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“Alisha”, la pequeña potra que no podía caminar y ahora galopa gracias a unas botas ortopédicas hechas en Villaviciosa

La veterinaria alemana Carolina Schroder y el empresario Florentino Pereira, afincado en Villaviciosa, diseñan unas botas ortopédicas para una potrina miniatura que no podía andar

“Alisha” galopa gracias a unas botas ortopédicas hechas en Villaviciosa con una impresora 3D

“Alisha” galopa gracias a unas botas ortopédicas hechas en Villaviciosa con una impresora 3D

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“Alisha” galopa gracias a unas botas ortopédicas hechas en Villaviciosa con una impresora 3D L. Palacios / E. Lagar

“Alisha” no sabía caminar y necesitaba unos zapatitos especiales. Ni “Alisha” es una niña ni esto es el inicio de un cuento infantil. Lo que sigue es una historia de superación que tiene final feliz gracias al esfuerzo de todos los implicados. La pequeña “Alisha” es, en realidad, un joven ejemplar de caballo en miniatura americano, una pequeñita potra que, además, tiene asociado un problema de enanismo y que cuando nació tuvo escasos cuidados y una dificultad para apoyar sus cascos sobre el suelo como hacen con normalidad el resto de animales. Ella caminaba sobre el menudillo, una discapacidad que le ocasionaba muchos dolores, pero gracias a la intervención de su hada madrina particular y de un inventor con mucha imaginación, “Alisha” retoza hoy feliz de nuevo y ya pisa como es debido.

Su salvadora se llama Carolina Schroder. Es una veterinaria alemana asentada desde hace una década en Colunga, donde ha creado una yeguada llamada “MagicEquus”, en la que se dedica a la cría de ejemplares de caballos miniatura americanos. “Llevábamos mucho tiempo buscando una finca adecuada y no es fácil, pero en Colunga encontramos este supersitio en Loroñe y estamos encantados”, explica en correctísimo español antes de añadir que en Asturias se siente “feliz” con su negocio. “Las yeguas están como reinas”, sostiene sobre una cuadra compuesta por 25 ejemplares, entre sementales y yeguas, y dedicada a unas ventas extremadamente seleccionadas. “Elegimos muy bien a quién se vende este tipo de caballos miniatura, porque no son mascotas sin más a las que dentro de un tiempo se abandona y ya está”, alerta Schroder.

Carolina Schroder, con uno de sus animales, en Loroñe.

Estos animales son muy sensibles y requieren cuidados y compañía. No sirve con dejarlos tres días en el prado solos, porque “no son una raza rústica, hay que estar pendientes de ellos y cuidarlos muy bien”, dice Schroder. Además, viven treinta años, por lo que “hay que tener en cuenta que son uno más en la familia y que tiene que ser una adquisición muy bien pensada”, añade. De hecho, el perfil de los compradores es el de personas que han tenido caballos de tamaño normal y que, por su edad o por razones de salud, ya no pueden, pero no quieren perder el contacto con el mundo equino. De la yeguada de Loroñe salen ejemplares con destino a toda Europa y muchos a Inglaterra, explica su propietaria.

Los caballos miniatura, conviene aclarar, no son ponis. “Si miras una foto de uno de ellos, no sabes si es un caballo normal o uno muy pequeñito, porque mantiene las proporciones. El poni, en cambio, tiene las patitas muy cortas y el pecho grande”, apunta Schroder.

En este contexto llegó “Alisha” a Loroñe: “Un amigo me comentó que había una gente que tenía caballos en malas condiciones y fuimos a sacarlos de allí con una furgoneta. Ella tenía un problema muy grave y caminaba a duras penas. Tenía tres meses, muchos dolores y mal pronóstico. Si no sanaba, hubiéramos tenido que aplicarle la eutanasia porque sufría mucho”, resume la veterinaria. La visitaron varios especialistas, pero la solución tenía que llegar desde la ortopedia.

“El problema es que para este tamaño, casi como un perro mediano, no había nada en el mercado, todo era demasiado grande”, recuerda Carolina Schroder, quien dio con la solución bien cerca de casa de la mano de Florentino Pereira, que se dedica a la elaboración de calzado específico para caballos. “Con una impresora en tres dimensiones le fabricó unas botitas de plástico y eso fue lo que la salvó, hubo que hacer muchas e ir adaptando, pero gracias a eso, pudo salir adelante”, agradece la veterinaria con gesto de satisfacción.

Florentino Pereira Suárez, un empresario de 51 años nacido en Rioseco (Sobrescobio) pero asentado en Villaviciosa con su compañía Floating Boots, fue el artífice del pequeño milagro. Aunque es topógrafo de profesión, hace años decidió convertir en negocio su afición por los caballos y las carreras de resistencia en las que participa como jinete. Su compañía produce y exporta avanzados diseños de botas para caballos, protecciones para cascos que funcionan como alternativas a la herradura y que son capaces de resistir la presión de más de una tonelada a galope. Y en esa aventura empresarial de reinvención de la herradura encontró de paso un nuevo nicho de mercado en los caballos miniatura. Fue todo gracias a “Alisha”. “La idea nació cuando Carolina me llamó para contarme el caso de la potrina que no podía caminar. Pasó de no dar apenas un paso a galopar, fue espectacular. Y a partir de ahí empezamos a desarrollar botas para caballos de este tipo, que ya tenemos listas y estamos a punto de sacar al mercado”, explica el inventor.

Estos caballos se usan cada vez más como terapia para personas con discapacidades mentales severas o ancianos. Y también en residencias de la tercera edad para personas mayores con alzhéimer. “El problema es que se resbalan en pavimentos cerámicos y se caen. Con estas botas ya no lo harán”, apunta Pereira.

Gracias a este invento, “Alisha” recuperó la movilidad y su vida ha acabado de la mejor manera posible: con una nueva familia de adopción. Tal y como relata Carolina Schroder, “no era nuestra intención, pero un día llegó una señora de Suiza clienta nuestra que casualmente tenía una perrita llamada también así y que acababa de fallecer. Cuando conoció a la yegua, se le saltaron las lágrimas y hubo una conexión instantánea, así que pensamos que estaría bien con ella”.

Desde hace unos meses, “Alisha” reside con su nueva dueña en Asturias, rodeada de mimos y con unas pequeñas botitas como recuerdo de que un día no podía caminar. Dos “ángeles” con ingenio fueron capaces de salvarla.

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