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  • Presupuestos de 2018.

    Bueno, ya están aprobados los presupuestos para 2018. Se puede decir que tarde, mal y a rastras, por la fechas y por lo que delataban la alegría, los abrazos y los parabienes, todo ello con aire de obligatoriedad, que se vieron en el Congreso de los Diputados. Naturalmente los abrazantes sabían la que se viene encima por eso de cumplir el déficit del 2,7% del Producto Interior Bruto (PIB) a que se obligó con Bruselas, que ya advierte de la necesidad de adoptar "medidas adicionales", si fuera necesario, para asegurar que el desvío de las cuentas públicas no supere el umbral del 3% del PIB, considerado pecado mortal por nuestros socios comunitarios.

    España será además el único país del bloque comunitario que seguirá bajo un procedimiento por déficit excesivo, una vez que Francia, que hizo los deberes, abandonó ese ingrato lugar. La exigencia es por tanto mayor y la dificultad para cumplir lo que nos piden también. Hay tres cosas que pueden cambiar para mal: el precio del petróleo, un euro bajo que ha venido provocando una ganancia de competitividad, y la política monetaria del Banco Central Europeo (BCE), de barra libre, en cuanto a concesión de créditos a coste cero, y de compra de deuda de los países de la zona euro sin límites cuantitativos.

    Cómo a pesar de tener sol y viento importamos el 70% de la energía que consumimos, el aumento del precio del petróleo, teniendo en cuenta que el precio del gas esta indexado con él, es letal para nuestra economía. El impuesto al sol hace de las suyas, dificultando la extensión de esta energía a los consumidores finales, y ahí está beneficiando a unos pocos, pero matones, y perjudicando al país y a los paisanos, que solamente tienen su voto, que no es poco, para cambiar las cosas. La energía eólica, en medio de mordidas que no se lleva el viento sino los bolsillos de gente conocida y desconocida, continúa su desarrollo. Tanto las plantas eólicas como las de energía solar fotovoltaica, la de los paneles, ya son rentables, sin necesidad de subvención, lo que es una buena noticia.

    Según los Presupuestos Generales del Estado (PGE) para 2018 la deuda pública bajará del 98,3% del PIB, en que estaba en 2017, al 97% previsto para 2018, que supondrán 31.547 millones de euros de intereses. Es decir una pasta gansa que no tiene rentabilidad alguna para el país, aunque es posible que el crédito que la originó sí la tuviese, salvo que fuese destinado a gasto corriente, o, dicho de otro modo, a mantener el tinglado de la farsa, en que tendría muy poca. Sí los intereses subiesen, el dolor de cabeza que supone pagar los 31.547 millones de euros, se convertiría en una jaqueca de padre y muy señor mío.

    Y la última carta para conseguir el póker es cumplir el déficit a que nos obliga Bruselas. En el plano meramente técnico tanto la incapacidad para eliminar gasto inútil así como las regalías pactadas con el PNV y con Coalición Canaria no auguran nada bueno. Pero como toda acción tiene su reacción, y que de donde no hay no se puede sacar, veremos, previsiblemente, aumentos del IVA, retoques del IRPF, creación de algún que otro impuesto medioambiental y cualquier otra medida que apriete pero no ahogue. Hay que suponer que será así.

    Cómo la situación política no es especialmente buena, hacer ajustes económicos, con uno, o dos, problemas políticos, se complica mucho. Aquello de “silencio en la noche / ya todo está en calma / el musculo duerme / la ambición descansa”, del tango “Silencio”, va a ser que no se cumple: ni hay silencio, ni de noche ni de día, el músculo no duerme y la ambición ni te digo. Nuestros vecinos del norte andan revueltos por las reformas que M. Macron está implantando, pero no tienen un problema político serio, o dos, cómo nosotros, que van a complicar los económicos hasta un punto diferente al de nuestros amigos transpirenaícos. Toca, en medio de una, o de dos, crisis políticas, hacer reformas probablemente duras, lo que aumentará la dificultad de las mismas, y el desapego de los que tendrían que estar apegados para que la cosa no se desmande. Buen año presupuestario.

     

     

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