29 de noviembre de 2009
29.11.2009

«En los años sesenta era un espectáculo ver los barcos entrar en Candás»

«Ser farero en San Antonio eran 24 horas de trabajo los 365 días del año»

29.11.2009 | 01:00
Daniel Lamela, en su casa de Candás, junto a una vieja lámpara del faro.

Antiguo encargado del Faro de San Antonio en Candás

Candás,


Braulio FERNÁNDEZ


Daniel Lamela es cubano de nacimiento, si bien a los 3 años ya pisó tierras gallegas y se quedó. En Galicia se labró un porvenir en una profesión hoy desaparecida y que con el paso de los años ha adquirido cierto encanto: la de farero. Tan pronto como pudo dejó los faros de La Coruña para instalarse en Candás, donde encontró según sus propias palabras el hogar, y donde ostenta el honor de haber sido prácticamente su último farero.


-¿Cómo es la vida en un faro?


-Cuando yo empecé a trabajar, muy joven, todo era muy aburrido. Compartía el puesto con otros tres trabajadores y hacíamos vida de robinsones. A veces venían barcos a refugiarse en la isla y esa era la única ocasión que teníamos para hacer vida social. Estábamos incomunicados, sin radio, sin teléfono, y por supuesto sin luz eléctrica.


-Luego llegó la luz eléctrica....


-Y con ella llegaron los problemas, porque había cortes de luz, mientras que el gasóleo, reponiéndolo, nunca se acababa. Fue uno de los muchos cambios que experimenté a lo largo de mi vida laboral. Cuando empecé a trabajar, los faros eran primordiales, los barcos no podían navegar sin ellos. Sin embargo, ahora son prescindibles con la aparición de los GPS y demás. Y si se quitan a nadie le incordiaría.


-¿Como llegó a Candás y que encontró en la villa?


-Llegué un 21 de septiembre de 1961, día de San Mateo, y hasta hoy. Vine a petición propia, el faro estaba al lado del pueblo y eso facilitaba muchas cosas. En Cabo Busto por ejemplo, el faro estaba a dos kilómetros del pueblo. En Candás yo vivía en el faro, y hacía una vida de lo más normal, y mis hijos podían ir al instituto, que está al lado. Encontré aquí un pueblo acogedor, servicial y cariñoso, y me sentí en seguida como uno más. Puedo decir que acerté con la elección.


-¿Cómo era la jornada del farero en San Antonio?


-Eran 24 horas de trabajo, los 365 días del año, cuando yo llegué. Porque había que estar siempre pendiente. Tengo bajado a misa un domingo y dado la vuelta en el instituto, pero así era la profesión. Cuando me retiré, en 1991, ya se había instaurado una jornada laboral definida, con descansos los domingos, y los sábados por la tarde. Después la profesión desapareció.


-En tres décadas pudo ver desde el faro el auge y decadencia de la pesca en Candás...


-En los años sesenta ver la entrada de barcos en Candás era un espectáculo digno de admirar. Era como una regata, embarcaciones entrando constantemente, echando humo para ver quién entraba primero. Pero, finalmente, los hombres encontraron su sitio en tierra, y todo aquello desapareció.


-¿Recuerda algún accidente que sucediese frente al faro de San Antonio?


-En los años setenta un petrolero llegó a embarrancar junto al faro. Era un buque de más de 5.000 toneladas que iba para El Musel, y que encalló en el faro, del que no pudo salir hasta la pleamar.

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