Se le fue la vida en ello; en la lucha y la brega constantes, en el trabajo y la dedicación total. Solo una enfermedad cruel y despiadada pudo acabar con aquel torrente de vida.

Peporrín era pasión y genio, esfuerzo y sacrificio, sabiduría y talento, habilidad y astucia, alegría y diversión. Tuve la suerte de conocerlo en algunas facetas de su vida. La mayoría relacionadas con el fútbol. Y, aunque no puedo decir como Camus que todo lo que aprendí en la vida se lo debo al fútbol, sí le debo mucho a Peporrín. Cuántas lecciones de ilusión, pundonor y confianza; cuántas lecciones de honradez.

El año 2012, la Asociación de ex futbolistas del Condal organizó su homenaje, conscientes de que había recibido uno mayor: fue elegido mejor jugador de la historia del Condal. Quizá hubiera otros con igual merecimiento, pero nadie discutía aquella decisión. No hubo quien mostrara como Pepo esa mezcla de orgullo y arrogancia en defensa de su club.

Hoy muchos piensan que "¡Vamos!" pertenece a Arancha, pero yo sostengo que esa expresión corresponde a Peporrín. Nadie pronunció ese verbo con tanta fuerza y convicción.

"¡Vamos, Pepo!" era la llamada explícita al despliegue del equipo hacia adelante. "¡Vamos, Condal!", el grito de Pepo alentando nuestro avance hacia el campo del rival. A principios de los años setenta, no conocía otra forma de ejercer el liderazgo de una forma tan clara y natural.

También me vienen a la mente sus enfados, pero como dice el cuento árabe ("Dos amigos"): "los enfados deben escribirse en la arena para que se los lleve el viento del olvido, pero los buenos momentos debemos grabarlos en piedra para no los olvidar jamás".

¡Vamos, Pepo!