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Carreño

De la cuna a la barra del bar

Ana Álvarez y Margarita Fernández nacieron en el popular chigre Casa Eduardo, en El Valle, el cual regentaron durante 41 años, hasta el 2000

Imagen antigua del exterior del bar.

Imagen antigua del exterior del bar. REPRODUCCIÓN M. G. SALAS

Justo donde ahora hay una mesa de comedor colocada y hace años había una barra de bar, nacieron Ana Álvarez y Margarita Fernández. Ellas, madre e hija, de 90 y 59 años respectivamente, llevaron durante décadas las riendas de uno de los bares tienda más populares del concejo: Casa Eduardo, en El Valle. No es de extrañar entonces que escarbando en el pasado, estas hosteleras, que recibieron la semana pasada, junto a otras vecinas, el premio "Mujer del año", sean capaces de desgreñar miles de historias, que hasta ahora sólo habían escuchado sus familiares.

"Trabajamos mucho y hubo años en los que lo pasamos regular; sobrevivimos más que vivimos", comienza a decir Ana Álvarez. Pese a su avanzada edad, esta carreñense conserva en su mente todos los recuerdos de aquella época. "Empezó mi padre Eduardo con el negocio en 1922. En el mismo edificio teníamos la vivienda, el bar y la cocina", explica, con ayuda de su hija. Y eso que el fundador del chigre era carpintero. Pero el dinero no era suficiente para dar de comer a cuatro hijos. "Aquí, nacimos todos", asegura Álvarez. Y por supuesto también su pequeña Margarita Fernández.

En 1959, Eduardo Álvarez se jubiló y fue entonces cuando su hija Ana se ocupó de la tienda- bar. Ella sola, aunque con el apoyo incondicional de su hermano Jesús y su marido José Luis Fernández, que hizo en el bar sus pinitos como barbero, tuvo que sacar adelante el negocio y a la familia. Las jornadas laborables eran interminables y no se colgaba el cartel de "descanso" ni un solo día a la semana. "Había que levantarse a las seis de la mañana para abrir a los obreros, y hasta las dos o tres de madrugada no se acababa", asegura Álvarez. Aunque, como precisa su hija, en los últimos años, la puerta ya se cerraba a las doce de la noche. Tanto trabajo desde niñas ya pesaba.

Durante el día, cuentan, se vendía de todo. Hasta gato o raposo, que a la mujer de 90 años le tocó cocinar en sus años mozos. "Nos los traían ya muertos y como a los clientes les gustaba, lo preparaba. Pero yo no nunca lo probé", dice con gracia. Sin embargo, los que le hincaron el diente fueron muchos; para Margarita Fernández, fundamentalmente vecinos únicos. "Por aquí pasó mucha gente irrepetible, de esa que echas en falta y con la que pasaste tantos buenos momentos", apunta. Porque si algo había en Casa Eduardo eran historias y sobre todo, muchos cánticos. "La gente siempre estaba alegre. No sé, era muy diferente a ahora, nadie contaba sus penas", dicen.

Y es que el bar tienda de estas mujeres de El Valle era el centro social de la parroquia y adonde los vecinos acudían precisamente en busca de entretenimiento. De hecho, en Casa Eduardo no sólo hubo chigre y tienda, sino también teatro, cine y bolera. En un salón, ubicado en el edificio contiguo al restaurante, actuaban las compañías de teatro, y justo enfrente estaba la bolera y el cine. "No nos daba mucho dinero, pero lo pasábamos también... Los sábados por la noche iban los mayores, y el domingo por la tarde, los jóvenes", cuenta Fernández en el salón del viejo de Casa Eduardo, que cerró definitivamente sus puertas en el año 2000, después de 78 años de actividad. Las grandes superficies y el desarrollo de nuevas infraestructuras de comunicación abocaron a la ruina a estos negocios. "El chigre de antes ya no valía para ahora. El cliente ya no se conformaba con un pincho de tortilla y una botella de sidra", explican.

Desde entonces, Ana Álvarez y Margarita Fernández no se cansan de recordarles a los pequeños de la familia, Eduardo y Jaime Colchón, todas estas aventuras, que quedarán para siempre inmortalizadas en la fachada de casa bajo la placa Casa Eduardo.

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