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Piedras Blancas

Y de repente, ¡zas!

Palabras

Las palabras son el perejil de nuestra esencia humana y tienen un poder enorme. Nos conectan, nos dan forma, nos revelan. Entré por primera vez en la redacción de La Nueva España de Avilés en el año 2001, para las prácticas de verano. No podía saber entonces que aquella sería mi casa durante casi dos décadas, un laboratorio para celebrar y vivir las palabras. Y el primer aprendizaje que recuerdo es que las palabras, o aquello que evocan, no siempre responde a nuestras expectativas.

Con un conocimiento nulo de la vida comarcal, me encomendaron mi primer encargo como flamante corresponsal de verano de Castrillón: una rueda de prensa en la que se iba a presentar una propuesta para la plaza de Europa de Piedras Blancas. Tras un curso en Madrid, estudiando casos de la prensa nacional, imaginé un gran acto con multitud de gente, sala imponente, micrófonos, preguntas complejas… Me sigue entrando la risa cuando tuve que reajustar mis expectativas a la realidad local. Dos periodistas (las dos de prácticas) y el concejal, mano a mano en un banco del parque. Rueda de prensa no quiere decir lo mismo en todos los sitios.

Los significados son cambiantes. Porque aquella también fue la primera de un sinfín de promesas de las que di cuenta en las páginas de este periódico y que nunca llegaron a ver la luz. Si hago repaso, la lista es enorme, pese a mi mala memoria. La Isla de la Innovación, la eliminación de la barrera ferroviaria de Avilés, la ronda, los accesos a la Escuela de Arte, pinacotecas, museos de la industria… Hubo promesas recicladas año tras año, elecciones tras elecciones.

Y también hubo ocurrencias que tal vez se escurrieron un 28 de diciembre. Recuerdo, por ejemplo, aquella de inundar calles de Avilés para que transitaran las góndolas. ¿Y alguien se acuerda de las propuestas dispares que se le quisieron dar a la Casa de Encuentros de Corvera antes de derribarla? Aprendí que, en boca de la mala política, las palabras se quedan en carcasa. Muchos representantes de la democracia distorsionan las palabras con tal de aparentar. El traje nuevo del emperador sale de la boca, se lo lleva el viento y arrasa la confianza ciudadana. Segunda lección: ojo con quien dice las palabras. Es posible que les esté usurpando su sentido.

Las palabras tampoco son inocentes para el que relata, para el que ordena un texto y le arranca los destacados. Todo se puede decir, todo se puede preguntar, pero no de cualquier manera. Porque hasta el más miserable, de haberlo, es persona, y los titulares matan. Eso también lo aprendí durante un aprendizaje jalonado de vértigo, de la búsqueda imposible del equilibrio entre afilar la noticia y atenerse a la realidad, defendiendo con uñas y dientes el sentido de la noticia firmada frente a quien la iba a editar. Es cierto que con los periódicos de hoy se cubre el suelo fregado de mañana, pero eso no resta un obligado ejercicio de finura.

Con las palabras también sufrí tras confusiones absurdas, como aquel “Campeonato de duatlón” que en realidad era de biatlón. ¿O era al revés? Trabajar con las palabras es un privilegio del que sigo disfrutando, aunque desde otra palestra. Y a las palabras estará dedicado este espacio que aquí empieza. No hay espejo, como dijo Juan Luis Vives, que refleje mejor la esencia de una persona que sus palabras.

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