Opinión
Del tiempo y los tiempos
Han sido muchos a lo largo de la historia de la literatura los tópicos que han hecho referencia al concepto del tiempo. Desde el conocido carpe diem, que nos invita a vivir el momento hasta el tempus fugit, ese tiempo que huye más deprisa que un corredor en el Tierras Pésicas, pasando por el memento mori, que nos recuerda nuestra condición mortal, y así un largo etcétera.
Quizá si hoy Horacio o alguno de sus coetáneos nos viesen por un agujerito, inventarían en nuestro honor nuevos motivos, del tipo tempus colere (respetar el tiempo) u rosae odorem olfacite (oled el perfume de la rosa)… o, tomando como referencia el suum cuique (a cada uno lo suyo) podrían decirnos muy acertadamente que suum tempori (a cada momento… lo suyo). Y es que nos hemos acostumbrado, por un lado, a vivir demasiado deprisa sin atender verdaderamente a lo que ocurre alrededor y, por otro, a no saber disfrutar del momento en su duración precisa, a veces fugaz, lo que nos lleva en ocasiones a alargar ciertos eventos o celebraciones de manera casi ridícula o a inmortalizarlos hasta la saciedad con cientos de fotos y otros tantos vídeos.
Uno de los mejores ejemplos de ello es la Navidad. Prácticamente, nada más terminar el verano, cuando aún no nos ha dado tiempo a sacudir de arena la toalla, empiezan a aparecer en los estantes del supermercado los turrones, el champán y las peladillas. En noviembre ya comienzan a instalarse (o a encenderse) las luces y ya aprovechando el black Friday (que al principio solo era un viernes y ahora ya dura unas tres semanas) comenzamos a comprar los primeros regalos. El espíritu del espumillón y la lentejuela despierta con cinco o seis semanas de antelación, pero cuando llega la Nochebuena nos pasamos media cena mirando el móvil o sacando fotos de la comida para subirlas a Instagram y le compramos a papá y mamá una tarjeta regalo porque no hemos tenido tiempo para más.
Por el mismo camino van celebraciones de otro tipo como el Carnaval. Muchos niños han pasado de disfrazarse el martes de Carnaval a comenzar a desfilar hasta con tres atuendos distintos desde el jueves de la semana anterior, con el nivel de consumismo que ello lleva aparejado. Eso sí, al parque disfrazados tendrán que llevarlos los abuelos en la mayor parte de los casos porque los padres estarán trabajando hasta tarde para poder hacer frente a todos esos gastos que hace un par de décadas serían impensables (tres disfraces, cuatro extraescolares, intercambio de inglés y de francés, excursión a la nieve…)
Viendo las fotos de nuestras redes sociales parecerá que vivimos tres veces más de lo que pudieron vivir nuestros padres o nuestros abuelos. Pero, ¿lo vivimos realmente? ¿Podemos dejar de mirar el correo del trabajo durante esa semana en Tailandia? ¿Escuchamos las canciones del concierto o estamos más pendientes de grabarlo? ¿Disfrutamos de nuestros hijos o sobrevivimos para que ellos puedan disfrutar de los constantes eventos que la sociedad plantea para que nunca se aburran?
A cuenta de vivir…o no, he aquí un fragmento de la obra Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite, autora cuyo centenario se celebra en 2025:
«Pero ¿a qué llaman vivir? Para mí vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo de pan, acordarse con orgullo de la lección de los muertos, no permitir que nos humillen o nos engañen, no contestar que sí ni que no sin haber contado antes hasta cien como hacía el Pato Donald… Vivir es saber estar solo para aprender a estar en compañía, y vivir es explicarse y llorar… y vivir es reírse… He conocido a mucha gente a lo largo de mi vida, comisario, y créame, en nombre de ganar dinero para vivir, se lo toman tan en serio que se olvidan de vivir».
No puede ser casualidad que lo encontrase ayer, con este artículo a medio escribir y en la página 85, así que tenía que compartirlo con ustedes.
Y, por supuesto, no me gustaría acabar el artículo sin agradecer a Luisa (profesora de tantas generaciones y generaciones en el instituto de Cangas) por su inestimable ayuda y sus sugerencias con las expresiones latinas. Lo dicho, Luisa, SUUM CUIQUE.
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