18 de septiembre de 2012
18.09.2012
Carreño

Veraneando en el pueblo fantasma

Centenares de turistas acuden cada día de sol a las áreas recreativas de la ciudad residencial de Perlora pese a su estado de abandono

18.09.2012 | 02:00

Perlora, Ana B. CUERVO


La ciudad residencial de Perlora se ha convertido de unos años para acá en el escenario perfecto para una película de terror: más de doscientos chalés abandonados, con las persianas bajadas hasta el fondo, muchos cristales rotos y un aura de misterio que les rodea. «Nadie sabe porque se dejó esto abandonado», asegura con perplejidad María Nieves Fernández, una jubilada gijonesa que acudió con su familia a echar un vistazo a la famosa ciudad de vacaciones del concejo de Carreño.


Las casas son todas muy parecidas, pintadas de color crema y verde, a excepción de alguna otra que ha sido construida imitando la estructura de un hórreo asturiano y están edificadas sobre grandes extensiones de terreno verde. El nombre de «cuidad residencial» no desmerece a lo que se puede encontrar en la zona: tiendas, bares, un centro de salud, una residencia-hotel, comedores, parques, aéreas recreativas... en definitiva, todo lo necesario para vivir cómodamente. Sin embargo, los turistas, que acuden cada día al lugar, sobre todo en verano, no pueden hacer uso de los locales porque están todos cerrados y abandonados.


Estas casas abandonadas eran propiedad de diferentes empresas que decidieron construirlas para que sus empleados las utilizaran como lugar de veraneo. La época de esplendor de la ciudad de vacaciones de Perlora fueron los años 60 y 70, en los que llegó a tener un importante nombre a nivel nacional. Cuenta la historia que por allí pasaron los Reyes y varios ministros del gobierno de Franco. «Esto era conocido como "Las Vegas de Asturias". Había cine, bailes, casino... la gente se pegaba por venir aquí», apunta Isabel Rebollo, que pasó años de su juventud veraneando en el área. Su marido, Ángel Lois, también conocedor del lugar, asegura que «cuando se generalizó el uso del coche, la gente empezó a marchar. Aquí era muy caro vivir y, además, de quince días de vacaciones llovía diez. Los veraneantes preferían ir al Sur».


En la última década, la ciudad residencial ha quedado totalmente desolada. «En 2004 arreglaron los chalés por dentro, no se entiende que hayan gastado tanto dinero para que luego lo dejen todo abandonado», explica María Nieves Fernández. «¡Esto da mucha pena, es guapísimo y hay que ver cómo está!», lamenta Silvino Vigil, otro turista que se encontraba en la zona. Esta opinión es generalizada entre los que acuden a pasar el día en la playa de la ciudad o van de merienda a las zonas recreativas.


A pesar de su parón, la ciudad de vacaciones todavía genera empleo. «¡Esto mete miedo, mis compañeros y yo pasamos seis horas diarias limpiando porque si no se vendría abajo!», exclama Roberto Llamas, uno de los operararios del mantenimiento de la zona, que apostilla que «si hace bueno, viene mucha gente a la playa y a hacer parrilladas, además no limpian y queda todo hecho un desastre». Belén Zorita, una turista leonesa que lleva veinte años veraneado en Candás, justo al lado de Perlora, cree que ahora «la gente que va allí ensucia mucho y luego no recoge la basura» y añade que hay que subsanar los problemas de limpieza, los vestuarios de las playas que se encuentran en malas condiciones y hacen falta otra serie de reformas para que la zona vuelva a ser habitable.


Varios empresarios locales pretenden rehabilitar la ciudad residencial con un plan que presentaron ante el Principado de Asturias -último propietario público del complejo turístico- con la intención de que el lugar vuelva a ser lo que fue hace cuarenta años.


El recinto cuenta también con un servicio de seguridad que custodia la zona las veinticuatro horas con dos guardias jurado por turno. «Nuestro trabajo se basa en proteger los chalés para que no entre nadie y para prevenir el vandalismo», afirma uno de los vigilantes, que prefiere no desvelar su identidad, y añade que «hubo una época en la que no había seguridad y esto fue un desastre: rompían las ventanas y la gente se metía dentro. Además, por la noche se producían muchos robos, principalmente de chatarra en los comedores y en las tiendas».


«Por la noche no pasamos ningún miedo, casi consideramos un lujo trabajar aquí en comparación con lo que hay en otros sitios», asegura este guardia. Cuentan con la compañía de dos hermanas que ocupan el único chalé habitado de la ciudad de vacaciones. Ni ellas ni los vigilantes se ven como protagonistas de una película de terror.

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