Blog 
Terminado, el libro empieza
RSS - Blog de María José Barroso Crespo

El autor

Blog Terminado, el libro empieza - María José Barroso Crespo

María José Barroso Crespo

He vivido siempre entre palabras como periodista, documentalista, escritora ocasional y eterna aspirante a bibliotecaria.

Sobre este blog de Cultura

La frase del escritor Carlos Fuentes da título a este blog porque todo lector reinterpreta el libro que tiene entre manos, lo hace suyo y le da nueva vida.


Archivo

  • La peste, una historia colectiva

     

    Si hay una frase que se está ganando el derecho a aparecer en letras de molde es “cuando esto acabe”, la expresión del gran deseo de nuestros días. Podría ser el inicio de un libro, o de muchos, que nos cuenten lo que pasa y lo que nos pasa, libros que nos demuestren su poder indestructible: para pasar el tiempo, para olvidarlo, para resguardarnos de los recuerdos o para imaginar otro futuro. El poder de un libro siempre está presente en los grandes clásicos que nos enseñan sus múltiples lecturas. Porque casi todo ya fue contado antes y, para comprender y comprendernos, tan solo tenemos que acercarnos a uno de ellos para vislumbrar que nuestros miedos ni son originales ni son invencibles, que son una historia colectiva, fruto de la condición humana que siempre se supera a sí misma.

    Una de las mejores crónicas de lo que podemos estar sintiendo se publicó en 1947 de la mano de Albert Camus, premio Nobel de Literatura en 1957. En las últimas semanas, el coronavirus ha convertido a La Peste en uno de los libros más vendidos en Francia e Italia. Como toda obra maestra, el relato de Camus deja abiertas distintas vías de interpretación y reflexión, entre ellas, que se trata de una metáfora del auge del fascismo y la deshumanización, un ejemplo del pensamiento existencialista o una denuncia de las dictaduras tras la Segunda Guerra Mundial.

    Pero en estos días de sufrimiento crudo, sin metáforas, La Peste se lee al pie de la letra como el relato de una epidemia en la ciudad argelina de Orán, en los años cuarenta, que retrata sensaciones y duelos perfectamente asimilables a los que ahora vivimos. Desde que el doctor Rieux se enfrenta al hallazgo de la primera rata infectada, hasta la multiplicación de muertes que obliga a cerrar la ciudad, toda la cadena de errores, incertidumbres y angustias nos suenan.

    La sorpresa de los primeros días se torna en incredulidad y se niegan nombrar lo inevitable. “No se atreven a llamarlo por su nombre. La opinión pública es sagrada: nada de pánico, sobre todo, nada de pánico”. En su relato, el doctor reconoce el miedo a declarar que la ciudad está asolada por la peste porque “obligaría a tomar medidas implacables”. Pero las muertes se multiplican y la decisión es inapelable: se ordena el cierre de la ciudad.

    Es difícil creer en las plagas cuando uno las ve caer sobre su cabeza (…) Pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas (…) La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto, el hombre se dice que la plaga es irreal, un mal sueño que tiene que pasar (…) Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste, que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas”.

    La crítica al individualismo es una clave constante en la narración. Todos, sin distinción, serán prisioneros con la misma condena, y para Camus combatir el mal es una apelación a la solidaridad, de hecho, la única solución es la lucha solidaria: “La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo”.

    La primera consecuencia del cierre de la ciudad es la lejanía de los seres queridos y un doble padecimiento: “primero por nuestro sufrimiento y además por el que imaginábamos en los ausentes”. En una ciudad de “paseos sin meta”, el vacío se transforma en un “sentimiento de exilio”, el deseo irracional de volver hacia atrás o de apresurar la marcha del tiempo, hasta que “aceptábamos nuestra condición de prisioneros, quedábamos reducidos a nuestro pasado y, si algunos tenían la tentación de vivir en el futuro, tenían que renunciar muy pronto”. Comprendieron que hacer suposiciones sobre la duración del aislamiento era inútil. “Se atuvieron a no pensar jamás en el término de su esclavitud, a no vivir vueltos hacia el porvenir (…) abandonados a recuerdos estériles, durante días sin norte, sombras errantes que sólo hubieran podido tomar fuerzas decidiéndose a arraigar en la tierra su dolor”.

    Cada uno tuvo que aceptar el vivir al día. Nadie podía esperar la ayuda de su vecino; cada uno seguía solo en su preocupación. Durante las primeras semanas, pese a acumular trescientos muertos, no habían aceptado todavía la enfermedad, sólo “eran sensibles a lo que trastornaba sus costumbres o dañaba sus intereses”. Al principio, “abundaban más las bromas que las lamentaciones y ponían cara de aceptar con buen humor los inconvenientes”, hasta que las transformaciones graves modificaron la ciudad. Las tiendas cerraron de un día para otro, pero la gente siguió como de vacaciones, hasta que se acabaron las películas para proyectar en los cines y, entonces, abarrotaron los cafés: “el vino puro mata el microbio”, se anunciaba en uno de ellos.

    “Seguíamos poniendo en primer término nuestros sentimientos personales”, insiste el doctor. Un comerciante acapara alimentos para venderlos a precios más altos, con latas de conserva bajo la cama descubiertas cuando se lo llevan al hospital; tras las paredes de las casas se escuchan los gritos y el dolor de los enfermos; se cierra el corazón “cuando la piedad es inútil”. La primavera huye y el verano, entre el calor y la peste, desata la violencia de los que intentan escapar de la ciudad. En los tranvías, “todos los ocupantes vuelven la espalda lo más posible para evitar el contagio mutuo”.

    Ante la miseria y el sufrimiento, Camus sostiene la narración con personajes que reflexionan y actúan hacia el bien, y lo hacen desde la honestidad, sin el mérito de considerarse héroes.Un punto de vista que convierte la novela, como el propio cronista señala, en “un relato hecho con buenos sentimientos, es decir, con sentimientos que no son ostensiblemente malos, ni exaltan a la manera torpe de un espectáculo”. Entonces llega el momento de la solidaridad, cuando la peste lo había envuelto todo, y “ya no había destinos individuales, sino una historia colectiva que era la peste y sentimientos compartidos por todo el mundo”.  

    En la evolución de la epidemia, se vive el hábito de la desesperación, el cansancio, la ausencia de ilusiones, el presente puro y duro, se reconoce el rostro del dolor, y “esa vieja y tibia esperanza, esa esperanza que los hombres abandonasen la muerte y que no es más que obstinación de vivir”. Tarrou, amigo del doctor, confiesa: “Lo que es natural es el microbio. Lo demás, la salud, la integridad, la pureza, si usted quiere, son un resultado de la voluntad, de una voluntad que no debe detenerse nunca”.

    “Todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo”. Y aprender en medio de una tragedia colectiva, tal como resume el doctor, "que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”.

     

    La peste, una historia colectiva

     

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook