La Luz, historia de la fábrica de Noreña que surtió de chorizos a Cuba, Venezuela y México desde principios del siglo XX
La industria de la Villa Condal, que fue la primera en contar con maquinaria moderna para embutidos, también exportó a países de Europa y elaboró raciones con destino al Ejército

Trabajadores de la fábrica La Luz, cuando se publicitaba como una de las de mayor facturación de España, aunque se desconoce la datación concreta de la imagen. | Museo del Pueblo de Asturias / Inés Gago
Luis Manuel Nuño fue el último trabajador en ser despedido cuando la fábrica de La Luz, una de las industrias chacineras pioneras de la Villa Condal y la primera en introducir maquinaria moderna para la preparación de embutido, cerró. Se acuerda bien: fue el 19 de mayo del 1993, el día que cumplía cuarenta y cinco años. “Se me vino el mundo encima”, recuerda, ahora a sus 73.

Un trabajador, en una imagen fechada en 1920, esterilizando latas en la fábrica. | Colección de fotografías del Museo del Pueblo de Asturias / Inés Gago
La fábrica de La Luz fue innovadora en su tiempo en Noreña. Según información recopilada por Elena Pérez Morán, del Museo del Pueblo de Asturias, la fundó Justo Rodríguez Fernández en el año 1875. Varios años más tarde, en 1913, se instaló en un nuevo edificio, que a día de hoy utiliza la empresa “Frío-Carne” y está situado a las afueras de Noreña, en la Avenida de Gijón. Fueron los primeros introducir maquinaria moderna, hecha explícitamente para la elaboración de embutidos. En el año 1952, Enrique Rodríguez Bustelo, hijo de Justo, amplió las instalaciones tras el fallecimiento de su padre. Y, en1966 entró a trabajar Nuño, que en ese momento era un joven de 26 años con nociones de contabilidad y mecanografía, y que completaría la plantilla, que rondaba los cuarenta trabajadores, instalado en un despacho de administrativo. “Hasta los años sesenta, la fábrica vivía de la exportación internacional de chorizos y morcillas. Mandaban, sobre todo, a Cuba, Venezuela y México”, explica Nuño.

Expositor antiguo con latas. | Colección de fotografías del Museo del Pueblo de Asturias / Inés Gago
Él vivió la siguiente etapa, cuando el negocio fuera empezó a decaer, y tenían que hacerse un hueco en el mercado nacional. Ya se llamaba “Hijos de Justo Rodríguez”. Ahí empezaron a hacer fabadas, patés, cocidos, y otro tipo de preparados, que luego se enlatarían y viajarían por toda España. Aunque después de eso, y de encabezar las listas de mayor facturación en el país, la fábrica de La Luz pasó a manos del Instituto Nacional de Industria (el INI) en 1974. “Fueron años malos. Se tardaban mucho en tomar las decisiones, había cosas que a mí me parecían buenas, pero a Madrid no”, rememora Nuño. Diez años más tarde, aproximadamente, cambió de nuevo de dueños, con un empresario mexicano, y la situación mejoró notablemente.

Empleados en pleno proceso de elaboración de chorizos y otros embutidos. | Museo del Pueblo de Asturias / Inés Gago
“Lo pasé estupendamente, porque lo mío eran los números. Durante años, fue la principal y pionera en Noreña. Fui creciendo con la fábrica: cuando entré, no sabía ni siquiera hablar por teléfono y terminé siendo uno de los principales responsables. Mis conocimientos no eran los de un licenciado de Economía, eran los de uno que aprendió contabilidad con un maestro de El Berrón”, relata Nuño. En esa tercera etapa, con el empresario mexicano, fue cuando volvieron de nuevo a probar suerte en el mercado internacional, a Europa e Inglaterra, y empezaron a fabricar raciones de subsistencia para el Ejército.

Empleados en pleno proceso de elaboración de chorizos y otros embutidos. | Museo del Pueblo de Asturias / Inés Gago
La plantilla en esa época, normalmente, rondaba los cuarenta trabajadores. Aunque “había mucha variación”. “Cuando cogíamos los contratos de Defensa, teníamos unos plazos que cumplir. Tardaban mucho en decidir a quién se lo daban, entonces había que incrementar la plantilla, y llegábamos a ser más de un centenar”, rememora. La carne solía venía venir del Matadero Central de Asturias –estaba muy cerca y había mucha relación–, aunque en los momentos de máximo trabajo también se pedía a otros proveedores.

Vista de las antiguas instalaciones de la fábrica de la Villa Condal. | Colección de fotografías del Museo del Pueblo de Asturias / Inés Gago
“Anécdotas de entonces tengo muchas. Mi nombre, Luis Miguel, es compuesto. En mi casa me llaman Luis, mientras que en la fábrica yo era Miguel. Una vez llamó mi madre preguntando por Luis y le respondieron que ahí no trabajaba nadie con ese nombre. Tardaron tiempo en darse cuenta de que era yo al que se refería”, cuenta Nuño. Fueron buenos tiempos, pero no duraron mucho. En los años noventa, los dueños empezaron a tener problemas económicos y se decidieron a vender.

Anuncios publicitarios y etiquetas de la empresa. | Museo del Pueblo de Asturias
Poco a poco, la plantilla se fue reduciendo: treinta, veinte, diez... Luego quedaron tres y al final solo estuvo él. Cuando le dieron la carta de despido, el día de su cumpleaños, se le vino el mundo encima. Tenía cuarenta y cinco años, cuatro hijos y en ningún sitio le podían ofrecer un puesto de trabajo que se ajustara a su capacitación. Tuvo depresión, pero al final salió para adelante.
Tras una larga historia se puso fin a un emblema entre las empresas chacineras, terminó la trayectoria de la primera fábrica de Noreña con moderna maquinaria para embutir, el viaje de “Hijos de Justo Rodríguez”, de La Luz. Aunque luego comenzó otro, pues desde hace más de dos décadas el lugar está ocupado por otra compañía, “Frío-Carne”, que también trajo empleo y prosperidad a la Villa Condal, donde continúa.

Uno de los envases con la imagen impresa de la fábrica. | Museo del Pueblo de Asturias / Inés Gago
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