EL Cristo marinero de Candás, leyenda piadosa
david pérez-sierra gonzález
Enrique VIII subió al trono de Inglaterra en 1509. Se casó ese mismo año con la viuda de su hermano Arturo, Catalina de Aragón (hija de los Reyes Católicos de España, Fernando e Isabel). De este enlace matrimonial nace María de Greenwich, en 1516.
Los marineros de Candás, desde sabe Dios cuándo, se dedican a la pesca de la ballena. Precisamente por entonces, hay una sentencia ejecutoria perdida, y ganada por la Iglesia de Oviedo, que se identifica por el archivo de ella en el mazo de sentencias con este epígrafe o rótulo: «Sentencia contra el párroco de Candás sobre el diezmo de las pescas de la mar de España e Irlanda, año de 1515».
Enrique VIII, aliado con el Pontificado, fue honrado por el Papa con el título de «Defensor Fidei» por su escrito religioso «Assertio septen sacramentorum contra Lutherum».
Defensor de la fe católica, pero después, al oponerse la Santa Sede a sus deseos de repudiar a Catalina de Aragón, Enrique VII declaró el cisma anglicano en 1533.
La política antipapal ahora de Enrique VIII culminó con la aprobación por el Parlamento del «Acta de Supremacía» (1534), con el cual se reconocía y se aceptaba al Rey como jefe único y supremo, sobre la tierra, de la Iglesia de Inglaterra.
En 1536 fallece Catalina y Enrique VIII «Barba Azul», casado con seis mujeres, la sobrevivirá once años. A su muerte, en 1547, sube al trono Eduardo VI, hijo de Juana Symor. A la muerte de su hermanastro, en 1553, María I Tudor subió al trono apoyada por la mayor parte del país.
El 25-7-1554, María Tudor se casa con su sobrino segundo Felipe, decimoquinto Príncipe de Asturias desde hacía veintiséis años.
En enero de 1555 se produjo, al fin, la reconciliación con Roma, levantándose la excomunión que pesaba sobre la Corona inglesa. Empezó entonces una reacción violenta por parte de la Reina, incluso en contra de la opinión del propio Pontífice, de su primo y suegro Carlos I de España y de su marido Felipe, heredero de la Corona española, que recomendaban moderación y prudencia. La persecución religiosa contra los protestantes después de la partida (agosto de 1555) de Felipe a los Países Bajos, todo ello para complacer a su marido, Felipe II, rey de España desde 1556, unido a la guerra que declaró contra Francia (1557), y la subsiguiente pérdida de Calais, enemistó incondicionalmente a María con su pueblo. A su muerte, ocurrida en Londres en 1558, todo estaba dispuesto para un cambio radical en la política, bajo la dirección (desde finales de 1558) de la nueva reina Isabel I, hija de Ana Bolena. Después del intervalo de la impronta católica del reinado de María, Isabel, pasado algún tiempo de vacilación, reemprendió y consolidó enérgicamente la reforma de su padre, Enrique VIII, comenzando una persecución contra los disidentes religiosos, tanto católicos como calvinistas, que prologó a lo largo de su reinado.
En 1569 se debió al vecindario de Candás la fundación para construir un hospital de Santiago, para peregrinos, con buenas rentas.
Isabel I de Inglaterra, ex comulgada por Pío V en 1570, se convirtió en campeona de la causa de las minorías protestantes que luchaban en los Países Bajos y en Francia contra sus soberanos católicos. Unidas a esto las continuas acciones de piratería desplegadas por los corsarios ingleses contra las flotas y posesiones hispánicas, decidieron a Felipe II a intentar la invasión del suelo inglés, con resultados nefastos en el verano de 1588 para la llamada Armada Invencible española.
Por estos tiempos del siglo XVI, encadenados de guerras, de persecuciones religiosas, quema y destrucción de imágenes representativas del culto católico, encontraron unos pescadores candasinos su Cristo crucificado flotando en el mar. Y, de súbito, casi sin darse cuenta, ya lo tenían a bordo de su embarcación.
La emoción que experimentaron nuestros antepasados con la sorpresa de semejante hallazgo fue inenarrable, así como la acogida de cuantos en el pueblo entero de Candás presenciaron la buen nueva, dubitativos levemente entre la certidumbre y su proverbial superchería, más sus creencias más firmes borraron al instante toda sombra de duda. Y con el lenguaje del corazón se transmitieron entre sí que el recién llegado en el madero no era un intruso que podría turbar la convivencia, sino todo lo contrario.
Además, este Crucificado venía como un regalo de la Providencia, apropiado para honrar aún más la Exaltación de la Santa Cruz que desde tiempo inmemorial se celebraba solemnemente en Candás.
Todo les parecía poco en Candás para reverenciar tan inesperado acontecimiento. Y como la entonces iglesia parroquial de San Félix estaba vieja y pequeña, depositaron la imagen en el nuevo hospital de Santiago para peregrinos de Candás, el cual también haría de parroquial cuando se reedificó la iglesia de San Félix, en tiempos de Felipe III (y finalizando ya su reinado) hacia 1621.
Después, la imagen del Crucificado pasó a la renovada iglesia parroquial, y en el año 1654 ya tiene cofradía para mayor culto y veneración. La imagen estuvo primeramente en el presbiterio y, posteriormente, fue trasladada al nicho del retablo mayor, hecho a últimos del siglo XVII por el escultor gijonés Alonso García Jove, discípulo del célebre Luis Fernández de la Vega. Mas lo que le dio gran fama al Cristo de Candás fueron las rogativas por Él presididas; la primera, celebrada el 26-8-1699, siendo mayordomo Felipe de la Aguja (º). En el intermedio del novenario llovió con abundancia en todo el Principado, y al cabo del novenario la volvieron a sacar en procesión (º), y, finalmente, la colocaron nuevamente en su nicho.
Después de esta primera rogativa, el Cristo de Candás cuenta ya con su camerín en la segunda mitad del primer tercio del siglo XVIII. Sigue a tal obra la del retablo, hecho por el famoso artífice candasín Esteban Fernández Perdones, y sus colaboradores en 1734 y se doró entre 1740 y 1746, en que pasó a él la imagen que antes estaba en el nicho alto.
Otras famosas rogativas fueron las celebradas en 1752, en 1769, pocos años después, y dos veces más en 1789.
Por entonces, fueron abundantes y de enorme valor las dádivas y presentes con que fue obsequiado el Cristo. El canónigo candasín González de Posada fue el primero que dijo misa y sermón en el camarín con todas estas alhajas presentes en febrero de 1790.
Y habló Posada:
«Hoy es un día grande, excelso, para los aquí presentes a los pies del altar de Jesucristo Crucificado en su imagen de nuestro santuario de Candás, ¡de nuestro Santísimo Cristo de Candás!
Y es un día sublime, asimismo, para todos cuantos por diferentes motivos si no están aquí, hoy, ahora, con nosotros, sí que lo están en el sentimiento, donde tantas veces han puesto los labios, y donde los asturianos reciben cada día los beneficios de su misericordia.
Jesús. Señor: persuadir a mis paisanos el cumplimiento de los deberes, animarles al trabajo y ofrecerles en vuestro nombre las recompensas de la virtud, entiendo que debe ser el fin que aproveche, al dirigirles la palabra, gracias a la ocasión que me brinda la generosa invitación de nuestro párroco a hacerlo. Aunque un objeto tan grande está muy lejos de los límites de mi capacidad para ser abrazado por todos los medios de la oratoria, y me contento con sólo uno, que después de la fuerza de vuestra palabra creo el más eficaz para las almas nobles, esto es, el ejemplo de los padres.
Que esto suceda como lo deseo, es lo que os ruego muy humildemente: y que sois alfa y omega, bendecid a cuantos fieles se postran devotos y agradecidos ante su santa imagen.
Candasino, como sabéis, es este uno de los santuarios más frecuentados de Asturias. La constante tradición, transmitida de padres a hijos que ha llegado a nuestros días, supone que el Santo Cristo de Candás fue hallado en las costas de Irlanda por unos pescadores. Es cierto que los de Candás iban allí a la pesca de la ballena en el siglo XVI, y cuando las santas imágenes padecieron persecución y exterminio en la Gran Bretaña, es cierto también que a mediados del siglo siguientes tenía ya, para su culto, una cofradía de primera nobleza del país, asimismo, es más cierto que la devoción de los asturianos a esta imagen crece siempre, y Dios se digna condescender con sus súplicas en este santo lugar. Podríamos en confirmación de esta verdad recordar muchos prodigios sucedidos en él. Pero, candasinos, en esta corta estancia que llevo entre vosotros, desde que llegué de Madrid, para mi disgusto, ya me enteré de esa confusa patraña que circula por ahí de que la escultura del Crucificado fue hallada en un sepulcro parroquial, pero este aserto hemos de rebatirlo con todas nuestras fuerzas reforzando más la secular memoria de haber sido hallada aquélla en los mares del Norte.
Cuánto daría yo ahora por hablar algo del atrevimiento, ignorancia y precipitación de quien levantó estos falsos testimonios. La campana me lo prohíbe. Baste decir que, como en los escritos del archivo parroquial de nuestro santuario, se prueba que la imagen estuvo en un nicho, interpretar que nicho es igual a sepulcro no deja de ser una mera torpeza. Sepulcro es la sepultura de un cadáver, pero nicho es un hueco en el edificio para colocar una estatua u otra cosa. Y todos sabéis que nuestro Cristo sí estuvo en un nicho, más en el nicho alto del retablo mayor y muchos de los mayores no podéis olvidar que allí lo conocisteis siempre.
La imagen se encontró en la mar y fue un hecho natural, pero venir ahora con que apareció en un sepulcro sería un suceso sobrenatural, inventado con estupidez manipuladora que no trae más que confusión. Si nosotros que somos los legítimos herederos de lo que por falta de pruebas notariales aceptamos a regañadientes el calificativo de leyenda, lo que en nuestro fuero interno conservamos como un acontecimiento real transmitido de generación en generación. Repito: hemos de luchar con todas nuestras fuerzas para conservar la versión secular de nuestra fe. Amén».
De esta forma creo conciliar cuanto algunos puedan encontrar en tanto escrito contradictorio divulgado a través del tiempo.
Además podemos admitir la posibilidad de que esta imagen iba como distintivo en alguno de los buques que naufragaron en algunas de las guerras de que se habla. Así, este artículo queda en armonía también con la opinión que de la imagen tenía el conde de las Navas, la cual le recordaba algo la manera latino-bizantino. Después, en 1927, Luis Jiménez Asúa dice que «la escultura es estilizada con arte, interesante, y es de mayor mérito que sus congéneres costeros».
En Avilés se venera una imagen que la tradición, sin duda, por imitar a la de Candás, suponía encontrada en la mar por unos pescadores de Sabugo. En la catedral de Orense se custodia el Santo Cristo que se supone del siglo XIII. Es uno más de los numerosos Cristos atribuidos a Nicodemus. Lo trajeron de Finisterre. Lo mismo que el portugués Bó Xesús do Monte o el Cristo de Burgos: «la catedral alberga el Cristo, cuyo historia también nace de la leyenda. Un mercader de Burgos regresa a Flandes por mar sin cumplir la promesa de llevar un regalo a los padres agustinos. Mas mientras reza acodado en la borda del barco ve entre las olas un arcón que lleva dentro una caja de cristal con la imagen de un Cristo crucificado de tamaño natural.
Cuando llega con el Cristo a la ciudad todas las campanas tañen sin que nadie las toque. La imagen, flexible y rellena de una sustancia vegetal, es tenida por muy milagrosa y ha dado pie a incontables descripciones y estudios».
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