La polémica visión de una madre de Noreña sobre el fútbol en el recreo: "Hay que restarle espacio"
Asegura que la distribución de los espacios "no es inocente" y lanza el mensaje de que quienes "ejercen la fuerza ocupan más volumen"

Alumnos en un colegio / Freepik
LNE
Liliana Díaz Gómez (Noreña)
Democratizar el recreo
Si observáramos la mayoría de los patios escolares de España a vista de pájaro, veríamos un diagrama de desigualdad social dibujado en hormigón. En el centro, ocupando el 80% del espacio disponible, reina la pista: el latifundio del balón. En esa zona noble, una minoría ruidosa ejerce su derecho al movimiento expansivo, corriendo sin mirar, legitimada por la inercia de una industria que mueve casi el 1,5% del PIB nacional. Mientras tanto, en los márgenes, en esa periferia de bordillos y esquinas sombrías, se hacina el "resto": quienes leen, quienes charlan, quienes juegan a pillar y, sobre todo, esa parte del alumnado que simplemente no quiere sufrir un atropello.
Esta distribución espacial no es inocente; es la primera lección política no escrita que recibe la infancia sobre género y poder. El patio tradicional transmite el mensaje de que el espacio público pertenece por defecto a quienes ejercen la fuerza y ocupan más volumen. Enseña a una parte del alumnado que tiene derecho a invadirlo todo, a gritar y a imponer su dinámica física, mientras que empuja a la otra parte -mayoritariamente femenina o con masculinidades no hegemónicas- a habitar los bordes, a encoger el cuerpo y a mantener una alerta constante para no interrumpir "el juego importante". El fútbol escolar funciona así como una herramienta de segregación temprana: un grupo en el centro, protagonizando la acción; el otro en la orilla, relegado a un rol de público pasivo o de obstáculo a esquivar.
Y, sin embargo, cuando se interviene el espacio, el mundo sigue girando. Cuando un centro educativo decide instaurar los "días sin balón" o rediseñar el patio para democratizar el suelo, no se produce ningún cataclismo. Al retirar el elemento colonizador, el centro de la pista deja de ser una zona de guerra y se convierte en un ágora compartida. Estudiantes que jamás interactuaban entre sí comienzan a compartir actividades que no requieren fuerza bruta ni velocidad, sino destreza, equilibrio o imaginación. Al prescindir del gigante económico en el recreo, no les estamos quitando un juego, les estamos devolviendo el derecho a compartir el mundo en igualdad de condiciones.
Al final, atreverse a cuestionar la omnipresencia del fútbol es un acto de valentía pedagógica. No se trata de odiar el deporte, sino de romper el monocultivo y la jerarquía que este impone. Un recreo sin la dictadura del balón demuestra que el vacío no es tal, sino un espacio fértil donde la convivencia deja de ser un choque de trenes para convertirse, por fin, en un encuentro. Restar espacio al fútbol no empobrece el recreo: libera todo lo demás.
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