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Carreño

El gen duradero de Zanzabornín

Las hermanas Olvido, Sara y Edelmira González Balsinde, de 97, 93 y 91 años, atribuyen su longevidad a la dureza de su vida, marcada por la guerra y el trabajo

Edelmira, Sara y Olvido González, en Candás.

Edelmira, Sara y Olvido González, en Candás. S. ARIAS

Algo tiene el aire de Zanzabornín (Carreño) para que las hermanas González Balsinde pasen de los noventa años. Y no sólo eso, sino que, dejando a un lado los típicos achaques de la edad, están como motos. Ellas creen que se debe a que trabajaron mucho durante toda la vida para sacar a sus familias adelante pero Olvido, de 97 años, apunta otra hipótesis: "Cuando llegas a los noventa años ya no te mueres". Sus hermanas Sara y Edelmira tienen 93 y 91.

Ramón González y Serafina Balsinde, pareja de Zanzabornín, tuvieron ocho hijos: cinco mujeres y tres varones, que murieron. El repóker de niñas estaba compuesto por María, Avelina, Olvido, Sara y Edelmira, las dos primeras fallecidas también superada la barrera de los noventa. Las chicas se criaron y vivieron en el pueblo hasta que se casaron.

De la infancia tienen recuerdos de la escuela. Tenían que caminar hasta Piedeloro para asistir a clase. "Íbamos en madreñas y lloviendo, y como de aquella no había paraguas poníamos un saco por la cabeza", recuerda Edelmira, la pequeña y más habladora. Pero dice que no aprendieron mucho entre los libros porque el maestro "no valía nada". Además de la escuela, ayudaban en las tareas de labranza de la casa familiar.

Pero cuando estalló la Guerra Civil dejaron de ir al colegio. Edelmira recuerda con dolor la dureza de la cruzada fratricida. Y es que eran unas niñas que tuvieron que enfrentar difíciles situaciones. "Aquí fue muy, muy duro porque hubo muchas muertes inocentes", explica.

Debido a la guerra no volvieron a pisar un aula, y cuando los tiros y el fuego de mortero dejaron paso a la postguerra, ellas ya eran unas jovencitas. "Yo tengo la carrera de la fesoria", bromea. Será por eso que una de los principales objetivos que tuvieron cuando fueron madres fue darles una formación académica a los hijos. Y todas presumen de lo buenos estudiantes que fueron. Todo un orgullo para ellas, el mismo que les genera hablar de los nietos y biznietos que hay en la familia. De hecho, Edelmira tiene una nieta que podría hacerla tatarabuela. "Si se casara claro, pero ahora los jóvenes tardan mucho más, no son tan tontos como éramos nosotros", afirma.

Pese a que vivían todas en la misma casa, nunca hubo problemas entre las hermanas. "Éramos buenas y nos llevamos siempre muy bien", atestigua Sara. Aun siendo muy jóvenes comenzaron a trabajar, unas en la tierra, otra en una fábrica de conservas y otras sirviendo. Pero aunque había estrecheces y todo el dinero se dedicaba para vivir, siempre había tiempo para divertirse. "Lo pasábamos bomba en las fiestas y en la sala Nozaleda, en Perlora; íbamos al baile allí que estaba abierto el techo y era un encanto", apunta Edelmira.

Y como eran jóvenes y guapas, no pasaban desapercibidas entre los jóvenes que las rondaban. Todas se casaron. Olvido lo hizo con un militar, con quien se fue a vivir a Oviedo "muy enamorada". Allí, fundaron la pastelería "Monterrey": "Luchando mucho por la vida, trabajando sin parar", asegura. En su memoria están los tiempos de postguerra, cuando esperaba con anhelo que su hija (tuvo dos) dejara algo de papilla en el plato para relamerse de gusto. "Cuando tenía dientes no tenía jamón y ahora que tengo jamón no tengo dientes", comenta jocosa.

Por su parte, Sara dejó Carreño para irse con su marido. Pasó cuarenta años entre Andalucía y Extremadura, donde tuvo dos hijos varones, y ahora vive en Oviedo. También Edelmira se casó y se fue a vivir al barrio La Matiella de Candás, donde aún sigue y es punto de reunión de las tres hermanas para dar un paseo por la playa o echar una partida de cartas. Da igual lo que hagan, lo importante es estar juntas y disfrutar de la vida porque "una hermana es mucho", concluye Sara.

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