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María José Barroso Crespo

He vivido siempre entre palabras como periodista, documentalista, escritora ocasional y eterna aspirante a bibliotecaria.

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La frase del escritor Carlos Fuentes da título a este blog porque todo lector reinterpreta el libro que tiene entre manos, lo hace suyo y le da nueva vida.


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  • 17
    Octubre
    2018

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    Cultura premios Princesa de Asturias Novela negra Letras

    Fred Vargas, premio a la novela negra

     

    En el eterno juego de la novela policiaca donde el gato persigue al ratón, hay autores que dan un interesante rodeo. Hay autores que se revelan con maestría a la hora de dotar al gato de una personalidad propia y de convertir al ratón en una muestra de las miserias de la sociedad. El policía posee así unas virtudes insospechadas con el empuje de un carácter tenaz, mientras que el asesino mata por desvaríos propios y frustraciones extraídas del tiempo y lugar donde le toca representa su papel. Y en muchas ocasiones, las criaturas creadas por la mente que construye la ficción tienen rasgos en común en cuanto a singularidad y profundidad. De ese sello característico sabe mucho la autora que ha conseguido este año el premio Princesa de Asturias de la Letras, Fred Vargas. No sólo por el ritmo narrativo y la prosa vivaz de sus novelas,  sino por la construcción de unos personajes insólitos y excepcionales que ejemplifican el comportamiento humano.

    Al conocer la noticia, la escritora francesa dio la clave para resaltar que su premio era extensivo a toda la novela negra, que se convierte en un género reconocido y con valor por méritos propios:

     “Soy consciente de que escribía novelas de intriga, un género siempre considerado marginal en la literatura. Pero, a pesar de ello, siempre he puesto toda mi pasión en la elección de cada palabra y, si se me permite, con humildad diría que siempre he buscado la música literaria más apropiada. Gracias a este prestigioso galardón, por primera vez, la novela negra entra en el mundo de la literatura.”

    Aunque ha escrito con otros protagonistas, el éxito de Fred Vargas va unido al de su policía, el comisario Jean-Baptiste Adamsberg,  un personaje desarrollado a lo largo de doce novelas que culminan, de momento, en Cuando sale la reclusa. Un retrato de todo el universo del protagonista de la serie con todas sus señas de identidad: misterio, fantasía, arqueología, Edad Media, fauna, mitología y, por supuesto, el alma humana.

    “Detesto hablar del proyectil, hacer el análisis del arma del delito: lo que para mí es importante es quién ha disparado y por qué”, explicó Vargas en una ocasión. Sus novelas no son un CSI, sino un mapa complejo de nuestras motivaciones, a veces complejas y justificadas, y otras veces, simplemente, absurdas o crueles por naturaleza.

    Para saber cómo empezó todo entre Vargas y Adamsberg tenemos que remontarnos a El hombre de los círculos azules, publicada en 1991. En esta primera novela sabremos cómo llega a París y su nombramiento como comisario. Desde las primeras líneas sabremos que su aspecto es tan singular como su personalidad. Sabremos de su negligencia en el vestir y de su seducción al hablar, de su voz sugerente y suave. Su rostro es “como si sesenta caras se hubieran entrechocado en ella para componerla”. Atractivo pero extraño. “Adamsberg estaba abierto a todos lo vientos como una cabaña de tablas, con el cerebro al aire libre...”

    El comisario maneja la intuición por encima de todo. Trabaja a base de presentimientos y se pierde entre la indiferencia y sus ensoñaciones. Pero en su mente todo encaja como en un puzle de piezas deformadas o rotas que, unidas, son una fotografía esclarecedora de la realidad. “No puedo evitar saberlo cuando algo no funciona en alguien... Ni una sola vez me he equivocado respecto a alguien”. La otra cara de la moneda es el inspector Danglard, que representa el otro personaje que jamás falta desde Sherlock y Holmes: la inteligencia sensata que da la réplica.

    La historia comienza con un hecho anecdótico: la aparición en la calle de círculos azules alrededor de objetos cotidianos e inofensivos, hasta el descubrimiento del primer cadáver. Vargas irá dejando pistas sobre el comportamiento que le interesa destacar a partir de los sucesos que avanzan en la novela, entre el misterio, la intriga, la acción y la reflexión, y a través de todos los personajes que intervienen en ella:

    “Los círculos persiguen un objetivo que está perfectamente pensado. Para decirnos: los seres humanos no aprecian los objetos que abandonan. En el momento en que los objetos han dejado de ser eficaces, de funcionar, nuestros ojos ya no los perciben, ni siquiera como materia”.

    “El hombre siempre necesita entender, aunque con ello sólo consiga crearse problemas”.

    “Las personas que nos abandonan realmente jamás se toman la molestia de advertírnoslo en una carta de seis páginas. Esas personas se eclipsan sin hablar.”

    Fred Vargas no estará en la ceremonia de entrega de premios “por motivos de salud”, aunque es conocida su timidez y su aversión a los actos públicos.  Igual que su nombre, -seudónimo adoptado por el personaje de Ava Gadner en La Condesa Descalza-, la francesa no es una autora convencional. Las disgresiones y reflexiones en sus tramas pueden despistar al lector hasta el punto de que pierda el hilo y el interés por desentrañar el misterio al mismo tiempo que el policía. Ese es otro de sus sellos. Con sus rasgos de genialidad y sus particularidades, a Fred Vargas o la admiras profundamente o te resultará aburrida y compleja en exceso. El lector, como siempre, -es nuestro privilegio-, tiene la última palabra.

     

    Fred Vargas, premio a la novela negra

     

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