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La Lloba: la trinchera que acabó siendo fosa

Cuando comienza a emerger aquello que durante décadas fue excluido de la historia oficia

El 29 de abril de 1937, en plena guerra, el teniente coronel Linares, jefe del ejército republicano en Asturias, intervino en una reunión extraordinaria del Consejo Provincial de Asturias y León, órgano de coordinación política y militar en el frente norte. Su planteamiento fue claro: había que fortificar a toda costa la zona de Avilés y el Nalón. No bastaba una primera línea defensiva; era necesario desarrollar una segunda para contener el avance franquista. Miles de personas fueron movilizadas y toneladas de hormigón se destinaron a esa tarea. Cavar, construir: el lema era claro, “fortificando se salvará el Norte”.

De aquella estrategia nació el sistema de trincheras de La Lloba.

Situada en una posición elevada en el concejo de Castrillón, con dominio visual sobre el valle de Santiago del Monte y la antigua carretera N-632, La Lloba fue concebida en el verano de 1937 como parte de una línea defensiva intermedia dentro del dispositivo republicano que comenzaba en Santa María del Mar. Las trincheras, conectadas entre sí y apoyadas por nidos de ametralladoras, formaban un punto estratégico para frenar un posible avance desde Pravia hacia Avilés. Una auténtica fortaleza de hormigón y ladrillo.

La Lloba era una posición fuerte: puestos de tiro, nidos de ametralladoras, trincheras comunicadas. Una defensa pensada para resistir. Pero nunca defendió nada.

La ofensiva franquista entró por el oriente de Asturias. Aquella línea quedó atrás, inútil, vacía. La Lloba no fue parapeto. Fue fosa común.

Tras la caída del frente en octubre de 1937, las trincheras comenzaron a llenarse de otra manera. Camiones que subían con detenidos. Disparos. Camiones que bajaban vacíos. Así lo contaban, en voz baja, quienes lo escucharon. Allí terminaban muchos de los detenidos en Avilés, sacados de lugares como la Quinta Pedregal, ejecutados sin juicio y enterrados sin nombre.

El lugar lo permitía todo: aislado, cercano a la carretera, fácil de ocultar. Después, el silencio. Escombros. Tierra. Miedo.

Hoy, casi noventa años después, ese silencio empieza a romperse. Los trabajos arqueológicos iniciados en octubre de 2025 han sacado ya a la luz los primeros cuerpos. Y todo apunta a que hay muchos más: la fosa podría formar parte del rastro de más de 250 personas desaparecidas en la comarca tras la caída del frente norte.

Mi abuelo pasaba muy cerca de allí todos los fines de semana y se detenía a echar gasolina al pie de aquella finca. Él era uno de aquellos niños de posguerra, huérfano de padre fusilado. Su padre, Melitón, guardia municipal y socialista, fue arrancado de su casa, llevado a la Quinta Pedregal y borrado en apenas dos días. Sin juicio. Sin tumba.

Solo rumores. Y uno de ellos llevaba a La Lloba.

Encontrar ese lugar ha sido otra forma de lucha. Durante años, la fosa estuvo ahí, conocida y al mismo tiempo invisible. Desde comienzos de siglo se fue reconstruyendo su historia con mapas, testimonios y documentos. Pieza a pieza. Contra el tiempo. Contra el miedo heredado.

Como señala el historiador Enzo Traverso, la memoria es un campo de batalla donde se decide qué pasado sobrevive y cuál queda enterrado. Hoy, en La Lloba, empieza a emerger aquello que durante décadas fue excluido de la historia oficial.

Pero han tenido que pasar más de veinte años desde que se empezó a documentar para poder empezar a abrirla.

¿Por qué tanto tiempo? Porque mirar al pasado tiene un precio. Porque lo que hay en La Lloba no es solo tierra removida: es una política de exterminio, una violencia organizada para borrar a quienes habían estado en el lado equivocado de la historia.

Pero el “Ángel de la Historia” de Walter Benjamin es implacable. Se ha vuelto hacia la fosa de La Lloba y nos ha demostrado que aquello que eran simples listados, aquellas cadenas de datos, se han convertido en recuerdos de carne y hueso

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