemente complejos como para dedicar tiempo, dinero y esfuerzos a un pasado mañana, pero que tal vez se convierta en hoy más rápido de lo previsto.

    Salvo casos que no hacen al caso no se ha detenido a ninguna trama organizada, ni a ninguna troupe de incendiarios, a pesar de todo lo que se nos ha dicho y repetido a lo largo de muchos años. Ha habido, eso sí, detenciones de pirómanos, bien sea por enfermedad mental o por venganza, despecho o cualquier otra insania, fruto de la soledad, del rencor, de la pobreza, de la emulación o de cualquier otra pasión que no pueda encauzarse de manera distinta.Y esto, hasta que el campo esté sin población, continuará ocurriendo. Bueno, continuará mientras haya algo que quemar de manera fácil, lo que se está poniendo muy difícil, no porque se haya hecho nada para evitarlo, sino porque ya va quedando poco por arder.

    Lo de la trama maderera y lo de la recalificación para edificar, como causas de los incendios, no se aguanta mucho. Dando una vuelta por Galicia se ve que se edifica donde se quiere, sin necesidad de incendio alguno, y además urbanizar en donde han ocurrido muchos de los incendios sería, en general, propio de mentes calenturientas, nunca mejor dicho, o dedicadas a la meditación trascendental o a cualquier otra actividad de carácter minoritario, que no da para tanto terreno. La trama maderera, tan en boga hace años, no tiene postulantes en este momento. En el abandono, público y privado del territorio, en la soledad y sus secuelas, en la enfermedad mental y en la climatología está el problema.

    El éxodo de la población rural, con el consiguiente abandono del campo, hace que muchas tareas de limpieza del monte, que beneficiaban a la población, ya no se realizan y habría que obligar a que se hagan en montes de titularidad privada, o pagar para hacerlas en montes de titularidad pública. ¿Difícil, verdad?, pero lo de este verano y otoño no puede volver a suceder, salvo que el país y su futuro hayan dejado de importarnos, lo que, visto lo visto, no es impensable. Gastar tiempo, esfuerzos y dinero para mantener el territorio, aunque no vote, es invertir en futuro. No se opueden dar facilidades para que el hábitat se destruya. No hacer nada para evitar los incendios equivale a no colocar bolardos, o maceteros, en nuestras avenidas, o a no registrar a quienes acceden a espectáculos públicos masivos para evitar atentados. Nos jugamos mucho, nada menos que el lugar en donde tenemos que vivir, y confiar en la Divina Providencia está muy bien y además dice mucho, o poco según se mire, de nuestros gobernantes pero, siempre hay un pero , a Dios rogando y con el mazo dando.

    La España vacía, de Sergio del Molino, es un libro realista que pone de manifiesto el gran desierto demográfico que está formando por ambas Castillas, La Rioja, Aragón, y Extremadura. Un territorio, sin costa, de 268.083 kilómetros cuadrados que, excluyendo Madrid, tiene una población de 7.317.420 personas. Este desierto demográfico tiene cada día que pasa nuevas incorporaciones: la provincia de Ourense, el interior de la de Lugo y el suroccidente de Asturias son los últimos fichajes. Es decir mucho territorio para tan poca población, y fijarla no es tarea fácil, aunque pagar por vivir y mantener el monte, de manera proactiva, y no reactiva como se hace ahora con las cuadrillas anti incendio, tal vez no esté tan lejano. Se necesitan jardineros para el territorio, y los jardineros cobran.

    Pero estamos en el siglo XXI, y sin cobertura de telefonía móvil, internet, servicios de todo tipo, como pueden ser los bancarios, sanitarios y administrativos, aunque sea en forma de gestoría pública en las cabeceras de comarca, buenas comunicaciones y todos aquellos otros que contribuyan a hacer agradable la vida, fijar población será imposible. Con todo esto será muy difícil, pero sin esto imposible. Por cierto, dicen que hay un organismo que se llama Diputación Provincial, y del que nadie se acuerda, ¿será por algo? .Cuando el capítulo I del presupuesto-gastos de personal-se lo lleva todo, clientelismo se llama esa figura, queda poco para lo demás.

    Recorrer, aunque sea en coche, los Monegros por ejemplo, produce la sensación de encontrarse en un país no europeo. Un desierto no es propio de estas latitudes, pero lo hay y ahí continúa. ¿No cabe hacer algo para que pase a ser un lugar más acogedor y productivo? Que decir del rio Tajo convertido en todo menos un rio, como consecuencia de su bajo caudal y de la poca depuración de las aguas que se vierten en su cauce. Los cálculos, realizados durante la Republica, para el trasvase al Segura pecan de optimismo, por el cambio climático que entonces no se contemplaba, y ahora hay que tirar de las desaladoras, que tanto se criticaron, para mantener el turismo y el regadío. Es un agua cara y con problemas, pero mucho más caro y problemático es no tenerla, cuando el Tajo ya no puede dar más de sí.

    Nuestro país tiene muchos retos, pero conservar el territorio, intentar fijar población en el campo, depurar los vertidos y disponer de agua no es de los más pequeños. Esto del cambio climático va en serio, y cómo se dice el que avisa no es traidor.

     

     

     

     

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