15 de enero de 2013
15.01.2013
Carreño

Mar de lágrimas en Candás

«Mi padre volvió a nacer, ni vio llegar el coche», asegura el hijo del conductor herido en el siniestro de Piedeloro l Una multitud arropa a la familia Álvarez en el funeral de los tres fallecidos

15.01.2013 | 01:00
Mar de lágrimas en Candás

Candás / Oviedo, Mónica G. SALAS / L. Á. V.

«Mi padre volvió a nacer el 12 de enero, así que ahora tiene dos cumpleaños que celebrar», aseguró ayer Jesús Fernández, hijo del conductor que el sábado resultó herido grave en el siniestro que costó la vida a tres miembros de una misma familia de Candás. Jesús F. M. A., «Suso», de 69 años y fliscorno en la Banda de Música de Avilés, regresaba a casa en su Seat León, tras dar un concierto en la Villa del Adelantado, cuando se encontró de bruces con el Nissan Primera en el que viajaban los fallecidos, que, según el atestado, invadió el carril contrario, posiblemente debido a una distracción o una indisposición del conductor, Avelino Álvarez Cuervo, de 76 años. «Ha sido una desgracia, por eso doy gracias a Dios de que mi padre, al menos, esté vivo», indicó ayer su hijo, un conocido hostelero de Candás.

«Suso» permanece en la uvi del HUCA de Oviedo con pronóstico grave. Desconoce aún el alcance del brutal accidente. «No sabe que los Álvarez han muerto y por ahora no se lo vamos a decir. Está en estado crítico y lo primero, ahora, es su estado», añadió Jesús Fernández. No obstante, su padre está muy disgustado. «Me dice que por qué le tuvo que pasar esto a él, que ha tenido muy mala suerte», indicó.

Según relató el herido a su familia, él iba hacia a Candás, por su carril e inmediatamente después de una curva se encontró con el golpe. «Nos dice que no vio al otro coche, que sólo sintió el impacto», explicó Fernández. No obstante, los recuerdos que tiene tras el accidente son aún vagos. De hecho, no recuerda que pudo salir por su propio pie del coche. Simplemente, conserva pequeños flashes. «Se acuerda, por ejemplo, de que quería abrir la puerta del coche y no podía, y también de cómo una chica le hablaba y le decía: "Esté tranquilo, ya ha pasado todo, ya hemos avisado al 112"», comentó Jesús Fernández.

Este hostelero tiene grabada la angustia que pasó la familia, desde que su madre los avisó por teléfono esa misma tarde, preocupada porque «Suso» no acababa de llegar. «Me eché a la carretera y encontré el accidente. Llegando, ya vi el coche de mi padre. Me acerqué a un guardia de atestados y es cuando me entero de que hay fallecidos. Me dio un vuelco el corazón. Luego me aclararon que estaba en el Hospital. Me dijeron que lo había salvado el habitáculo del coche, que es muy fuerte», relató el hijo.

«Primero dijeron que tenía tres o cuatro costillas rotas, pero al final tenía más», declaró el hijo. En total, ocho, más el esternón. Además, tenía el hígado ensangrentado, así como el pulmón, a consecuencia del hundimiento de una de las costillas. Ahora parece que el problema del hígado y del pulmón ya está solventado. Pero los facultativos del HUCA continuarán haciéndole más escáneres, para cerciorarse de que ningún otro órgano esté dañado. Por el momento no se prevé intervención alguna. «Dentro de la gravedad, mi padre está estable, pero me han dicho los médicos que continuará un tiempo en la uvi. Será lento», indicó.

El hijo del conductor herido, así como su familia, asistieron ayer al funeral, celebrado en la iglesia parroquial de San Félix de Candás, por los tres miembros de la familia Álvarez fallecidos en el accidente: Avelino Álvarez Cuervo, de 75 años; Manuel Avelino Álvarez García, de 45, y Ana Álvarez Solla, de 18. «Estuvimos ya en el tanatorio el domingo y ayer asistimos también al funeral; somos muy conocidos de la familia y estos días hemos llorado mucho juntos», sostuvo. Fernández no tenía ayer palabras para describir la actitud de los Álvarez. «Estamos acongojados por la mala suerte de esta familia y este accidente. Se han portado maravillosamente. Con lo que tienen encima tenían fuerzas para preguntarnos cómo estaba mi padre. Quiero agradecer a todos los que nos han llamado para darnos ánimos», añadió el hostelero. Fernández no quiso buscar causas ni culpables: «La culpa es de la vida. Cuando se está en la carretera, todo puede pasar».

El templo se convirtió ayer en un auténtico mar de lágrimas. El primero en llegar fue Alberto Busto, novio de la joven fallecida, rodeado de sus amigos, y seguido por Miguel Ángel, Francisco Javier y Amelia, hijos, hermanos y tíos de los fallecidos. Todos ellos, con la mirada perdida y la cara completamente desencajada por el dolor, esperaban la llegada de los tres féretros, que en ese momento estaban a punto de salir del velatorio La Cruz, de Candás. Pero, aún más abatidas estaban Carmen María Solla, madre de Ana, y María Soledad García, esposa, madre y abuela de los fallecidos, que entraban a la iglesia una detrás de otra teniendo que ser guiadas por sus familiares. «Carmen estaba totalmente destrozada; lo peor que te puede pasar en la vida es perder a tu propio hijo», argumentaba José García, propietario de la carnicería García, donde trabaja la madre de la joven fallecida.

Entre los familiares, destacaba la presencia de Miguel Ángel Álvarez, guardia civil que hace quince años, en 1997, sufrió la pérdida de su primera mujer y su bebé de seis meses, Miguel, en otro desgraciado accidente en la variante de Avilés. El conductor que causó este siniestro vio anulada en el juicio la prueba de alcoholemia que se le había practicado en el Hospital al considerar la juez que se había realizado sin su consentimiento. Los presentes no podían dejar de comentar cómo la carretera había arrasado a esta familia candasina, muy conocida y querida.

Ya en la iglesia, centenares de personas esperaban el inicio de una misa que resultó muy emotiva. «Estamos rotos por el dolor; nos han arrebatado la paz», acertó a decir el cura, Pedro García. «Carmen: me decías el domingo que no hay consuelo, que no hay palabra humana que dé sentido a esto. Pero al nacer ya nos abocamos irremediablemente a la muerte. No obstante, cuando alguien se nos va, es difícil asumirlo, y más aun cuando no se muere de forma natural», prosiguió. En definitiva, «la vida es muy frágil, pende de un hilo; es lo que frecuentemente decimos con la frase: no somos nadie», concluyó García. Tras la misa, oficiada por dos curas, los féretros fueron trasladados al cementerio de San Bernardo, donde ya descansan en paz.

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