Las "pequeñas" historias de los cangueses que murieron lejos luchando por su patria: de Pedro del Tronco a Santiago Rodríguez
Recuerdo de lo que ocurrió en Villaseca de Laciana a principios del año 1800

Una imagen de archivo del monolito en recuerdo a Pedro del Tronco / Tania Cascudo
Pedro Villanueva es doctor en Derecho por la Universidad de Salamanca e investigador
No hay lugar para los sacramentos, la enfermedad exprime la vida de Santiago Rodríguez. Respira una vez sí, otra vez no; ya se le secaron los ojos y las nieblas del destino cruel lo chupan por dentro. Soldado de la quinta compañía del primer batallón del Regimiento Cangas de Tineo. San Pedro De Villaseca—hoy Villaseca de Laciana en León—está agitada entre el ir y venir de malas noticias; los franceses ganan una y otra vez la partida contra las tropas de un ejército español mal dirigido. Al pueblo sólo lo salva el pueblo. Es diecinueve de agosto de mil ochocientos diez; miles de muertos, otra guerra más.
Un regimiento de Cangas, soldados de Narcea, Tineo, Allande, Degaña, Ibias…dieron con sus huesos, ya en noviembre de 1808, en la batalla de Espinosa de los Monteros. Sus tumbas—en Burgos— acompañan la de su general Acevedo, atravesado por las bayonetas gabachas, mientras un joven y aguerrido Rafael del Riego, es caído preso y llevado a las casernas francesas por un espacio de cinco años; volverá rabioso y la liará parda en 1820, con el levantamiento liberal de Las Cabezas de San Juan; querrá dar esperanza y libertad a una España que no sabrá entender de qué va la cosa, y después de pasar, al ya general por la soga, gritarán ¡vivan las cadenas! ¡viva el rey absoluto! Ese funesto siete de noviembre de mil ochocientos veintitrés.
En esa batalla, y en ese regimiento cangués, también luchará el guerrillero Pedro del Tronco, nuestro “William Wallace” español, pero sin película—aquí triunfa el cine para desprestigiar y atribuir gustos sexuales a nuestros universales; casi es una suerte que no te hagan un filme Pedro del Tronco, igual resultabas del género fluido—El Pedro de Dagüeño y Genestaza, mataba franceses en Oviedo, en el Puente de Peñaflor, o dónde los pillaba despistados; le tenían pánico los de la revolución que acabó en guillotina. Fue el coronel Étienne Gauthier, antes campesino como él, el que lo ejecutó—bajo órdenes del general Bonet— en la plaza del hoy desaparecido Castillo de Tineo, para que cundiese el ejemplo, y algo de miedo hubo. Estuvimos quietos una temporada… ¿un par de días? ¡Qué pensaban estos!

Un dibujo / LNE
Volvemos a Villaseca de Laciana; años ochenta. Los mineros toman sus cubatas en el bar “Cadáver”. Es un lugar de encuentro y partida de cartas, después de la dura jornada picando el negro de la montaña. Allí se ajustan las cuentas y se pone pingando a algún vigilante amigo del patrón, que no cuenta bien las llaves y las mampostas, y eso es menos salario ¿Cadáver? ¿Por qué este nombre?
Cuentan los más viejos del pueblo, que del “prao” de la casa—en la parte de atrás del bar— salían las mejores patacas de la zona. Sí, antes de los mineros, del soldado Santiago…había una iglesia románica con su cementerio al lado, que fue creciendo con las guerras, las enfermedades y la dureza de la vida. Pasó el tiempo y la iglesia desapareció, aunque alguna piedra queda gracias a Toribio y sus descendientes. El cementerio cambió de sitio, mejor digamos de lugares, pues fueron varios los que se llenaron después; de ahí la calidad de las patacas, un ciclo lógico de la vida—lo que la tierra te da, a la tierra se lo devuelves. Alguna fuente de aguas prohibidas, hecha con la lápida de alguna tumba arrancada y reutilizada, es testigo hoy de que existió el camposanto antiguo. Es una historia más a sumar.
Thomas, músico de naturaleza y raíces; su hermano Juan Lorenzo, catedrático de geofísica en LSU y colaborador de la NASA, son descendientes de su abuelo Toribio, un hombre de voluntad inquebrantable, que construyó la casa sobre la base de lo que quedaba de la iglesia románica. Una casa que hoy no es sólo un espacio físico, sino un símbolo de la historia del esfuerzo, resiliencia y esperanza de futuro.
Cuantas historias concentradas en elementos nimios, efímeros; en sitios tan dispares, sin relación alguna. Santiago Rodríguez no fue nadie; llegó muy enfermo de un brote de cólera que azotaba las villas asturianas. Era de Cea, según reza la partida de defunción de la Parroquia de San Pedro de Villaseca; el cura Diego Alonso—con mano temblorosa—así lo anotó para que hoy, sin que ninguna IA sepa aún nada, conozcamos su historia y su nombre. No sabremos si dejó mujer e hijos, pero sí sabemos que se alistó en el regimiento asturiano para defender su patria, y que murió en Laciana sufriendo mucho. Es Historia de la pequeña, de la que se hace de archivo, de la que ya no tenemos. Rescatemos el relato, no lo perdamos, dejemos dudas en los escritos, dejemos ganas de que otros rasquen y busquen. Huyamos del “like”, de la rapidez de la noticia, del ahora me entero y luego no sé nada. Porque no saber nada, es la mayor peste de nuestro tiempo.
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