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Los últimos de Carrió

"Vivimos entre basura", lamentan los pocos vecinos que quedan en Aboño, uno de los pueblos más contaminados y rodeados de industria de la región

Ángel Pantiga y Virginia Fernández, en La Sabarriona.

Ángel Pantiga y Virginia Fernández, en La Sabarriona. M. G. SALAS

En la parroquia de Carrió ya no hay casi vida. La industria se la ha tragado. Tan sólo quedan unos pocos supervivientes, que, como ellos mismos aseguran, viven entre basura, entre el humo de las fábricas, el ruido de los camiones y el polvo que el aire arrastra hasta la puerta de sus casas. No es raro que la despoblación avance a pasos gigantes en la parroquia. De hecho, en Aboño, uno de los pueblos más contaminados del concejo y de la región, ya sólo residen seis vecinos. El resto, son todo ruinas: casas y edificios abandonados, que luchan por mantenerse en pie y dejar constancia de que allí, en otros tiempos, hubo vida. Los ecologistas advierten de que la contaminación en esta y otras localidades de Carreño no ha parado de aumentar este año.

"Cuando llegué hace casi veinte años, en Aboño había mucho ambiente. Ahora, en cambio, esto está totalmente muerto. Los que no se han ido, han fallecido. La mayoría de los terrenos, son propiedad de la industria, y estoy convencido de que tarde o temprano, todo acabará siendo de ellos y aquí ya no quedaremos nadie", lamenta Alfredo Álvarez, un ovetense de 60 años, que llegó a Carreño empujado por el trabajo. Al principio confiesa que pegar ojo en el pueblo era sumamente difícil. "El ruido de las fábricas era insoportable, pero a los tres meses ya estaba acostumbrado", apunta.

Álvarez está ahora en paro, sin embargo, sigue viviendo en Carrió, en un viejo edificio, solo, sin vecinos y con la esperanza puesta en que algún día la economía le permita salir de ese infierno. "Prometieron realojarnos en otro lugar, lejos de la contaminación, pero eso nunca llegó", denuncia. Y puede que nunca llegue, como afirman los demás.

Ángel Pantiga y Virginia Fernández, de 86 y 83 años respectivamente, hace mucho tiempo que dejaron de soñar con ello. "Aquí nos quedaremos", dice la mujer, que se pasa mañana y tarde limpiando el carbón que el viento deposita en sus ventanas. "¿Ve? Todo está negro, y da igual que limpie más o menos. Siempre está sucio", indica, desesperada, pasando la mano sobre al alféizar. Ella y su marido, naturales de San Esteban de la Cruces (Oviedo), ocupan una de las veinte casas que la fábrica de cementos de Tudela Veguín construyó, en el barrio de La Sabarriona, a escasos metros de Aboño, hace más de cincuenta años para sus trabajadores. Pero a diferencia de lo que sucedió con otros barrios obreros, como Llaranes, en Avilés, que consiguió evolucionar y adaptarse a los nuevos tiempos, la aldea de Carrió agoniza hoy más que nunca de pena.

Sólo quedan cinco vecinos. "Nosotros llevamos aquí seis décadas. Vinimos porque mi esposo empezó a trabajar en la fábrica de cementos. En ella estuvo 37 años hasta que se jubiló", explica Fernández, que ahí sigue, rodeada de grandes torres que expulsan humo sin descanso. Su situación económica no les permite dejar atrás la industria. "Nos gustaría irnos, pero no podemos; las rentas están muy altas", lamentan. Donde ahora siguen viviendo, dentro de unos años, ya sólo habrá más industria y, en consecuencia, contaminación.

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