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¿Qué pintan los huevos pintos?

Sin entrar en la importancia gastronómica, ni dietética, en la primavera cuenta su significado vital

Se supone que los seres humanos prehistóricos del hemisferio norte, tras una prolongada penuria invernal, esperaban el regreso de las aves en primavera, para poder alimentarse con sus huevos. Los proverbios que están llenos de sabiduría popular, fruto de la observación de la naturaleza, reconocen que “Por San Antón (17 de enero) la gallina pon”, al sentir la llegada de su deber ante el despertar de la vida. En Polonia se espera que el 21 de enero, con independencia del tiempo que haga, Santa Inés saque de su manga a una alondra, compañera de trabajo del labrador. En Castilla se dice que “por San Blas, la cigüeña verás”, el día 3 de febrero. Pero el invierno sigue con sus hazañas, hasta que a finales de marzo la llegada de la primavera es consagrada por el equinoccio y el calendario. Y empieza el festín del huevo.

Desde los inicios de la humanidad, el huevo simboliza la fertilidad y vuelta a la vida. Lo expresa la mitología egipcia, la mesopotámica y también la hindú; esta última sostiene que el mundo habría nacido de un huevo. En Mesopotamia se asociaba con la diosa de fertilidad Ishtar y con la diosa del renacer de entre los muertos, Inanna, adoradas por los babilonios, asirios, fenicios, cananeos, e incluso hebreos. En China antigua, durante las celebraciones del equinoccio primaveral, se regalaban a las amistades huevos teñidos de rojo, como deseo de una larga vida en felicidad. En la etrusca jarra del vino de Tragliatella (aprox. 700 a.C.) se aprecia un huevo como símbolo de resurrección del rey Teseo.

La religión cristianizó muchos cultos paganos, pero entre los siglos XI y XVIII prohibió el consumo de huevos durante la Cuaresma, por considerarlos equivalentes a la carne. Así, en varios países, sobre todo de Europa central y oriental, el huevo se ha relacionado con la Pascua de Resurrección, se consideró su símbolo y como tal forma parte de las tradiciones entorno a ese día. En Italia y en Polonia hay costumbre de llevar a la iglesia los huevos colocados en cestas decoradas con flores, para ser bendecidos; en Italia el Domingo de Ramos y en Polonia el Sábado Santo.

Cuando en la orquesta sinfónica del Principado de Asturias había una nutrida representación de músicos polacos, ocurrió la siguiente anécdota: Un grupo de ellos se presentó ante el sacerdote de su parroquia solicitando la bendición de los huevos que traían. El párroco no salía de su asombro y en principio se negó a hacerlo, pensando que se trataba de una broma. Pero ante la insistencia y las caras serias, accedió a sus deseos, cogió el hisopo y echó agua bendita sobre los huevos. El Domingo de Resurrección, antes de iniciar el desayuno, que es el final del ayuno de la Cuaresma, se celebra en cada hogar en Polonia un pequeño acto, no desprovisto de solemnidad. Consiste en partir los huevos bendecidos con la familia y expresar los deseos de unas Felices Pascuas. También se felicitan estas fiestas enviando por correo, alegres estampas con huevos decorados, pollitos y conejitos, lo cual habrán observado con asombro los estudiantes españoles de Erasmus en varios países de Europa.

Mientras en España las celebraciones se centran más bien en la Semana Santa, que rememora el Martirio del Salvador, el resto de Europa se prepara para la celebración de la Resurrección y adorna sus hogares con el símbolo de la vida renacida, representado por un huevo de gallina o de oca. Para decorarlo existen diversas técnicas caseras. Por regla general, se empieza por vaciar el contenido del huevo soplando por dos agujeros perforados en los extremos. Así se obtiene una cáscara, vacía... y frágil. Una cocción en agua con cebolla, espinacas o remolacha la teñirá con una coloración vegetal y homogénea. Si es suficientemente oscura, se puede raspar con un objeto puntiagudo y grabar en ella con gran precisión los finos y complicados diseños de encaje, como una filigrana. Si se opta por un fondo más claro, se pueden dibujar las más variopintas figuras, desde geométricas y simétricas hasta florales. También hay técnicas para decorar con cera líquida. Los “huevos pintos” se llaman “pisanki” en lenguas eslavas, ya que “pisa”ćsignifica escribir, pintar.

En las tiendas de museos y productos folclóricos en Rusia, Polonia, Ucrania, Lituania, Bielorrusia, Hungría, República Checa y Rumanía, se pueden adquirir estos ejemplares bellamente decorados. Cada país tiene sus propios diseños, que en Rusia pueden representar iconos de santos, mientras en China son paisajes pintados con acuarelas. También hay una tradición de regalar los huevos decorados. El primer “huevo pinto” de hace miles de años, fue uno de avestruz. En la Edad Media existía la costumbre de intercambiar los huevos de tortuga, decorados como auténticas obras de arte. En Francia del siglo XVI fue entregado al rey Francisco I un huevo de chocolate que tenía tallada en su interior una representación de la Pasión de Cristo y en los siglos XVII y XVIII había ya en Francia la costumbre de regalar a los monarcas cestas de huevos naturales coloreados, como recuerdo de la Resurrección. En 1820 se empezaron a preparar en las pastelerías francesas los dulces en forma de huevo de Pascua.

En varios países de Europa, el Jueves o el Sábado Santo existe la costumbre de que los niños busquen en el jardín de la casa una canasta con huevos de chocolate, figuras de gallina y polluelos, y también de conejo, ya que éste se convirtió en un símbolo más de fertilidad y alegría primaveral. El primer conejo que traía los huevos de Pascua apareció en el año 1682 en Alsacia, en la obra de Georg Frank von Frankenau.

En España parece que solamente el norte peninsular conserva la tradición de decorar los huevos con dibujos, aunque en Cataluña y Levante se les da una coloración homogénea. En Asturias, con su fiesta en Sama de Langreo y en especial en Pola de Siero, se honra la costumbre hasta el punto de dar su nombre a una calle, la de Güevos Pintos. La fiesta es conocida por allí desde el siglo XVIII y parece que está relacionada con la afluencia de los trabajadores a la minería, incluso desde el este de Europa. En el Museo del Pueblo de Asturias en Gijón los ejemplares de “huevos pintos” más antiguos son del año 1929, con diseño de interesantes pinturas modernistas.

Es de esperar que esta tradición tan creativa no decaiga, se propague e incentive en las escuelas, para continuar con ella en el hogar familiar y se la exponga por su mérito, en los museos etnográficos de Asturias.

Un huevo “pinta mucho” en todos los aspectos y por estas fechas ¡es el protagonista!

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