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Conversaciones sobre el proyecto de Oviedo para ser Capital Europea de la Cultura: "Lo importante no es el título, sino el proceso para transformar la ciudad"

Tres expertas internacionales profundizan en la importancia del "coraje" colectivo: "No es un premio, ni un escaparate turístico, ni un reconocimiento al pasado"

"La capitalidad Europea de la Cultura pondrá a Oviedo en el mapa": tres expertas en gestión cultural analizan en La Nueva España el significado de la candidatura asturiana

VÍDEO: Amor Domínguez/ FOTO: Irma Collín

Tino Pertierra

Tino Pertierra

Oviedo

El proyecto que trabaja por convertir a Oviedo en Capital Europea de la Cultura llega a un momento crucial del calendario: la candidatura entra en la recta final de su primera fase, con el dossier prácticamente cerrado y la defensa ante el jurado europeo ya en el horizonte inmediato: febrero.

La evaluadora internacional Cristina Farinha, la exdirectora de "Évora 2028" Paula Mota y la directora del Instituto Goethe en Madrid, Antonia Blau, moderadas por Chus Neira, periodista de este diario, coincidieron ayer en el Club LA NUEVA ESPAÑA en que no se hablaba "de un premio, ni de un escaparate turístico, ni de un reconocimiento al pasado". Farinha trazó una panorámica histórica del programa, que cumple ahora cuarenta años, para mostrar su evolución: de una iniciativa centrada en la programación cultural internacional a un proceso cada vez más exigente, estructurado y transformador. Lisboa 1994, Oporto 2001 y Guimarães 2012 fueron hitos de un mismo camino que incorporó, con el tiempo, la regeneración urbana, la formación del sector, la participación ciudadana y, hoy, la obligación de contar con una estrategia cultural de largo plazo.

"La capitalidad ya no es un año", dijo, "es un proceso que empieza mucho antes y continúa después". El jurado, explicó, no evalúa lo que una ciudad ha sido, sino lo que quiere llegar a ser, y cómo la cultura puede convertirse en el eje de ese futuro. Antonia Blau señaló que la Capital Europea de la Cultura es probablemente la iniciativa cultural más conocida y exitosa de la Unión Europea porque desplaza el foco de los Estados a las ciudades. Son las ciudades –no las naciones– las que dialogan entre sí, comparten problemas, intercambian soluciones y construyen Europa desde lo cotidiano. Su experiencia en Marsella 2013 ilustró bien el argumento: una ciudad con mala fama, marcada por la conflictividad y la desigualdad, que utilizó la capitalidad como palanca para redefinir su imagen, su autoestima y su posición en el mapa cultural.

Paula Mota definió estos procesos como "un acto de coraje", tanto para las ciudades como para los equipos que los lideran. Coraje para mirarse críticamente, para identificar fragilidades y exponerlas sin maquillajes ante un jurado internacional, y para convertir esas debilidades en motores de cambio. En el caso de Évora, explicó, el trabajo no partió de su imponente patrimonio, sino de una escucha profunda del territorio y de sus gentes, que desembocó en un concepto vertebrador: "vagar". No como lentitud o pereza, sino como una forma consciente de habitar el tiempo y el espacio, una propuesta cultural y vital con vocación europea.

Una idea esencial: el título no es el objetivo último. El verdadero valor está en el proceso. En la capacidad de generar consenso político, de implicar al tejido cultural, económico y social, de romper inercias y de aprender, incluso si finalmente no se gana. "Es una inversión que no se pierde", subrayó Farinha. Blau lo resumió: "Diseñar qué harás si no ganas es casi más importante que pensar en qué harás si ganas".

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