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Una herida de sal

La costa del Cantábrico y, en concreto, la de Castrillón se asemeja a una fiera dormida en simbiosis con el ritmo de las mareas. Cuando llega el verano, las playas de Salinas o San Juan se llenan de jóvenes, de bullicio. Las olas son el escenario perfecto para la desconexión. Todo invita a sumergirse, a jugar, a desprendernos y a desafiar el calor, buceando, bajo la superficie refrescante. Sin embargo, en esa misma inmensidad habita un reverso oscuro y silencioso, una línea invisible donde la diversión más pura puede transformarse, en cuestión de segundos, en la más honda de las tragedias.

Los ahogos en verano no avisan con gritos desesperados ni con el braceo aparatoso que nos ha enseñado el cine; suceden de manera discreta, casi silenciosa, como un susurro que traga la resaca. Ocurren cuando un bañista confiado ignora la fuerza de las corrientes de retorno, esos canales invisibles que arrastran con violencia hacia mar abierto, o cuando el golpe térmico de una zambullida repentina paraliza el corazón. El drama humano que se desencadena entonces es devastador: una silla vacía en la arena, una toalla abandonada que el viento empieza a cubrir y el eco roto de una familia que, de repente, se descubre huérfana en la orilla.

El mar, que horas antes era complicidad y juego, se convierte en un testigo mudo del dolor más absoluto, dejando una cicatriz eterna en el paisaje y en el alma de una comunidad que acude a la costa buscando vida y a veces encuentra la mayor de las desgracias.

Todo este sufrimiento, toda esta quiebra del idilio veraniego, podría mitigarse con una dosis de respeto, prudencia, temor y también de conocimiento. La suerte, por desgracia, no siempre está de nuestro lado, a pesar de que la encomiable labor de los surfistas soslayan muchas adversidades.

Debemos aprender a leer el Cantábrico, no desafiar las banderas rojas que ondean en los puestos de socorro; entender que nadar a favor de la corriente, intentando hacerlo en paralelo a la orilla, es la única forma de escapar a esa trampa mortal y asumir nuestra vulnerabilidad como individuos y especie frente a la fuerza destructiva de la naturaleza.

Educar, para percibir e identificar nuestra propia temeridad, nos podría ayudar a evitar más desgracias y también para comprender que el mar es hermoso y a la vez un gigante sanguinario que, a veces, ocasiona un dolor irreparable y un adiós definitivo ocasionado por una fatídica y trágica herida de sal.

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