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Terminado, el libro empieza
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Blog Terminado, el libro empieza - María José Barroso Crespo

María José Barroso Crespo

He vivido siempre entre palabras como periodista, documentalista, escritora ocasional y eterna aspirante a bibliotecaria.

Sobre este blog de Cultura

La frase del escritor Carlos Fuentes da título a este blog porque todo lector reinterpreta el libro que tiene entre manos, lo hace suyo y le da nueva vida.


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  • 27
    Octubre
    2017

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    Cultura libros Madrid Feria del Libro bibliotecas Plaza Mayor

    Tócalos otra vez

    Cuando algo nos seduce, necesitamos tocarlo. Cuando amamos algo, necesitamos poseerlo o, al menos, acercarnos a él a través de los sentidos. Extendemos la mano, seguimos la senda de la mirada detenida en el objeto de deseo, y lo rozamos. Primero suave, tímidamente; luego con energía, con las ganas plenas, a manos llenas, hasta sentirnos un poco dueños de la promesa que encierra. “Tócalos, tócalos todo lo que quieras, sin miedo, sin ningún problema, están aquí para eso”, me dice un librero, enérgico y afectuoso, mientras coloca los volúmenes que va a vender en su caseta. Es una mañana radiante en la Plaza Mayor de Madrid donde tímidamente se van abriendo las casetas de la Feria de Editoriales y Librerías de Madrid, organizada por primera vez en el marco del Festival Eñe. Hasta el 5 de noviembre, los libros competirán con el variopinto espectáculo que se ve diariamente en la Plaza Mayor, tomada por artistas callejeros, grupos de turistas, estudiantes de excursión e interminables filas de terrazas con sus consumiciones al sol. Todo ello sin olvidar los indescriptibles maniquíes de toreros y trajes de faralaes para quienes desean adornar de folclore patrio sus selfies para la posteridad.

    El librero de “Enclave de libros” me cuenta que no confían en igualar y menos aumentar las ventas de la Feria de primavera, la que se celebra tradicionalmente en El Retiro, pero esperan dar lustre a la Plaza Mayor, que cumple su IV centenario, y acercar los libros a un entorno que debería tener la cultura como referente. Toco los libros, siguiendo su consejo y, por supuesto, no quiero ni puedo  contener la tentación de llevarme un par de ellos. Sonrío al despedirme porque en la bolsa llevo otro libro que, precisamente, habla del hermoso acto de tocar los libros. Es una pequeña joya para un bibliófilo, titulada así, tal cual: “Tocar los libros”, donde el escritor y periodista Jesús Marchamalo recoge una entretenidísima sucesión de anécdotas, rituales, manías y costumbres de escritores y amantes de los libros.

    No existe un lector en el mundo que no aspire a tener una biblioteca propia, rebosante de libros, leídos o pendientes de leer, aunque sea a costa de agotar el saldo de la tarjeta o tener que dejarlos, en bendita confusión, desperdigados por cualquier lugar de la casa.

    “Las bibliotecas definen a sus dueños”, una evidencia que nos confirma Marchamalo. En los libros que acumulamos están escritos nuestros deseos, nuestras pasiones, lo que fuimos y lo que aspiramos a ser. “Los libros, al final, conforman un territorio común, son las fronteras declaradas del país imaginario en el que nos movemos”.

    Lo queramos o no, nuestra forma de relacionarnos con los libros nos retrata con precisión. La manera en que los guardamos, los ordenamos o nos deshacemos de ellos: Oscar Wilde afirmaba llevar siempre consigo alguno de sus propios libros “por si necesitaba echar mano de alguna lectura inteligente”; Luis Landero los baja en bolsas a una plaza, al lado de su casa, donde los deja en un banco para que la gente los pueda recoger; Arturo Pérez-Reverte los amontona sobre una enorme mesa, en el sótano de su casa, donde se desentiende de su futuro y, Javier Marías, por citar a alguno más, se deshace de ellos regalándoselos al portero de su padre, un gran lector. De Julio Cortázar y su mujer se cuenta una historia fantástica. Durante un viaje en tren por Italia, el escritor y su mujer Aurora compraron libros baratos de bolsillo para no cargar con más equipaje. Julio leía una página y se la pasaba a Aurora, quien la arrojaba por la ventanilla cuando acababa de leerla.

    “Cada libro conserva en su interior las huellas del lector que uno fue en otros tiempos, y releer libros es como viajar en la máquina del tiempo; se encuentran notas, recortes, flores prensadas…”, escribe Marchamalo. Es el placer de tocarlos otra vez. Eso sí, como todo lector sabe, sin prestarlos, porque entonces se corre el riesgo de que los libros se devuelvan (si por milagro se devuelven) completamente “esguardamillados”. Una hermosa palabra que utilizaba Dámaso Alonso y que aparece en el diccionario de la RAE como “desbaratar, descomponer y desordenar”. No se puede definir mejor.

    Hay mil razones para identificarse con los autores que retrata Marchamalo en su relación con los libros. Sin ir más lejos, confieso el placer compartido con el escritor portugués Antonio Lobo Antunes de meter la cabeza entre las páginas para oler el papel y la tinta, el inimitable aroma a libro nuevo. Se trata, pues, de vivir los libros en todos los sentidos y con todos los sentidos, tocando sentimientos y sintiendo emociones. Luis Mateo Díez lo describe a la perfección en el prólogo de “Tocar los libros”:

     “Hay una melodía interior y secreta que tiene que ver con el tacto y la emoción de algún sentimiento oculto, de esos que no se confiesa, de esos que solo pueden leerse.”

     

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