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Adiós, Severino

El trance de la despedida a un hermano

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Leocadio Redondo Espina

Leocadio Redondo Espina

Es muy difícil explicar los sentimientos que embargan a uno cuando pasa por el trance de perder a un hermano. Tanto que no lo voy a intentar. Y creo que las personas que vivieron una situación tan dolorosa estarán de acuerdo con mi apreciación.

Severino Redondo Espina, que nació en 1948, fue el segundo hijo de los tres varones que tuvieron Feli y Pepe en El Tropel, pues el que suscribe nació primero, en 1946, y Pablo lo hizo después, en 1953. Pero hubo alguna persona que, siendo críos, tuvo el detalle de "bautizar" por segunda vez a los hermanos mayores y, como resultado, a mí me pusieron Calo, y a mi hermano le pusieron Coqui.

De modo que, desde el centro de operaciones que era nuestra casa de El Tropel, codo con codo, y cabeza con cabeza, compartimos Coqui y yo los primeros diez años de existencia, y juntos tuvimos nuestras primeras ilusiones, juegos, sueños y pequeñas aventuras, lo mismo que fuimos descubriendo las cosas que nos iba aportando la vida, buenas, malas o regulares. Al tanto que nos iniciábamos, también, en el conocimiento y el trato de las personas mayores que vivían en nuestro entorno.

Severino era mejor que yo. Más inteligente, mas decidido, más ágil, más ingenioso, más simpático, pues contaba con un agudo sentido del humor, estando dotado, además, de una facilidad innata para relacionarse con la gente y entablar amistades, siendo buena prueba de ello la multitud de amigos que hizo a lo largo de su trayectoria.

Andadura que empezó acudiendo a la escuela pública de Cecea, y siguió en el IES Alfonso II, de Oviedo, y como era inquieto, y habilidoso y le gustaba aprender, fue sucesivamente camarero, en Nava, Oviedo y Onteniente. Luego estuvo a punto que quedar en el ejército, al finalizar la mili. Y después, como calderero de profesión, trabajó, en el sector naval, en Astano, Ferrol, y en la antigua Juliana Constructora, de Gijón, para terminar, en el ferroviario, en los talleres de FEVE y, por último, en el tren Transcantábrico. Y seguramente me queda algo en el tintero, que ahora no recuerdo.

Trabajador, ordenado, deportista, casi vegetariano y titular de un hermoso huerto en La Vega de Cecea, fue Severino esposo, padre y abuelo responsable y cariñoso, y también tuvo siempre las ideas claras, tanto en el terreno político como en el sindical, en cuyo campo precisamente desarrolló cargos de responsabilidad con entrega, dedicación y compromiso. Y lo mismo puede decirse de sus aficiones y preferencias deportivas, que fueron el ciclismo y el Real Oviedo.

Bien sabemos que la vida es un milagro, como también tenemos noticia de que el género humano es la única especie que tiene conciencia de su propio fin, y Severino se encontró pronto frente a ese muro insalvable que a todos nos aguarda.

En definitiva, fuiste un hombre, querido Severino, Y, por ello, estoy orgulloso de ser tu hermano.

Ahora, con tu marcha, un pedazo de mi corazón se va contigo. Guárdame un sitio, y descansa en paz.

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