Rosa Fernández Rubio, alpinista: "Los Picos de Europa son mi segunda casa y no puedo estar quince días sin ir; qué lujo tenerlos aquí"
"Cuando había acabado las 'siete cumbres' e iba a por los catorce 'ochomiles', me detectaron un cáncer. Tras la operación, me dejaron una máquina de hipoxia y entrenaba en casa como si estuviese a 3.000 metros de altura y hacía pesas y bici", relata la canguesa

Sobre estas líneas, a la izquierda, Rosa Fernández, con su bici, en el campo base del Everest y, a la derecha, cuando acudía a la escuela, con un libro de texto en la mano. Arriba, la escaladora ascendiendo el Manaslu, a ocho mil metros de altura, cerca ya de la cumbre. | IRMA COLLÍN
La alpinista Rosa Fernández Rubio (Parada La Vieja, Cangas del Narcea, 23 de febrero de 1960) pasó la infancia en la braña de Chanos, rodeada de montañas. Años después, alcanzó la cima del mundo, la del Everest, y en total seis de las catorce cumbres de más de 8.000 metros del planeta. Se convirtió en la única mujer española que culminó el proyecto de las "siete cumbres", escalando las montañas más altas de cada continente. Rosa Fernández fue distinguida con la medalla de bronce de la Real Orden del Mérito Deportivo, del Consejo Superior de Deportes, y con la Medalla de Plata de Asturias.
En la braña
"Pasé mis primeros años de vida en Chanos, una braña del occidente, de Cangas del Narcea. Mis abuelos vivían allí y mis padres en Parada la Vieja, el pueblo que queda más cerca. Tuve una infancia tirando a enfermiza y solitaria. En invierno, en la braña solo vivíamos mis abuelos y yo. En verano llegaban los vaqueiros, que subían de la zona de Valdés, y se quedaban en cinco cabañas. Ese era el contacto que teníamos con el exterior, pero llegaba el otoño, se marchaban y allí nos quedábamos solos".
Traslado a Tineo
"Solo podía ir a la escuela que había, que no era oficial, si me quedaba en casa de unos vecinos en el pueblo de Cerezaliz. Mi padre hacía madreñas por los pueblos. Iba quince días a uno, una semana a otro y allí hacía las madreñas que le encargaban. Estuve en la braña hasta los 8 años, cuando nos marchamos a Tineo porque mi padre empezó a trabajar en la mina".

La alpinista Rosa Fernández. |
La escuela
"Entonces pude ir a la escuela y aunque sabía leer y escribir, fue la primera vez que vi un bolígrafo y un lápiz. En la braña escribía en las piedras, en las losas. Y luego tuve una pizarra, pero papel y bolígrafo no recuerdo hasta que marché de la braña. Allí no usaba zapatos, tenía escarpinos y madreñas. A Tineo me marché con mis padres y mis dos hermanos, uno con un año más que yo y otro menor".
La "che vaqueira"
"Como nunca había salido de la braña, en la escuela hablaba con la ‘che vaqueira’ y por más que me esforzaba en leer y escribir en castellano me sacaban a la pizarra y siempre había alguna palabra que se me escapaba y había risas. Y llegó un momento en que decía que no sabía la lección para no salir".
La llegada a Oviedo
"Después acudí a la escuela hogar de Tineo y llegué a Oviedo cuando tenía 14 años. Un profesor del Orfanato Minero de Oviedo le comentó a mi familia que había un colegio de monjas que era gratuito. Por la mañana hacíamos talleres y podías elegir entre aprender a bordar, a hacer cosas de punto, de cocina… Por la mañana iba al taller y por la tarde al Instituto Femenino, que estaba en lo que hoy es el Aramo. Acudía a las clases a partir de las seis de tarde. Allí hice BUP. Poco después conocí al que es mi marido, Javier, y me casé con 19 años. Tenemos una hija, Noemí".
La montaña
"Vivía en la montaña y vivía de la montaña, pero nunca la había visto como un sitio para hacer deporte. Para mí era una forma de vida, subía porque una vaca se había perdido o a llevar la comida del perro. La montaña como deporte la conocí con mi marido y con los amigos. Recuerdo ir a Peña Ubiña y pensar: ‘Qué se les habrá perdido aquí arriba’. No tenía interés para mí, pero lo pasaba bien. Y llegué a los Picos de Europa, que es de esas montañas que te enamoran. No tenías solo que caminar, tenías que trepar y ahí es donde empecé a engancharme a la montaña porque se me daba muy bien y no me costaba. Para mí , los Picos son mi segunda casa. Cuando marcho fuera y al llegar veo los Picos digo: ‘¡Qué felicidad!, ¡Qué suerte tenemos de tener esto aquí! Es un lujo’. No puedo estar quince días sin ir".
El Cervino
"Empezamos a salir a la montaña y descubrí sitios con rutas en las que estábamos doce horas caminando. Y cada vez me iba llamando más. Ahora se cumplen 30 años de la primera vez que fui al Cervino. Esa fue mi primera incursión en la zona de los Alpes. Había un grupo quería ir a escalar una montaña de ocho mil metros y me preguntaron si quería ir. Para mí era la aventura de mi vida y no lo pensé ni cinco minutos. Acepté, con mucho desconocimiento porque no sabía cómo podía ser esa montaña, pero no me atreví a preguntarles mucho. Pasé de los Picos de Europa, de los 2.648 metros de altitud de Torrecerredo, a los 4.806 del Montblanc".
El primer "ochomil"
"Y del Montablanc me fui al primer ‘ochomil’, en Pakistán, al Gasherbrum II, un sitio muy especial, impresionante, con las montañas más bonitas del mundo. Fue una expedición en la que, a pesar de no tener experiencia, salió todo bien. Fue el primer ‘ochomil’ y fue un cambio porque me dije: ‘Yo también puedo hacer esto’. Era algo que hasta entonces me parecía estratosférico, pero vi que era ‘una más’. Después de esto hicimos una segunda expedición a otro ‘ochomil’ y ya me quedé sola".
Pensando en el Everest
"Estuve cuatro años pensando en el Everest y buscando patrocinios. Es una montaña que era carísima y lo sigue siendo. Me fui en 2003 y no conseguí subir. Llegué a 8.600 metros y tuve que dar la vuelta. Era el 50 aniversario de la primera ascensión y pensaba que iba a subir sin oxígeno. Pero la montaña me puso en mi sitio. Vi que no podía ser".

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Segundo intento
"Hice un segundo intento y bajé también, muy triste, cuando estaba por encima de 8.000 metros. Fue bastante duro, pero vine convencida de que podía subir. Había hecho dos intentos en una semana y había estado en las dos veces por encima de 8.000 metros. Se lo conté a Chechu Rubiera y a Manolo Busto, que son muy buenos amigos, y ellos fueron los artífices de que pudiera volver, porque se hizo una cena subasta, con material deportivo de ellos y participaron varios deportistas y un montón de gente. Gracias a eso pude volver en el 2005 y todo aquello que había soñado en 2003 se cumplió. Hice la primera cumbre de la temporada en 2005. Volví a casa muy feliz".
El proyecto de las "siete cumbres"
"Había prometido que solo quería hacer el Everest y que no volvía. Y cuando vine pensé en las "siete cumbres" (escalar las montañas más altas de todos los continentes), pero ¿cómo iba a decir que quería volver? A día de hoy soy la única mujer española que ha hecho las "siete cumbres". En aquella época, en 2006, otras dos mujeres querían hacerlas. Y por eso tuve que completarlas en el plazo de un año. Fue muy estresante y las hice gracias a que empezaba a funcionar internet. Mi inglés es horrible, pero mi hija se encargaba de hablar con las agencias y entre las dos pudimos ir armando las seis expediciones que me quedaban".
Los preparativos
"Fue complicado, porque estaba en una montaña preparando la ascensión a la siguiente. La ascensión al McKinley fue dura porque es una montaña en la que tienes que llevar todo lo que necesitas para los diez días que estás allí. Y se hizo dura por el peso que hay que llevar además de escalar. Aunque tiene una cosa muy buena, que como no se hace de noche, se puede salir a cualquier hora para la cumbre. Al final me salió todo bien, pero llegué a pensar: ‘no sé si podré’. Porque llevaba 60 kilos entre la mochila y el trineo y eso era mucho peso".
Dinero solo para el permiso
"Al bajar del McKinley saqué el permiso para la Pirámide de Carstensz (Nueva Guinea), que llevaba unos cuantos años cerrada y no era nada barata. Entonces yo tenía dinero para pagar el permiso, pero necesitaba más para poder ir".
La Antártida
"Gracias a un patrocinio me pude me marchar a la Pirámide de Carstensz, y lo hice pensando que igual estaba gastando todo el dinero y no podría subir. Pero tuve suerte y salió todo bien. Llegué a la cumbre, pero me faltaba el Vinson. Y la Antártida ya es estratosférica, muchísimo más cara que el Everest. No me atrevía a pedir más dinero a los patrocinadores y lo que hice fue vender todas las imágenes de las siete cumbres. Me llamó una productora que quería hacer una ruta por Picos y le dije ‘tengo este proyecto y tenía que terminarlo este año’. Me dijeron ‘¿tienes imágenes?’. Les interesaron. Después los patrocinadores me dijeron ‘Pero, Rosa, ¿cómo hiciste eso?’. Pero en aquel momento quería escalar el Vinson".
El Vinson
"Tenía quince días para hacer cumbre. Fui a Punta Arenas (Chile), desde donde salía un avión especial a la base. Pero estuvo siete días sin poder volar y esos días tuve que pagar todos los gastos en Punta Arenas. Cuando pudo volar tardé siete días justos en llegar a la cumbre. Me salió el Vinson a 3.000 dólares diarios, un total de 21.000. Había cogido quince días porque me parecía que era suficiente. Mereció la pena. Entonces no te encontrabas en la montaña a tanta gente como ahora. Es tremendo la cantidad que hay".
A por los catorce "ochomiles"
"La última montaña del proyecto de las siete cumbres fue el Kilimanjaro. Cuando lo subí, en 2007, me empezaron a aparecer patrocinios. Me fui otra vez al Himalaya, al Lhotse, porque, como comparte ruta con el Everest hasta casi 7.800 metros y en 2003 lo había pasado tan mal, quería volver. Estaba enfadada con esa zona de la montaña. Hice cumbre en el Lhotse y, como me encontraba muy bien y tenía patrocinios, pensando a lo grande, me dije: ‘Voy a por los 14 ochomiles’. Era el año 2009 y fue cuando me detectaron el cáncer de mama".
El cáncer
"Un día de enero me encontré en la calle con un amigo, que es médico y que trabajaba en Maternidad, y me preguntó que si me había hecho las revisiones. Le comenté que estaba liada y que lo haría en octubre. Pero tuve la suerte de que al entrar en el hospital se encontró con la facultativa que hacía las pruebas y me llamó para que fuese al día siguiente. Fui a la cita y me dijeron que me tenían que hacer una biopsia. Me hicieron todos los exámenes que tenían que hacer y me marché a Pirineos, donde iba a entrenar durante una semana. Cuando estaba allí me llamaron para que me presentase en el hospital. Y me operaron".
Expedición
"Les pregunté a los médicos que cómo podía combinar el tratamiento y el entrenamiento porque tenía previsto marcharme en marzo a Nepal. Y sentía que estaba muy fuerte. Pero a finales de febrero me dijeron que no me podía marchar y les pregunté que si podría ir en junio a Pakistán. Al final pude ir".
La ayuda de la montaña
"Me dejaron una máquina de hipoxia y, como no podía ir a Picos, entrenaba en casa como si estuviese a 3.000 metros de altura y hacía pesas y bici. Deposité mi confianza absoluta en los médicos. Me dije que me iba a preocupar de mis montañas, de volver a escalar y estar de nuevo a 8.000 metros y de esa forma conseguía olvidarme. No miré nada de información sobre la enfermedad ni consulté con otros médicos. Creo que en situaciones como esta es importante ser positivo y tener tu cabeza ocupada en otras cosas. La montaña me ayudó".

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Otro deporte
"En junio, con las quemaduras de la radio, me fui a Pakistán, al Broad Peak. Disfruté y volví a casa para poner la quimio. En aquel momento, al salir a la montaña la gente que me acompañaba iba más despacio, como para mostrarme que estaba fuerte, pero yo me daba cuenta de que había bajado mucho mi rendimiento. Y tenía una idea aparcada. Teníamos una tienda de bicicletas y me puse a llamar a las casas que nos servían artículos y les dije: ‘Quiero cruzar la cordillera del Himalaya, unir la capital del Tibet, Lhasa, con la capital de Nepal, Katmandú, que son más de 1.000 kilómetros y cinco puertos que pasan de 5.000 metros de altura. Creo que voy a ser la primera mujer que haga esto’. Y les pareció una buena idea y colaboraron".
Aprendiendo a andar el bici
"Pero tenía un problema, no sabía andar en bicicleta. Pensaba que, si podía estar a 8.000 metros de altura, cómo no iba a poder estar a 5.000 con la bicicleta. Me marché con un amigo que hacía montaña y otros dos que hacían bici y cruzamos la cordillera y fuimos al campo base del Everest. Lo pasé fatal aprendiendo a andar en bici y hacía más kilómetros con ella en la mano que subida porque no me atrevía a bajar en descensos pronunciados, y para subir iba sentada".
"Una a una"
"Pensé entonces en hacer un club para chicas. En 2011 presentamos ‘Una a una’, con más de 40 socias, y ahora cumplimos quince años. Pretendemos fomentar el deporte femenino y somos, también, un club solidario. Todos los años organizamos varias actividades y acciones y ahora estamos becando los estudios a una niña de un pequeño pueblo de Pakistán. Cuando empecé con este proyecto estaba centrada en los ‘ochomiles’ y no habría empezado con el club de ciclismo porque lleva mucho tiempo. Pero es una de las cosas más bonitas que hice porque, gracias a él, tengo grandes amigas".
Kanchenjunga
"En 2009 había pensado en los catorce ‘ochomiles’ y en 2011 pensé en hacer dos, ya que me habían guardado el dinero de los patrocinios. Fui al Kanchenjunga (Nepal), una ascención que es muy dura porque hay que pasar mucho tiempo en altura. Sabía que si me iba al Cho Oyu o al Shisha Pangma iba a pensar que subía porque son montañas más amables. Y me fui al Kanchenjunga y sufrí. Me llevó a la cumbre la cabeza más que la fuerza física porque la escalaba por todas las personas que tenían cáncer".
"El trienio de vértigo"
"Después fui al Manaslu, y ya fue muchísimo más amable. En 20 días subí a la cumbre, sin oxígeno, y salió todo fenomenal. Fue como el premio a cerrar ese capítulo, lo que llamo ‘trienio de vértigo’, de 2009 a 2011. Luego estuve en Annapurna, sin cumbre, y en el K2, sin cumbre también, en 2012 y 2015. Y me quedé otra vez sin patrocinios. Es complicado porque estás pensando en un proyecto y no sabes realmente si vas a poder hacerlo hasta que logras el apoyo económico que necesitas e igual faltan solo dos meses".
El K2
"En 2022 pude ir al K2 gracias al exfutbolista Santi García Barrero, que se involucró mucho. Grabamos un documental que fue presentado en festivales y espero que lo veamos a final de año. Sigo soñando con las grandes montañas, pero cada vez es más difícil conseguir patrocinios".
Hacer cumbre
"Siempre es un reto llegar arriba, pero es tan importante o más todo el camino que tienes que recorrer para llegar allí que el simple hecho de pisar la cumbre. En la montaña, cambias el chip totalmente. Somos la montaña y yo, y me toca escalar, que es lo que me gusta, y ya no tienes otras preocupaciones. A la montaña le tengo mucho respeto, pero no puedes sentir miedo porque te bloquea".
La infancia y la montaña
"Creo que la infancia me influyó en mi vínculo con la montaña. Estoy feliz allí, en mi tienda, sola. En una semana con muy mal tiempo mientras muchas personas están agobiadas y no saben qué hacer, yo no. Y es que cuando era niña, en Chanos, caía la nieve por lo menos dos meses al año, y, además, vivía poca gente por la zona".
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