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La faba asturiana: joven y profesional

Los nuevos productores apuestan por grandes extensiones de terreno mecanizadas con la legumbre como principal línea de negocio: “Se puede vivir de ella”, afirman

Faba asturiana.

Faba asturiana.

El cultivo de la faba en Asturias se ha profesionalizado y rejuvenecido. Cuenta de ello dan las 20 nuevas incorporaciones de este año al Consejo Regulador de la Indicación Geográfica Protegida (IGP) Faba Asturiana, con base en Grado. Un sector que aún tiene margen de crecimiento por la alta demanda que hay y que ha dejado de ser una producción secundaria para hacer de la faba la principal y, en la mayoría de los casos, única línea de negocio. Además, los nuevos productores mecanizan el manejo y potencian la parte comercial con la creación de marcas propias que aumentan la diferenciación que supone el sello IGP en el mercado.

“Antes llevaba al mercado a granel y, desde que envasamos con nuestra marca, vendemos mucho más porque ven la etiqueta de IGP y la imagen vende también”, afirma Celia Vallina Blanco, de 43 años y productora, desde 2018, de siete hectáreas en San Miguel de La Barreda, en Siero. Ella es una de las asistentes al curso sobre el cultivo que comenzó a impartirse ayer en la sede del Consejo Regulador, en La Cardosa. Unas sesiones con productores de reciente incorporación con la que el organismo pretende “ayudar a los nuevos para que no cometan los mismos errores que cometimos otros al empezar”, dice el presidente del Consejo Regulador, Sergio Suárez López.

Y los participantes valoran mucho la formación, que les ayuda a mejorar sus plantaciones en el día a día, “porque siempre aprendes algo que no sabes”, apunta Berkys Ferreras, de 36 años y con hectárea y media en Láneo (Salas), que certifica desde hace tres años aunque produce desde hace ocho. “Era un cultivo de casa, lo profesionalicé y ahora tengo la producción más grande del pueblo y voy a ampliar más porque el negocio va bien. La faba funciona y se puede vivir de ello”, asegura.

Es lo que va a intentar el más joven del curso, Saúl García, de 21 años y vecino de La Mortera, en Grado. Ser su propio jefe. Acaba de plantar por primera vez trece riegos de 20 metros en San Pedro de Los Burros y va a entrar en la IGP “porque está todo certificado, se hace como se tiene que hacer, lo de vender en B lo único que hace es bajar el valor de la faba asturiana y el sello indica una calidad y un origen que tiene más valor en el mercado”. Su objetivo es aprender y llegar a las tres hectáreas a medio plazo: “Mi abuelo dice que estoy loco, que nunca cogí una fesoria. Pero ahora la cojo porque quiero ser productor de fabas y no quiero matarme a trabajar como antes para que lo lleve un empresario”.

Disponer del terreno fue lo que le dio el empujón definitivo al joven de Grado. Al igual que a los hermanos Ignacio y Lara Garrido, de Salas, que apostaron por el cultivo de faba asturiana y verdina por la posibilidad de desarrollar su propia empresa. Tienen seis hectáreas en los terrenos de la explotación ganadera familiar en la villa salense, Villamar y Casazorrina. Él se encarga de la mano de obra y ella, de 31 años, lleva la parte comercial. “Al ser de familia ganadera de toda la vida ya disponíamos de las tierras y ya sabes un poco de qué va la cosa, pero el curso de formación es muy necesario”, detalla el joven, de 23 años.

No tuvo tanta suerte con el acceso al terreno Pablo Alonso, de 40 años y natural de Oviedo, cuando decidió dejar su trabajo “por la mejor oficina del mundo, en la naturaleza” para plantar en Argüero (Villaviciosa). Ya tiene 4,5 hectáreas: “Parecía imposible y a raíz de hablar con muchísima gente del pueblo conseguí ir alquilando el terreno, pero fue complicado”. Pese a los obstáculos, lo tenía claro “porque la faba es un producto de muchísima calidad y tiene un coste de venta al público bueno”, aprecia.

También la gijonesa Tania Álvarez, de 35 años, dejó su trabajo para apostar por las fabas tras evaluar distintos cultivos, desde la inversión al manejo o las rentabilidades. “Además, siempre me llamó la atención porque en casa se hizo de siempre y es un producto autóctono”, comenta. Y después de dos años ya está ampliando la producción a las tres hectáreas “porque se puede vivir de la faba”, asegura.

Las ampliaciones de terreno demuestran que la faba deja de ser una venta complementaria a un negocio agrario profesional. Antes, la media por productor era de media hectárea “y ahora está llegando ya a hectárea y media y hay una serie de agricultores con más de dos y por encima”, detalla el presidente de la IGP. Todo ello, en parte, por la mecanización del manejo y una formación como la que se imparte estos días en Grado. Además, el aumento de la demanda que se registra en los últimos años obliga también a una mayor profesionalización y deja abierto un nicho de negocio por explorar.

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