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Terminado, el libro empieza
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Blog Terminado, el libro empieza - María José Barroso Crespo

María José Barroso Crespo

He vivido siempre entre palabras como periodista, documentalista, escritora ocasional y eterna aspirante a bibliotecaria.

Sobre este blog de Cultura

La frase del escritor Carlos Fuentes da título a este blog porque todo lector reinterpreta el libro que tiene entre manos, lo hace suyo y le da nueva vida.


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  • 02
    Mayo
    2020

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    Cultura Literatura mujeres Poesía maternidad Feminismo poetas DIA DE LA MADRE

    Soy madre, soy poesía

     

    “La poesía tiene que ser humana, si no es humana, no es poesía”. Desde esta premisa de Vicente Aleixandre, se puede valorar en su justa medida a las mujeres que se dejaron la vida en versos. Desde el silencio, al que la mayoría fueron relegadas, escondidas o amenazadas, ocultas bajo seudónimos; desde el complejo equilibrio de ejercer como esposas, madres y trabajadoras; desde ese lugar íntimo donde brota la creación y la palabra surge, al fin, para dar testimonio. “Cada mujer que escribe es otra mujer que repite el gesto de morder la manzana, que se inscribe en la larga genealogía de las desobedientes, de las que rompieron el mandato de género y se entregaron al deseo de la palabra” (Juana Castro, Poética en la antología En voz alta).

    Desde Safo, el difícil y largo camino para que se oiga la voz de las poetas es una lucha contra la idea que ilustra Fray Luis de León: “Porque así como la naturaleza (…) hizo a las mujeres para que, encerradas, guardasen la casa, así las obligó a que cerrasen la boca”. A partir de esta frase, Clara Janés escribió Guardar la casa y cerrar la boca, una recopilación de nombres en torno a la mujer y la literatura, donde se evidencia que jamás se ha interrumpido el impulso de las mujeres de traducir sus sentimientos en poemas, aunque pocas hayan logrado ser reconocidas.

    La vida nos asalta con incontables experiencias transformadoras, pero la maternidad nos define por encima de cualquier otra. Las poetas que han sido madres revelan el dolor y el placer, el miedo y el amor incondicional, el proceso que deforma el cuerpo y lo embellece con el latido interior, el milagro inexplicable del ser que nace. En la poesía todo es elocuente, hasta una coma. Desvaríos, contradicciones, temores, en ella todo alcanza su sentido. Se canta a la vida en versos encadenados, en sentimientos enlazados que no se detienen, jamás se deja de ser madre. Se abren a la palabra sensaciones inéditas, el dolor compartido de mujeres desde el principio de los tiempos, la alegría infinita y nueva, la felicidad por estrenar de quien mira por primera vez el rostro arrugado y tierno del hijo.

    La poeta Ángela Figuera Aymerich (Bilbao, 1902-Madrid, 1984) estaba embarazada cuando estalló la Guerra Civil y se trasladó a Madrid. El 30 de diciembre de 1936 nace su hijo Juan Ramón en pleno bombardeo de la ciudad, “con salvas, como los reyes”, escribirá en uno de sus versos. En un extenso y magnífico poema titulado precisamente así, Bombardeo, narra el terror desde el refugio junto a su marido, mientras la vida se movía dentro de ella, mientras sentía el tímido latido, las patadas del bebé en su vientre; una experiencia convertida en un relato hermoso y estremecedor.

    La maternidad es un hecho sublime y quien mejor lo ha expresado, con su inmenso desgarro y belleza, es Juana Castro (Villanueva de Córdoba, 1945). Gran parte de la obra de la poeta cordobesa define la realidad femenina, su esencia. El suyo es lenguaje de mujer desde la infancia hasta la madurez en el despertar del cuerpo y el recorrido por la memoria. Es paladear la vida que desprende olor a naturaleza y campo, el valor de la palabra honesta que suena sin pudor. Para ella la poesía es música, mide la métrica y cuida el ritmo. Sobre sus partituras deja maravillosas notas capaces de contar un parto de la manera más hermosa, el momento de dar a luz, agarrada a los barrotes de la cama, ese instante perfecto de emoción y dolor en que la vida vuela y se siente más alta que nunca. Después, el cordón que une a madre e hija se alimenta con un manjar nuevo y se convierte en irrompible.

     

    Si hay un miedo que comparten todas las madres sin distinción es que la nueva vida se trunque antes de tiempo. La responsabilidad pesa en el alma, aunque sea liviano el pequeño ser que acogen los brazos. El pánico a la enfermedad, a la muerte, es un trance que va de la mano del instinto y el amor incondicional que une a madres e hijos. María García Zambrano (Elda, Alicante, 1973) superó esa prueba y, en 2015, publicó un poemario titulado La hija, un ejercicio de catarsis donde la espera, la enfermedad y la angustia se convierten en poesía, en una declaración de amor y coraje. Nada se desborda ni carece de sentido en sus poemas, el dolor contenido y la palabra en su sitio, medida y seleccionada para crear imágenes certeras y vívidas, plenas de sensibilidad y ternura, elegidas para identificarse y sentir. La tristeza, el amor y la vida en tres poemas bellísimos que son ejemplo y testimonio de la grandeza de ser madre.

     

    Los años cierran el círculo. La madre ve crecer a sus hijos mientras comienza a parecerse a su propia madre. Repite las mismas frases casi sin querer, palabras que surgen del fondo de la memoria y evocan la infancia en esos gestos, manías y caricias que pasan de madres a madres. Entonces se entienden aquellos sentimientos que de jóvenes resultaban ajenos. En algún punto del camino, sin darnos cuenta, las arrugas nos van perfilando el rostro que se va pareciendo más al de nuestra madre. En el espejo se refleja la herencia de mujer que da vida y la cuida hasta el final de sus días, cuando la vejez asoma y se impone, cuando una madre cuida a su madre en ese ciclo eterno de amor incondicional. Así es este poema de Juana Castro:

     

     

     

    Soy madre, soy poesíaSoy madre, soy poesía

     

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