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Salinas

Cuando Salinas salió de paseo

Cómo un plano explica los inicios del turismo en la comarca

Los reniegos, insultos y escupitajos del mayoral asediaban a las caballerías acompañando la marcha de los carruajes que, en el último tramo del siglo XIX, llevaban a los viajeros más acomodados de un lugar a otro en los caminos de la retorcida y embarrada Asturias. La mayoría no podía usar esos medios y viajaba a pie, a la misma velocidad que los carros, por cierto. Se dice que fue en una parada técnica de uno de esos viajes en diligencia, tal vez en el verano de 1881, cuando Genaro Alas, el hermano mayor de Clarín y como él intelectual destacado, descubrió Salinas.

Genaro viajaba regularmente para visitar a otro hermano suyo, Marcelino, registrador de la propiedad en Pravia. Eran jornadas inacabables que, por suerte, hacían parada en Salinas. Aquellas dunas salvajes y aquella belleza de esparto y junqueras, lo enamoraron hasta llevarlo a ser uno de los pioneros de la colonia, junto a Lino Palacio, tío de Palacio Valdés. También lo impulsaron a descubrir Salinas haciéndose promotor de su primer balneario, que empezó a prestar servicios el día de San Pedro de 1887.

Tiempo atrás, al otro lado de la loma que protege la playa del Cuerno, los lugareños de Arnao habían visto con sorpresa como un ingeniero belga, Herman Bodson, se metía en las posesiones de Neptuno para aliviar una erupción cutánea. Era un tipo instruido y moderno, que se bañaba en el mar como si nada. Ya tenemos los dos principales ingredientes de esta historia. Con esos hombres, esas ideas y esos gestos, se inventaron la playa y el baño en nuestra comarca. Todo lo necesario para llegar, a través del veraneo, al turismo moderno.

Lo que pasó después junta industria, ocio, progreso y negocio nuevo. Y el dominio de la Real Compañía Asturiana de Minas, que controlaba toda la arena, desde La Peñona hasta el puerto de Avilés, y la recorría con sus vagones, plantando pinos para que esa misma arena no le estropeara el negocio antiguo. Sin embargo, andando el tiempo, cuando lo de Salinas más que colonia fue costumbre, cuando cultos veraneantes de Oviedo y atufados cortesanos de Madrid acabaron convirtiendo la playa en refugio estival, la compañía vio que su actividad lucrativa podía crecer más allá del carbón y el zinc. Que el descanso y el ocio empezaban a aflojar la bolsa de los que la tenían más llena.

A todo esto en España la situación política, siempre cambiante e inestable, acababa de ponerse a desfilar al paso que marcaba un “cirujano de hierro”, campechano y casquivano, de nombre Miguel Primo de Rivera. El general esperó a que concluyese la temporada estival de 1923, para, a las dos de la madrugada del 12 de septiembre, dar a la prensa de Barcelona el Manifiesto al País y al Ejército; uno que decía, entre otras muchas cosas, “el que no sienta la masculinidad completamente caracterizada que espere en un rincón, sin perturbar los días buenos para la patria preparamos”.

Los de la Real Compañía, en febrero de ese mismo año, ya habían pensado que eran días buenos para hacer negocio. Para convertir las dunas de Salinas en billetes a base de vender luces, vistas y experiencias al borde del mar en forma de solares edificables. Para convencerlos habían movido sus hilos, desde el año anterior, los alcaldes de Avilés y Castrillón y el eterno diputado del distrito, José Manuel Pedregal que, mire usted por donde, en 1923 ya era fugaz ministro de Hacienda. Todo estaba a su favor: El Club Nautico, donde la buena sociedad tenía abrigo estable, el tranvía eléctrico, nacido para traer el verdadero progreso sustituyendo a las viejas tartanas de Gabrielín y Campanal, al rippert de Manuel Uría y hasta a las jardineras de Locero, don Fructuoso y Perdones. La Real Compañía también controlaba el tranvía. Con todo eso sus arenales se habían revalorizado. Y de qué forma.

La parcelación que realizó la Real Compañía de Minas de la playa de Salinas en 1923

La parcelación que realizó la Real Compañía de Minas de la playa de Salinas en 1923 / RCAM

Para empaquetar el negocio, hicieron un folleto, con un anverso a todo color en el que se aventaba el plano que ilustra este artículo. El frente del arenal se transformaba en cuarenta y cuatro parcelas, que llevaban la civilización al Este, adentrándose, como ningún pionero había osado hasta entonces, en aquel espartalón indómito. De hecho en el plano puede verse muy bien la diferencia entre la Salinas civilizada, en el núcleo del Oeste, donde las plantas del Real Club Naútico y el Balneario, sirven de avanzadilla a aquellas primeras residencias, cuya huella, de trama rayada y gris, custodia la retaguardia de la colonia y le da al plano el contraste entre el presente y el futuro inmobiliario, reticulado en color carmín.

Lo que estaba a la venta eran unas parcelas entre los 500 a los1.200 metross cuadrados, a 1,50 pesetas el pie cuadrado. En esos años un obrero especializado, como los fundidores de la Real Compañía, cobraba unas 120 pesetas al mes, con las que no podría comprar un reloj de los caros. La carne de vaca se pagaba a 3,10 pesetas el kilo y el bacalao a 2,18. Así que estaba claro quienes podían beneficiarse de la compra de aquellos solares. Por eso y porque, además, en ellos no se podía edificar de cualquier manera sino cumpliendo obligaciones varias de edificación y de alta exigencia estética. Más dinero. Que luego el suministro de agua no tuviese presión ni para llegar al bajo es otra historia que ya he contado.

Los terrenos se revalorizaron al fin, usando una vieja estrategia de los primeros centros de veraneo: primero llegan los bañistas, luego los balnearios, más tarde las buenas comunicaciones y, ya por último, una ciudad-jardín para la residencia de los turistas acomodados. En el caso de Salinas se vendieron solares de áridos, que hasta entonces nada valían, en paquetes de ocho a diez con la declarada intención de crear un “barrio aristocrático”.

Como si estuvieran escritas con tinta de limón, si lo miramos al trasluz, todas estas claves están en este plano con el que Salinas pasó del veraneo al turismo. La producción inmobiliaria inició un despegue que cogió vuelo desde 1964 con la empresa Concasa, filial de Asturiana de Zinc. Fue la época de los descomunales Gauzones, del balneario municipal que la última reconstrucción del paseo eliminó y de los Seiscientos atestados de críos, balones de Nivea y discos de Fundador o Mirinda.

Pero los cimientos del paseo de Salinas, ese que el mar lleva y trae según los años y las mareas, quedaron para siempre en este plano. Negro sobre blanco. Y también, rojo, azul y amarillo.

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