17 de mayo de 2012
17.05.2012
 
Panza arriba

La ira del imbécil

El ataque contra el coche del concejal de Personal del Ayuntamiento de Mieres

17.05.2012 | 02:00
La ira del imbécil

Se emplea la palabra imbécil como insulto sin atender a que, como patología clínica, el término define igualmente al individuo que está a medio camino entre el «bordeline» y el idiota. En latín, «inbecíllitas ánimi» designa al corto de entendimiento e «inbecíllitas aetatis» a la tierna infancia. Pero, etimológicamente, imbécil viene de «in»+«báculus» que, a su vez, procede del griego «rabdos», el pequeño bastón o tolete que empleaba el individuo que no era capaz de defenderse con sus propias palabras o con sus manos.


En su «Historia General del Perú», el Inca Garcilaso de la Vega, tachó de imbécil el comportamiento de ciertos indios que, viéndose acorralados, se dedicaron a envenenar los caballos españoles, entendiendo que con ello harían desistir a sus enemigos. Idénticos imbéciles siguen llegando a la prensa de nuestros días: esta mañana nos encontramos con la noticia del ataque sufrido por el coche del concejal de Personal del Ayuntamiento de Mieres. Como en el caso del Perú, no es necesario siquiera pararse a pensar en la lógica del hecho porque la propia imbecilidad del acto habla por sí sola de la persona que lo lleva a cabo.


Me pongo esta mañana a tomar alguno de tantos cafés, que mi médico me pide que deje, y no hay otro comentario. El artículo que escribo me surge en la misma terraza del Carolina. Se habla del suceso y alguien comenta de pasada: «Hay que ser imbécil». Y, es cierto, la historia no tiene más vueltas. Se buscará un culpable. Alguien pretenderá relacionarlo con alguna serie de sucesos previos. No importa: el comportamiento del imbécil se aparta de toda lógica de pensamiento.


Vuelvo a otra terraza y a otro café. La tarde está para ello. Tomo un par de notas para el artículo. Recuerdo una historia de mi padre de cuando la guerra. Unos moros de las tropas de Franco acababan de cruzar el río Deva a la altura de Bustio. Eran los primeros que pasaban. Al llegar a la orilla, con sus armas inutilizadas por el agua, atacaban los nidos de ametralladora con bayoneta. Es «la ira del imbécil», me decía mi padre. Esto de ahora es lo mismo, pero con mucha menos categoría que la de un moro rifeño voluntario fascista. Por más que, en el fondo, esté haciendo lo mismo: el imbécil.


Y que, por favor, me disculpen los imbéciles que, siéndolo, no se dedican a hacer estas cosas. Imbécil fue Mozart y, además de hacer el imbécil, nos dejó unas hermosas sinfonías. Imbécil fue la reina María Antonieta y supo perder la cabeza con elegancia bajo la guillotina. Imbécil era, hasta hace pocos años, un concejal del Ayuntamiento de Oviedo y, como me dijo entonces el alcalde: «Hasta los imbéciles merecen estar representados». Y es que, es cierto, hasta entre los imbéciles hay categorías. Y, nuestro imbécil, el especializado en arrebatos estropiacoches, en una categorización intelectual de imbéciles, está a la altura de los macacos.

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