Opinión
La falsa Navidad
El monocorde soniquete que en la mañana del 22 de diciembre pone música al día en la voz de los niños de San Ildefonso da entrada oficial a la Navidad. Fechas especiales, fechas señaladas, fechas para muchas interpretaciones y gustos según creencias y preferencias.
Pero hoy les voy a desviar del guión establecido.
Luces, ofertas y una promesa constante de felicidad inundan nuestras vidas. La Navidad llega cargada de expectativas, pero para muchos, la época más maravillosa del año esconde una carga silenciosa. Psicólogos y especialistas de ramo nos advierten que algo ocurre en nuestra mente cuando, arrastrados por la euforia que crea ficticiamente el entorno usamos la tarjeta de crédito como anestesia emocional y el consumo empieza a afectar de lleno a nuestra salud mental. Quizás sea el signo de los tiempos que hace ya años nos lleva presentando unas Navidades totalmente comercializadas y consumistas muy lejos de su esencia y de sus primigenias raíces.
Los psicólogos de las Clínicas POA nos aseguran que vivimos en una sociedad que nos vende la falsa ecuación de que “tener” es igual a “ser”. El consumismo afecta a la salud mental porque nos introduce en una carrera sin meta: la satisfacción de la compra es efímera, dura lo que tarda en desaparecer la dopamina. El problema real no es comprar, sino recurrir a la compra para tapar el malestar. Cuando el consumo se utiliza como anestesia emocional, deja de ser inocente. Si validamos nuestra autoestima a golpe de tarjeta, nos volvemos esclavos de un ciclo que genera insatisfacción crónica y estrés”.
Es un péndulo emocional agotador, nos explican. Primero aparece una ilusión anticipatoria, la promesa de que ese objeto cambiará el estado de ánimo. “Durante la compra, hay un pico de euforia y descontrol. Pero lo que observan los psicólogos es lo que ocurre al llegar a casa: la resaca emocional. Aparece la culpa, la vergüenza por ‘haber fallado otra vez’ y la tristeza al ver que el malestar interno sigue intacto, aunque ahora esté rodeado de bolsas”.
La Navidad actúa pues como “una lupa emocional”. Nos venden una imagen de familias perfectas y abundancia que, para muchas personas, choca frontalmente con su realidad. Esta discrepancia genera la “tiranía de la felicidad”. Sentimos la obligación de estar alegres y de demostrar afecto a través del gasto. “El estrés no viene solo del dinero, sino de tener que cumplir con el ritual social y sostener una sonrisa, aunque por dentro estemos agotados”.
Por otra parte, la Navidad tiene una cara B: el llamado síndrome de la silla vacía. Las luces hacen que el silencio de los que ya no están se escuche más fuerte. Es normal sentir una mezcla de nostalgia y dolor. Forzar la alegría solo aumenta el sufrimiento. Validar que es lícito estar triste en Navidad es sanador; a veces el mejor regalo de salud mental es permitirse no asistir a un evento que sabemos que nos hará daño.
Y pese a todo, feliz Navidad.
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