Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Gonzalo Barrena se refugia en la autenticidad canguesa que nos salvará de la “invasión alienígena digital”

El filósofo y profesor en el Rey Pelayo ha formado a generaciones de cangueses ayudándolos a pensar

Asturianos en Cangas de Onís: Gonzalo Barrena

Julián Rus

Eduardo Lagar

Eduardo Lagar

Gonzalo Barrena, profesor de Filosofía en el Instituto Rey Pelayo de Cangas de Onís, se asentó en la ciudad canguesa buscando “autenticidad” y desde 1984 ha formado a generaciones de jóvenes cangueses, ayudándoles a pensar. Así ve Barrena el concejo cangués, el lugar por el que todos pasan.

Esta serie, “Asturianos”, comienza como lo hacen algunas películas de ciencia-ficción, con la llegada a la tierra astur de una gigantesca nave de una civilización alienígena, muy digitalizada. La humanidad recibe con alborozo a los nuevos visitantes pues, al parecer, vienen en son de paz y van a compartir con nosotros toda su avanzada tecnología. De su mano, daremos el gran. Pronto, ocurre siempre, las cosas se tuercen en estas películas.

–Cuando voy a Oviedo, un poco más allá de Pola de Siero, veo cómo están preparando la llegada de Amazon, esa gran nave que parece de una civilización alienígena. Tiene un volumen y unas dimensiones que te dices: aquí van a morir todos los pequeños negocios de ropa y de alimentación, aquí van a morir todos los que ahora son los padres de mis alumnos del instituto, aquí van a morir tus amigos, y después moriremos ya los profesores porque seguro que van a fabricar tutoriales de YouTube que nos instruirán. Es lo de siempre: piensas que no vienen a por ti. Piensas que no vienen a por nosotros. Pero vienen a por todos. Pero, mientras llega ese momento, mientras de victoria en victoria llegamos a la derrota final, aquí, en lugares como Cangas de Onís aún tenemos muchos recursos.

Habla Gonzalo Barrena, profesor de filosofía en el Instituto Rey Pelayo de Cangas de Onís a punto de jubilarse. Está convencido de que estamos en un cambio de era, en un paso de página acelerado por la pandemia. AC/DC, Antes del Coronavirus/Después del Coronavirus. El mundo de ayer está moribundo. Del que nace, aún no tenemos suficiente perspectiva, subraya. Está convencido de que sus alumnos van a vivir un mundo que se parecerá más al de sus abuelos que al que vivieron sus padres, donde habrá un “acanallamiento” de la relación entre los ciudadanos y el poder político y económico, que cada vez estará más concentrado y será más autoritario: un líder, partido político, una plataforma digital, un servicio de reparto. A veces siente que “caminamos hacia Franco en vez de alejarnos de él”. Barrena tiene experiencia familiar de lo que ocurre cuando la historia te desploma encima, el mundo se polariza y se hace autoritario: su abuelo, Nicolás Díez Santoveña, fue uno de los maestros que salió con los niños de la guerra rumbo a la Rusia de Stalin, en 1937. Acabó su vida en un gulag en el Ártico, por desafecto al régimen soviético. El padre de Gonzalo, un teniente republicano, trabajador forzoso con los nazis que logró pasarse al lado soviético, pasó once años en un campo de concentración de Kazajistán al ser tomado por desertor. ¿Qué traerá la nueva era?

–Los algoritmos a nosotros, a lugares como Cangas de Onís, nos perjudican. Estos regímenes políticos de concentración en espacios comerciales urbanos están pensados para grandes comunidades. Estoy por ver el primer momento en el que esas compañías nos digan: no, a esa parte no la servimos. Yo creo que aquí vamos a sufrir un cierto desabastecimiento. Pero también es verdad que las crisis económicas se notan menos donde tienes menos que perder. El paisaje va a seguir estando aquí. habrá una cierta agricultura y una cierta ganadería, que van a ser como como el oxígeno. Todavía muchas personas conocen en el vocabulario local palabras y expresiones que arraigan, que te conectan con la realidad. Ya no digo refranes, digo expresiones que le dicen al individuo si una cosa es conveniente, sana, buena o un recurso. Por ejemplo, que en los restaurantes de Cangas de Onís la torta de maíz sea un plato estrella como es la pizza en otros sitios. O los quesos. Hay elementos vernáculos que tienen valor en sí mismo. Estas cosas nos van a defender cuando estemos de espaldas a Amazon o a los grandes proveedores de cosas.

Gonzalo Barrena, en Cangas de Onís, con el “Puente romano” al fondo.

Gonzalo Barrena, en Cangas de Onís, con el “Puente romano” al fondo. / Julián Rus

Lo que en esta nueva era digital protegerá a territorios como Cangas de Onís será, probablemente, lo mismo que logró enganchar a Barrena, quien, una vez terminada la carrera de filosofía en la Complutense, sacó las oposiciones y pidió plaza en el instituto Rey Pelayo. Ese gancho, dice, es la autenticidad, lo genuino:

–Los gallegos tienen una expresión que no tenemos en Asturias: “enxebre". Significa autenticidad, un sitio auténtico. Este local en el que tiene lugar la entrevista (el antigua bar tienda Puente Romano reabierto como negocio de hostelería) tiene un toque enxebre. Aquí está la autenticidad frente a lo urbano entendido como sofisticación, en el sentido negativo, de adulteración o pérdida de identidad. Las pequeñas villas asturianas rebosan esa autenticidad o, por lo menos, esa identidad que yo siempre añoré. Por eso siempre quise estar aquí. Esta ciudad es como el Castroforte de Baralla en el imaginario de Torrente (el lugar donde se desarrolla la novela “La saga/fuga de JB”). Tiene la particularidad de no estar en el mapa y flotar cuando vienen los censores, los fiscales, los funcionarios externos. Flota y no la acaban de consignar en el mapa. Así que Cangas de Onís está condenada, afortunadamente, a permanecer con esa autenticidad. Y cuando la abandonan las hordas de turistas, periodistas, funcionarios de conveniencia, toda la legión que aquí se percibe como “son de fuera”, recupera su lenguaje interno.

Es una autenticidad, no obstante, más de interior que de exterior. No estamos ya en la Cangas de sus veranos de infancia, ni siquiera en la que se encontró en 1984 cuando se estableció definitivamente.

–El desarrollismo y el destrozo aquí vino aplazado. Cuando llegó la presión ya había señales en todo el país de que se habían destrozado las cosas que más valían. En Cangas de Onís se perdió la ocasión de haber conservado elementos patrimoniales importantes de carácter arquitectónico porque ya existía la conciencia de que, en un pueblo con una afluencia de turistas muy importante, con gente que demanda un paisaje y elementos auténtico que no hay en otros sitios, en eso se la jugaba. Todo esto estaba lleno de bares tienda como éste en el que estamos ahora, de edificios hermosos que la modernidad de los partidos conservadores, entendido también al socialismo, no supieron ver. Se perdieron importantes estructuras urbanas que a un pueblo turístico le habrían reportado un gran beneficio. A Cangas le he pasado un poco como a Estambul, que tiene joyas pero que el conjunto de la ciudad está demasiado deteriorado desde el punto de vista arquitectónico. Los recursos que hay aquí tenemos al alcance de la mano. Muchas muchas herramientas para resistir lo que puede ser la gentrificación total con la llegada de los alienígenas. Un ejemplo es la finca de la Fundación Camila Beceña. Este pueblo tiene un inmenso espacio que podría ser el respiro de los habitantes y visitantes de Cangas de Onís. Y está cerrado, como en su momento estuvo cerrado el parque de Ferrera en Avilés. Los ancianos de la residencia no lo usan. Una gran finca en medio de la ciudad que nadie ha visto.

Gonzalo Barrena

Gonzalo Barrena / Julián Rus

Lo que sí se ha mantenido es el espíritu de la comunidad.

–El software, la forma de entenderse y de vivir de la gente permanece, goza de bastante salud frente a lo que podrían ser otros espacios más torremolinizados. Ésta no es una ciudad clasista. Puede ser etnocéntrica, ombliguista, pero no es clasista. Es más, ese clasismo que se percibe en determinadas castas funcionariales o económicas fracasa en Cangas de Onís. No hay los casinos ni clubs, ni las tertulias o los círculos en los que las aristocracias se ensueñan. Aquí las personas que pueden tener una mayor etiqueta desarrollan amistades continuadas y profundas. Es una ciudad interclasista, conservadora en general, pero abierta también porque recibe visitantes desde antes de que los recibieran otras villas o pequeñas ciudades de Asturias. El excursionismo decimonónico que triunfa en los Alpes y los Pirineos viene aquí enseguida. Además, Covadonga es un foco atractor. Eso hace que por delante de este puente (el “puente romano”), por esta carretera y por estos caminos, circulen extranjeros, asturianos y gente celtíbera de varios tipos desde hace muchas décadas. Cangas es conservadora casi genéticamente, pero es abierta. Es abierta porque hay gentes muy diversas que pasean por aquí desde hace muchísimo tiempo. Además, el montañismo y el senderismo, es una cultura que no es extraña a la rural, así como otro tipo de presencias aristocráticas que se dedican a la caza, o los ingenieros de minas que vienen a las explotaciones, sí pueden ser culturas que se desarrollan a espaldas de la vernácula, el montañero y el alpinista comparten territorialidad con el ganadero, el pastor y el local. Están interesados en el mismo suelo, quieren pisarlo y encaminarlo y disfrutarlo, unos como ocio los otros como negocio. En cambio, esas otras élites funcionariales o técnicas o cinegéticas son más paracaidistas que llegan extraen y se van. Esto siempre fue popular. Covadonga fue un destino popular. Puede ser utilizada por el poder, por la monarquía, por Franco en su momento, lo pueden haber utilizado, sí, pero el tinte asturianista que tiene Covadonga es asimilable a la Virgen de Guadalupe en México. Allí dicen que hay un 50% de ateos, pero un 90% de guadalupanos. Esto pude extenderse a Covadonga.

Lo dice Barrena, ateo, bien de izquierdas.

–Yo no soy creyente en la Virgen de Covadonga. De alguna manera sí, pero no como deidad, es un sitio físico. Para mí Covadonga es un sitio que genera un bienestar mayor al salir que el que tenías al entrar. He ido muchas veces. Alguna vez coincidí en la propia cueva con una compañera de profesión que conocía mi descreimiento sobre los dogmas y liturgias. Me dijo: ¿qué haces aquí?, ¿no estarás rezando? Rezar, tú, le dije. Yo estoy aquí porque me presta estar un rato pensando. Covadonga es un sitio que puede con todo. Tiene una fuerza especial si no la visitas en el momento de los estorninos, cuando están las bandadas de turistas, es un sitio en el que se sale siempre mejor de lo que entras. Ahora en las ciudades te cobran un pastón por ejercicios de meditación guiada y aquí lo tienes. Tú vas a dar un paseo en Covadonga una tarde de otoño y la sensación es muy agradable. Yo no soy creyente. Ahora, hay dimensiones físicas de los espacios que piso que me llaman especialmente. Me produce un bienestar. Hay gente ambiciosa que lo llama fe; eso para mí es física. Entiendo que para las neuronas la actividad cerebral de la meditación es algo físico.

Dicen que este año, con la pandemia, nunca Covadonga recibió tantos visitantes. ¿Fueron a encomendarse frente a la nueva peste?

–La dimensión mística está en ascenso, otra cosa es que no la monopolice la Iglesia Católica. Pero ahora hay una legión de animalistas, escuchadores de árboles, contempladores Cherokees del paisaje que tiene la ayuda de una didáctica que empuja en esa dirección. Quizá sea por la mala conciencia de lo que le estamos haciendo al planeta y de que eso hay que devolvérselo. Y eso se devuelve en forma de metafísica, mística. La mística está creciendo. Delante de mi casa paran personas que tienen señalados en el Google lugares de especial contemplación. Lugares que no coinciden además con lo que, los que somos de aquí, consideramos un lugar especialmente hermoso. En su teléfono ven que alguien que lo visitó y lo etiquetó ha vivido un momento especial y allá va toda una secta de seguidores. El componente de espiritual está ahí. Es innegable que hay un vacío, una necesidad que la Iglesia Católica no abastece adecuadamente. En este espacio, antes de llegar a la iglesia católica, todos los ríos y los lugares también lo tenían, pero ahora, en esta especie de reverdor místico digital, han encontrado los mismos sitios santificables y hay lugares especialmente visitados con ese afán.

Asturianos en Cangas de Onís

Una vista de los Picos de Europa desde Cangas de Onís. / Julián Rus

En esta tarde de febrero apenas hay gente en Cangas de Onís. La ciudad, adormecida, se prepara para una nueva pleamar de turistas que acuden llamados por tres grandes relatos superpuestos el de la madre de Cristo, el de la madre tierra y el de la madre patria, que aquí es padre, por Pelayo.

–Esta es una buena localización para directores de cine, para creadores y para narradores homéricos como pueden ser Sánchez-Albornoz, Franco o Abascal, metiéndolos el mismo saco. Acuden a Covadonga para obtener el milagro político de la Virgen que les permita arraigarse, tanto si son monarcas como si son dictadores como si son científicos con una cierta ensoñación de la unidad de España. A mí siempre me hace gracia cómo percibe la población local esa localización cinematográfica de estos visitantes que vienen a buscar aquí el foco para un anuncio publicitario o para fundamentar una ideología. Quizá el descreimiento de los asturianos ha hecho que no haya prosperado mucho esta ensoñación. Si los catalanes o los vascos tuvieran unas crónicas como las asturianas del año 900, a lo mejor la fabulación habría sido mayor. Aquí tenemos esa suerte de autocrítica que supone el escepticismo y la ironía y nos hace no creernos mucho las cosas. Desde luego la población local, a la que pertenezco, cuando desde el exterior se fabrica ese relato de la cuna de España o del patrimonio natural, de las reservas de la biosfera, de los grandes nombres para la realidad, sonríe un poco sardónicamente. Una vez leí vi una viñeta gráfica de dos campesinos a los que se les resaltaba su condición de campesinos con la vestimenta. Hablaban entre sí. Le decía el campesino a la campesina: “No sé si tendremos la conciencia debida respecto al valor patrimonial de todo lo que nos rodea, pero es un negocio”. Aquí se percibe que todas estas coronaciones y todas estas fantasías a lo mejor no fueron exactamente así, pero son rentables.

Mientras Gonzalo habla, una pareja se encarama al puente romano. Ella lleva unos stilettos que van muy peleados con el empedrado. Va a perder un tobillo, o dos. En pocos meses, a partir de Semana Santa, habrá muchas escenas así: es el turismo y con su digestión/indigestión acelerada, contracturada, de los espacios.

–Hemos pasado de una afluencia intensa que le daba vitalidad a todo esto y que está en los orígenes de una hostelería muy antigua en la comarca, al estallido, a cuando realmente ya no queda ni una cama libre. No queda una cama libre después de que año tras año se amplían las plazas hoteleras. Empieza a ser incómodo sobre todo para el propio visitante. Temo que la masificación haga que salgan de aquí con la sensación de que salen de un atasco. Lo mismo pasa, por la cantidad de canoas, en el Sella. Al igual que los árboles no te dejan ver el bosque, las canoas de los descensos no te dejan disfrutar del río. Un locus como éste, un sitio pequeño, compite con Oviedo con Gijón en plazas hoteleras. No me refiero a Cangas de Onís en sentido estricto sino el que hinterland. Uno de los males de todo esto es la concentración en un rail que se llama Covadonga-Los Lagos. Sin embargo, incluso en los momentos de mayor concentración, a 500 metros del rail, te encuentras espacios vacíos, tranquilos, visitables y sin agobios.

Asturianos en Cangas de Onís

Un rebaño de ovejas en Gamonéu de Arriba, en el concejo de Cangas de Onís. / Julián Rus

Pastores de los Picos: el síndrome del “esquimal enfadado”

Gonzalo Barrena es autor junto con Jaime Izquierdo, actual Comisionado para el Reto Demográfico, del libro “Marqueses, funcionarios, políticos y pastores crónica de un siglo de desencuentros entre naturaleza y cultura en Los Picos de Europa. Así piensa al respecto:

“El Parque Nacional, desde que se gestó, es una forma de miopía, de no ver el valor patrimonial de aquello que decide conservar. Se empeña en conservar una parte del puzzle sin darse cuenta de que todos son partes del puzzle y, además, interdependientes. La crítica que merece el conservacionismo y el ecologismo de este país es la miopía. Es culposa porque un ecólogo o ecologista está obligado a ver el conjunto, no una parte. La ganadería de montaña es un pivot, ya no es una pieza. Es el pivot que repartió juego al paisaje, a la conservación, a la riqueza y a la biodiversidad. Lo que hay que reprocharle a las estructuras administrativas, que tienen ese origen aristocrático primero y franquista después, es no haber visto a quien reparte juego, a uno de los agentes del paisaje principalmente: esa ganadería de pequeños rebaños y gran valor añadido a los productos.

Hay una película que se titula “Ungry inuit” (Alethea Arnaquq-Bariles, 2016). Habla de cómo el esquimal percibe ese ecologismo encabezado por Brigitte Bardot en los años 70, que les creó a los cazadores de pieles de focas una imagen criminal. Ahora, décadas después de que los hundieren económicamente, se dieron cuenta de que les ganaron la batalla de lo que llamáis el relato. No es la batalla del relato, es que impusiera una forma de ver el mundo sobre otra. Les dejaron sin posibilidad de que el adversario se defienda, se produjo una anulación de la condición de adversario. Algo parecido ha pasado en los Picos con los pastores: no hay dialéctica”.

“Con el lobo ahora tenemos al ganadero enfadado porque frente a la potencia publicitaria de lo que se llama el lobby, de los círculos de influencia, ellos solo lo pueden contrarrestar con la acción local, a veces con acciones que no son defendibles, y con un cabreo monumental con el paradigma conservacionista. Y también es verdad que el conservacionismo y el animalismo de mascota hizo mucho para no ser entendido por las poblaciones locales”.

“Ver solamente una parte del territorio y no ver el conjunto es completamente parcial. Como en el caso de los cazadores de focas se confunde una visión urbana muy limitada, con una apertura de diafragma muy pequeña, se confunde con la visión de la realidad que tiene que tener muchos elementos. Es la ceremonia de la confusión y más cuando entran las ideologías de partido de por medio: son como los rifles y el whisky en los territorios indios”.

Tracking Pixel Contents